De la democracia y la ley a los derechos agrarios de los pueblos y los campesinos

Josefina Mac Gregor

De la democracia y la ley a los derechos agrarios de los pueblos y los campesino 1

Este trabajo se propone reflexionar sobre la relación que tuvo el movimiento zapatista con el maderismo. Esta empresa no es simple, pues los hombres de Morelos se unieron a la rebelión cuando Francisco I. Madero ya la había echado a andar y estaba muy avanzada. Sin embargo, la demanda de tierras, cada vez más radical con Emiliano Zapata a la cabeza, inició con anterioridad, en septiembre de 1909, cuando los ancianos del pueblo lo eligieron presidente del consejo. También cabe anotar que el año anterior, Emiliano ya había participado en la campaña electoral de Patricio Leyva, candidato independiente al gobierno de Morelos.

           Incorporarse a la revolución de 1910 supuso una subordinación a este movimiento por parte de los hombres de Morelos que defendían sus tierras con las armas en la mano. Entre febrero y noviembre de 1911, se pasó de la colaboración al desconocimiento, mediando una serie de acontecimientos que daban cuenta de las diferencias ideológicas de los dos grupos. Así, el Plan de Ayala, documento fundamental, sostén del zapatismo, además de programa social y económico de carácter agrario, es una invitación para derrocar al gobierno de Francisco I. Madero. En este documento se tildó a Madero de traidor a los principios de la revolución planteados en el Plan de San Luis, mismos que el ejército libertador del Sur se proponía hacer cumplir. El contenido referido a Madero en el documento zapatista exhibe con precisión que la relación con el jefe de la revolución estaba desgarrada, sin embargo, en lo relativo al documento maderista, manifiesta un vínculo sólido entre ambos textos. El de San Luis le da justificación y legalidad al de Ayala, y le permite proponerse como continuidad revolucionaria, para que así el documento campesino pudiera sustentar por sí mismo su categoría insurgente.

           Después de que estalló la revolución de 1910, Emiliano Zapata y sus hombres se unieron de manera explícita al movimiento con el acuerdo de Madero. Que Zapata y sus hombres se hubieran incorporado a la rebelión encabezada por Madero, un tanto tardíamente, nos plantea algunas preguntas: ¿qué vio el líder campesino en ese movimiento que fuera determinante para su movilización? ¿Qué méritos apreció en Madero como para sujetarse a su jefatura? ¿Qué ofrecía el movimiento maderista a los campesinos del centro-sur del país? ¿Planteaba realmente una solución a sus específicas dificultades agrarias? ¿Madero entendía cabalmente las inquietudes de los hombres del sur? ¿Estos comprendían las consecuencias de las propuestas del líder revolucionario?

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No es una novedad afirmar que para entender el proceso que hemos llamado Revolución Mexicana, debemos apreciarlo como uno en el que concurren diferentes movimientos, cada cual con su propio proyecto.2 Se trata de una Revolución, como la hemos querido nombrar, que fundió en una sola varias y diversas revoluciones, cada una con su propia propuesta y con su propia dinámica. Políticamente, los programas de esas revoluciones se contraponían de manera radical, si bien en términos sociales y económicos, en ocasiones eran complementarios o coincidían en algún punto, y en otros, se distanciaban. Así, es posible caracterizar la propuesta maderista y la zapatista, lo mismo que la que provino posteriormente de las filas constitucionalistas, entre otras. Las dos últimas —la zapatista y la constitucionalista— se fueron decantando con el tiempo, la maderista prácticamente no tuvo oportunidad de hacerlo, dada la rapidez con la que logró el triunfo y la brevedad de su victoria.

           No pretendo hacer una evaluación de los méritos del maderismo, pero sí destacar que la presidencia de Madero  —la relevancia de la campaña electoral de 1909-1910 y del proceso armado de 1910-1911 es para todos evidente—, durante su corto gobierno, hizo tangible la complejidad de los problemas nacionales. Durante su gestión, la búsqueda de soluciones para los problemas sociales que aquejaban al país mostró que los posibles remedios eran múltiples y dependían del enfoque con el que se afrontaran. Resolverlos no dependería sólo de la voluntad política, sino de los resultados de una larga y complicada confrontación en virtud de los muchos intereses implicados.

