Árbol zapatista

Jesús Gómez Morán

ÁRBOL ZAPATISTA

(Doce décimas)
Jesús Gómez Morán

Sobre el sentir de la Patria

quise escribir un renglón…

 

Arroyito revoltoso

¿qué te dijo aquel clavel?

—Dice que no ha muerto el jefe

que Zapata ha de volver…

 

Corridos anónimos zapatistas

 

Dulcifica el piloncillo

el café en que se derrite

y en círculos se repite

cual de mantra un estribillo,

pues conserva aún el brillo

de los granos de que está hecho:

mueves su líquido lecho

y ves trazos que dibuja

de un relato que te estruja

por ir tatuado en tu pecho.

Diez de abril del diecinueve,

hacienda de Chinameca,

del tiempo gira la rueca

y no es viento quien la mueve.

De un héroe la sombra leve

va a venir a nuestro encuentro

a abonar la tierra adentro

siempre que haya menester,

de nuevamente poner

la periferia en el centro.

 

 

Como si fuera un conjuro,

con voz de pueblo es como hablo,

haciendo a cada vocablo          

un ayer que es un augurio,

la semilla de un futuro

que en el hoy se manifieste,

y aun la memoria alebreste,

que en llamas mantenga viva

resiliencia colectiva

y a su verbo reforeste.

 

Taló al monte el federal,

lo vuelve zafra de azufre,

un infierno que hasta él sufre,

pero armado de su ideal

lo encara el hombre rural:

donde el fuego tuvo afluencia

su árbol de la resistencia

planta en cara pues reclama

que está el llano envuelto en llamas

a causa de su violencia.

 

Tras de iniciación el rito

vio en los ancestrales códices

que en ley no había algún óbice

que a esta lucha haga un delito

y al aire lanzó su grito

“Tierra y libertad”, leyenda

que esculpida en toda hacienda

con señal de aplomo vino,

de apóstol de campesinos

y hostil a las componendas.

 

Como quien plasma un guarismo

da en discurrir el chaneque

de lluvia y en calpuleque

lo comisionó asimismo

de cueva explorar su abismo

guardián de tierra y montaña,

que internándose en su entraña

ve encima de alto pedrusco,

que es corona de un Ajusco,

cómo su agua el valle baña.

 

Y en memoria ha germinado
con sangre inscrita y con lágrimas,
procesión de ardientes ánimas,
por el prócer que ha ofrendado
su ojo de maíz tostado.

Si algo tuvo de candor,

su muerte de redentor
no entendió eso quien lo mata:
no murió el canto en Zapata
que es cenzontle y ruiseñor.

 

Más que Guajardo o Carranza,

cuya memoria maldigo,

son tus reales enemigos

quienes le dan mala usanza

a tu nombre y la balanza

del progreso y sus mastines

aviesamente la inclinen

para estar a su favor:

su mismo instinto traidor

revertir hará sus fines.


Zapata no era un solo hombre:
bajo su sombrero el ala
en guarda nos trae la escala
que de cuita al pueblo escombre,
y encerrado va en su nombre
un recordatorio nato:
quien se mire en su retrato
verá que nuestras raíces
brotan desde el sur, lo dice
el viento con su obstinato.

 

Blanco numen que asomado

al Valle de las Amilpas

entendió que toda milpa

es en perfil abreviado

medio orgánico integrado,

autosustentable entorno.

Quien custodia sus contornos

protegido es por el bosque:

quien dejó que así lo embosquen

va ya rumbo a su retorno.

 

Sólo un ser de maíz pudo

saber la hora de su siembra

cual quien su origen remembra:

cual quien de mano el saludo

da a quien ve su ojo sañudo,

voz de virgen agrarista

pasó así también revista,

lo hizo héroe al portar con arte

la patria en un estandarte

guiada a senda zapatista.

 

Voz que al corazón reviente,

voz con acento hoy de antaño

grita en consigna que ese año

diecinueve es clavo ardiente

que inició otro siglo XX.

Nadie entonces se desole:

aunque hoy Zapata se inmole

del inframundo al país

fue por granos de maíz

que alimenten a su prole.