           Si bien el liderazgo de Emiliano Zapata no nació con la revolución maderista, sí se fortaleció y consolidó con ella. Mucho se puede decir sobre este caudillaje, que se inició a partir del consenso de los hombres de Anenecuilco, y no de la voluntad del propio Zapata, pero que significó para éste el más fuerte compromiso de vida. Durante casi 10 años, su prioridad fue defender la causa de su pueblo, y su gente se le entregó por completo. Este compromiso me parece singular, podría decir que sin duda único durante la revolución. Rueda lo expresa de manera inmejorable: “Tal fue el papel del caudillo Zapata ante su gente; tal el tamaño de su investidura: se le pensó como jefe-padre, gobernante aclamado, juez supremo, dirigente-protector de su pueblo”.3 Por eso sus seguidores —esa misma gente—, se resistieron a creer que había muerto. En cambio, el liderazgo de Madero surgió de su propia decisión, de su voluntad ciudadana de participar en los asuntos políticos de México, de su deseo de ver establecidos la democracia y el respeto a la ley en México. Sus correligionarios le reconocieron su entereza y valentía al enfrentarse al imprescindible Porfirio Díaz. Si bien fue vitoreado como a pocos al triunfo de la revolución, al morir, fueron bastante menos quienes lo lloraron.

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Madero se levantó en armas después de que se rechazó la solicitud de su partido —el Nacional Antirreeleccionista—, de que se anularan las elecciones de 1910 por las irregularidades cometidas por el gobierno porfiriano. El Plan de San Luis, además de convocar a levantarse en armas para derrocar a Porfirio Díaz, ofrecía los lineamientos a seguir durante el proceso armado. En mi opinión, haciendo una lectura equivocada de este texto, se ha insistido a lo largo de los años y por diferentes autores, que Madero ofreció repartir tierras o, cuando menos, “[…] la devolución de las tierras de que habían sido despojadas las comunidades campesinas del país”.4 Incluso, se define el artículo 3º como el único punto de carácter social en el documento.

           Una lectura detallada de todo el escrito nos permite apreciar que en realidad ese artículo 3º lo que hace es definir el marco legal del movimiento revolucionario, de ninguna manera es un programa social. Define qué se acepta y qué no de las leyes, decretos y fallos de tribunales vigentes en ese momento, para evitar, “en la medida de lo posible”, “[…] los trastornos inherentes a todo movimiento revolucionario”.5  

           Así, entre lo que no se podía aceptar se encontraban las cuentas y manejos de cuentas de las autoridades porfirianas. También se planteó que se revisaran ante los tribunales los fallos que arrebataron tierras a los pequeños propietarios, “en su mayoría indígenas”, en el momento en que las compañías deslindadoras se dieron a la tarea de delimitar las propiedades privada y nacional. El propósito de la medida era reparar una injusticia que había sido sancionada por la ley.

           Sin duda alguna la disposición franqueaba una salida para la causa ya encomendada a Zapata: recuperar las tierras de las comunidades. No obstante que entre ellos leyeron y discutieron el documento, los sureños no advirtieron, o en ese momento de definiciones no fue relevante, que se trataba de una resolución a largo plazo que debía dilucidarse en los juzgados y, sobre todo, que ya incluía las posibles soluciones. Los que indebidamente habían adquirido las tierras o sus herederos las devolverían a sus primitivos propietarios y pagarían una indemnización. Pero, si los terrenos habían pasado a manos de compradores de buena fe, entonces sólo procedería que los antiguos propietarios indemnizaran a los propietarios originales. Es decir, estos obtendrían un pago, pero seguirían sin tierras. La necesidad de parcelas de estos campesinos no tendría satisfacción. El proyecto maderista manifestaba así su posición: respeto sin cortapisas a la propiedad privada.6

           Los rebeldes del sur se afiliaron a la revolución maderista porque combatía al gobierno de Díaz que los había agraviado, porque Madero abría la posibilidad de que se les impartiera justicia con respecto a sus tierras y porque el Plan de San Luis daba legitimidad y orden a la lucha. También es cierto, como dice Felipe Ávila, que, en lo que se refiere a Morelos, fue “[…] una rebelión planeada, organizada y ejecutada por líderes locales naturales, con sus propios recursos, sin que otros dirigentes hubieran venido de fuera a organizarlos”.7

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La lucha fue breve, para el 25 de mayo de 1911, Díaz renunció y se estableció un gobierno interino que debía convocar a nuevas elecciones y pacificar al país. Entre otras razones, el desarme del ejército revolucionario, previsto en el Plan de San Luis y contemplado en los Acuerdos de Ciudad Juárez,8 tuvo como consecuencia la división de los revolucionarios, en mi opinión no por el desarme mismo, sino por los procedimientos con los que se realizó y porque el ejército federal, lejos de comportarse como una agrupación derrotada, se manejaba con altivez: gustaba de humillar a los revolucionarios, que al fin y al cabo, no obstante los acuerdos juarenses, eran los vencedores. Las discrepancias aparecieron promovidas y estimuladas por las acciones del gobierno de Francisco León de la Barra, particularmente las que llevó a cabo el general Victoriano Huerta en el Estado de Morelos para reducir al grupo zapatista, ya no para desarmarlo, sino para someterlo.

El proyecto de Zapata se fue definiendo a la luz de los acontecimientos y el resultado fue radical. Los asuntos políticos del estado y la urgencia de contar con tierras para trabajarlas lo condujeron a mantener una actitud inquebrantable ante un proyecto en el que la devolución de las tierras arrebatadas estaba sujeta a estudio.

           Sin embargo, durante algunos meses persistió la idea en los dos líderes, Madero y Zapata, de que las cosas entre ambos podían tener arreglo. No fue así, el proyecto de Zapata se fue definiendo a la luz de los acontecimientos y el resultado fue radical. Los asuntos políticos del estado y la urgencia de contar con tierras para trabajarlas lo condujeron a mantener una actitud inquebrantable ante un proyecto en el que la devolución de las tierras arrebatadas estaba sujeta a estudio. Madero no cedió tampoco ante una exigencia regional cuando tenía en frente la organización de toda la nación, las restituciones no correspondían a la problemática agraria de otras comarcas.

           Gildardo Magaña, al dar cuenta de la entrevista del 8 de junio entre Madero y Zapata, asegura que el suriano le dijo al norteño: “Mis soldados, los campesinos armados y los pueblos todos, me exigen diga a usted, con todo respeto, que desean se proceda desde luego a la restitución de sus tierras”.¿Qué tenía que ver esta exigencia con la propuesta maderista del Plan de San Luis? El “desde luego” cambiaba todo.

           Los diversos intentos por llegar a un acuerdo entre estos dos personajes fallaron uno a uno, por la imposibilidad de sostener los arreglos ante las condiciones cambiantes del día a día, por la mala fe del presidente interino y de los jefes federales, por la desconfianza del guerrillero suriano, por la buena fe y el excesivo talante conciliador de Madero con los anteriores enemigos; el caso es que la última tentativa fue el 11 de noviembre a través de Alfredo Robles Domínguez —Madero era presidente desde cinco días antes. Zapata no podía aceptar de ninguna manera el indulto para sus hombres y el exilio para él—. Para colmo, para este momento, como Salvador Rueda señala, había muerto el general Manuel Asúnsolo a manos de un hijo de Pablo Escandón, el ex gobernador y hacendado de Morelos. Asúnsolo era “[…] el principal operador político de Madero frente a Zapata”. 10 Nos dice Rueda: “Se puede conjeturar que al morir Asúnsolo se resquebrajó el puente comunicante entre Madero y el desconfiado Zapata […] El silencio, sumado a la hostilidad de la prensa y a las presiones militares obligaron a Zapata y a los suyos a remontarse a la sierra poblana. Fue entonces que se redactó el Plan de Ayala”.11

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Madero no fue un traidor. Así como se ha estudiado con todo cuidado la construcción de la leyenda negra en torno a Zapata, es preciso realizar una tarea semejante con Madero. Su campaña electoral, la victoria revolucionaria que llevó a la caída de Díaz y su apoteósico triunfo electoral en 1911 quedan oscurecidos por la campaña periodística que lo exhibió como un gobernante inepto. Muy pocos historiadores destacan la relevancia de su coherencia en la defensa de la democracia, y de su decisión de establecer un gobierno de conciliación; incluso se ha insistido que no tenía una propuesta social, cuando durante su gestión se dieron los primeros pasos para atender demandas laborales y agrarias. Cierto que el proceso era lento porque buscaba apegarse a la ley: el cambio político que llevara a los representantes populares a atender las demandas populares. No fue más rápido lo que hicieron los otros líderes y quizás los fracasos maderistas les fueron útiles como ensayo político. ¿Cuándo se ha visto que los grupos más privilegiados cedan sus posiciones sin resistencia?

           A diferencia de otros dirigentes revolucionarios a quienes se les escamotearon sus méritos revolucionarios —más a Pancho Villa que a Zapata—, Madero, al ser asesinado, inmediatamente entró al panteón de los próceres, sin embargo, de inmediato se postergó su programa y no se quiso repetir su experiencia. En cambio, el liderazgo agrarista de Zapata y el simbolismo de su lucha se ha mantenido hasta nuestros días.

           Pero Madero no traicionó su proyecto. Como dice Womack: “Zapata vio traición en cada desacuerdo y Madero egoísmo en cualquier opinión que no fuese la suya”.12

           No pudieron entenderse.

           En un manifiesto de Zapata del 27 de agosto de 1911, el caudillo daba cuenta de los acuerdos con Madero y expresaba su confianza en él, y lo llamaba “[…] invicto caudillo de la democracia”, y reconocía que Madero había tratado de “[…] imponer la Justicia basada en la Ley”. También hacía hincapié en la lealtad manifestada al líder y al presidente de la República y confiaba en que los acuerdos se cumplirían.13

           En otro memorial del 26 de septiembre, firmado en San Juan del Río por Zapata y sus hombres más cercanos, se hacían algunas peticiones muy puntuales con respecto a la evacuación de las fuerzas federales de Morelos, Puebla, Guerrero y Oaxaca, la suspensión de las elecciones, la libertad de los presos políticos y la abolición de las jefaturas políticas. Asimismo, se incorporaban dos cuestiones centrales en la posterior redacción del Plan de Ayala: la destitución de los gobernadores provisionales para que fueran elegidos “[…] ya a voluntad del pueblo o de los Generales y Gefes [sic] de la presente Contrarrevolución. Así como el Gefe [sic] de Armas y las fuerzas que guarnezcan sus Plazas”, y una petición directa “[…] que se dé a los pueblos lo que en su justicia merecen, en cuanto a tierras, montes y aguas que ha sido el origen de la presente Contrarrevolución [sic]”.14 El lance siguiente sería el más radical.

           En el periodo que va del fin de la revolución de 1910 a la toma de posesión de Madero, el proyecto zapatista, me parece, dio dos pasos definitivos en su definición agrarista. Primero: él y sus hombres debían ocupar las tierras que les pertenecían —tenían los títulos de propiedad que lo constataban—, pues no podían esperar; segundo: era necesario satisfacer la necesidad de los campesinos que no tenían tierras, y que sólo se podía lograr expropiando las haciendas. Ambas situaciones eran apremiantes dada la miserable condición en la que vivían los campesinos. Así Zapata no compartiera ese nivel de pobreza —pues era un pequeño propietario—, comprendía perfectamente las penurias de los trabajadores del campo.15

           Sin embargo, el Plan de Ayala, en su artículo 4º hacía suyo el Plan de San Luis Potosí, con las adiciones que incorporaba en beneficio de los pueblos oprimidos, y se comprometían sus firmantes “[…] a continuar la Revolución principiada por Madero”. Los hombres del sur se sentían traicionados porque Madero no había respetado la “[…] ley y la justicia de los pueblos”, mismas que seguramente Madero desconocía y tampoco entendía, como cualquier otro liberal de la época —salvo meritorias excepciones como Andrés Molina Enríquez y Luis Cabrera—. Sin embargo, los dos documentos quedaron enlazados. El Plan de San Luis daba legitimidad al de Ayala, y sobre todo daba continuidad a la revolución pues vinculaba ambos proyectos, no obstante sus grandes diferencias.

           La inmediatez de las propuestas agrarias en el documento ayaltense domina el texto. Mostró con claridad meridiana la urgencia campesina, no sólo para que se restituyeran las tierras despojadas, sino para que se procediera a dotar de tierras a los que no las poseían, que eran los más numerosos. Quizás el apremio venía de la modernización de las haciendas en cuanto a los sistemas de riego que había dejado a grandes contingentes rurales sin la posibilidad de arrendar tierras para su sostenimiento.16

           Los aciertos de este documento lo convirtieron en una divisa del derecho agrario y, tras 10 años de lucha incesante, el zapatismo se constituyó en símbolo, y en emblema, Emiliano Zapata, su líder.

           Mientras que Zapata se aferraba a la restitución y dotación de tierras y ejidos a los pueblos y campesinos sin tierra, que, como decía Cabrera, era una tarea urgente frente a la del fomento de la pequeña propiedad privada; Madero soñaba con un agricultor a la manera del propio Zapata: “[…] pequeño propietario, con ganado y un pequeño negocio de arriería”,17 que amaba los caballos y sabía cuidarlos, es decir un pequeño propietario emprendedor que mejoraba su situación con otras tareas paralelas a las de la producción de los campos. Decía Zapata: “Tengo mis tierras de labor y un estable producto no de campañas políticas sino de largos años de honrado trabajo y que me producen lo suficiente para vivir con mi familia desahogadamente”.18 Al respecto Enrique Krauze agrega: “Logró tener un hatajo de diez mulas y al frente de ellas salía a los pueblos y ranchos a acarrear maíz. Por un tiempo acarreó cal y ladrillos para la construcción de la cercana hacienda Chinameca”,19 precisamente en la que fue asesinado. Los proyectos podían ser complementarios y así se integraron al final, pero las prioridades no eran las mismas.

Madero creyó que México necesitaba de la democracia para salvarse, y se entregó a la causa con fervor y altruismo […] Zapata, en cambio, sostuvo que el objetivo principal de la revolución era impartir justicia a los campesinos

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Como ya he dicho en otra parte: Madero creyó que México necesitaba de la democracia para salvarse, y se entregó a la causa con fervor y altruismo; estaba seguro de que esa era su misión en la tierra, incluso señalada por la “Providencia”. Zapata, en cambio, sostuvo que el objetivo principal de la revolución era impartir justicia a los campesinos, por ello “Nada más grande, ni más trascendental para la Revolución, que la cuestión agraria, base y finalidad suprema del movimiento libertador”.20 Ese era el compromiso que había adquirido cuando en Anenecuilco el consejo de ancianos le dio ese mandato, y, cumpliendo su palabra, en esa lucha dejó la vida acribillado por sus enemigos, seis años después de que Madero perdió la suya bajo las balas de los infieles.


Notas

1 Una primera versión de este trabajo se presentó como ponencia en el “Coloquio Emiliano Zapata a cien años de su muerte” organizado por el INEHRM en Cuernavaca, Mor., del 8 al 10 de abril de 2019.

2 A la primera persona a la que le escuché esta idea en sus clases, fue al maestro Eduardo Blanquel y también la primera a quien se lo leí en la Historia mínima de México, México, El Colegio de México, 1973. En Laura Espejel, Alicia Olivera y Salvador Rueda, Emiliano Zapata. Antología, México, INEHRM, 1988, p.53, los autores formulan esta idea de otra manera: ”[…] la llamada Revolución Mexicana fue un fenómeno histórico en el que se conjuntaron —en el tiempo— varios procesos, que, articulados de diferentes maneras, tuvieron un desarrollo autónomo que conservaron durante y después de la lucha armada.”  

3 Salvador Rueda Smithers, “Hacia la relectura del Plan de Ayala” en,  A cien años del Plan de Ayala, p.35.

4 Felipe Arturo Ávila Espinosa, Los orígenes del zapatismo,  p.102.

5 Cf. Plan de San Luis. El documento puede encontrarse en numerosos libros, en la nota 5 se cita uno de ellos. Incluso puede localizarse fácilmente vía internet, por ejemplo: <https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2884/26.pdf>.

6 “Abusando de la Ley de terrenos baldíos, numerosos pequeños propietarios, en su mayoría indígenas, han sido despojados de sus terrenos, ya por acuerdo de la Secretaría de Fomento, o por los fallos de los tribunales de la república. Siendo de toda justicia restituir  a sus antiguos poseedores los terrenos de los que se le despojó de un modo tan arbitrario, se declaran sujetos a revisión tales disposiciones y fallos y se exigirá a los que los adquirieron de un modo tan inmoral, o a sus herederos, que los restituyan a sus primitivos propietarios, a quienes pagarán también una indemnización por los perjuicios sufridos. Sólo en el caso de que estos terrenos hayan pasado a terceras personas, antes de la promulgación de este plan, los antiguos propietarios recibirán indemnización de aquellos en cuyo beneficio se verificó el despojo”. Eduardo Blanquel y Gustavo Blanquel R., Conjunto de testimonios en, Así fue la revolución mexicana, p.1100. El propio Gildardo Magaña asentó al respecto: “Cierto que el artículo […] distaba mucho de tocar el verdadero fondo del problema, […] pero fué un rayo de esperanza para quienes habían sufrido el despojo  de sus tierras, y nada más lógico ni más humano, que el esclavizado pueblo morelense, al encontrar la oportunidad para reconquistar lo suyo, fuera a la lucha armada y respondiese al llamado de Madero, con el propósito de exigir justicia al triunfo de la causa popular, a cambio del sacrificio que significaba esa lucha.” Gildardo Magaña, Zapata y el agrarismo en México, p.107.

7 Felipe Ávila, op.cit., p.108.

8 Desde hoy, 21 de mayo, cesarán en todo el territorio de la República las hostilidades que han existido entre las fuerzas del gobierno del general Díaz y las de la revolución; debiendo éstas ser licenciadas a medida que en cada estado se vayan dando los pasos necesarios para restablecer y garantizar la paz y el orden públicos”, cf., [en línea], <https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2883/4.pdf>, [Consulta: 2 de abril de 2019.]

9 Gildardo Magaña, op.cit., p.160.

10 Salvador Rueda Smithers, op.cit., p.25-26.

11 Idem.

12 John Womack Jr, Zapata y la Revolución Mexicana, p. 124.

13 Cf., Espejel, op.cit., pp.108-110.

14 Ibid., p.111.

15 Zapata “[…] era un pequeño propietario, con ganado y un pequeño negocio de arriería que le permitía tener una vida sin lujos, pero sin el apremio de los jornaleros sin tierras”. Ávila, op.cit., pp.29-30. A raíz del centenario del asesinato de Zapata, apareció un video en los medios de comunicación, “¡Zapata vive”, en el que Alejandro Rosas, obviando la importancia o fuerza del movimiento zapatista o las cualidades del líder, destaca que Zapata no era tan pobre como nos había dicho la historia oficial, pues tenía propiedades, usaba botonadura de plata en su traje de charro, tomaba coñac y fumaba habanos. Insistir en ofrecer datos “novedosos”, pero desarticulados no ayuda a comprender los procesos, por el contrario, trivializa la historia y favorece las conjeturas sin sustento. Debemos enfatizar que los datos deben apoyarnos a ofrecer explicaciones.

16 Cf., Felipe Ávila, Breve historia del zapatismo.

17 Ibid., p.27.

18 Enrique Krauze, El amor a la tierra. Emiliano Zapata,  p.40.

19 Ibid., pp. 40-41.

20 “Manifiesto a la nación y Programa de reformas político-sociales de la revolución aprobado por la Soberana Convención Revolucionaria”, [en línea], <https://www.constitucion1917.gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/452/1/images/rev_social-45.pdf>. [Consulta: 2 de abril de 2019.]


Bibliografía

ÁVILA Espinosa, Felipe Arturo, Breve historia del zapatismo, México, Crítica, 2018.

—————————————, Los orígenes del zapatismo, México, El Colegio de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2010.

BLANQUEL, Eduardo y Blanquel Gustavo R., Conjunto de testimonios en Javier Garciadiego, coord., Así fue la revolución mexicana. México, SEP, Senado de la República, 1986. v.6.

COSÍO Villegas, Daniel, cord., Historia mínima de México, México, El Colegio de México, 1973.

ESPEJEL, Laura, Alicia Olivera y Salvador Rueda, Emiliano Zapata. Antología, México, INEHRM, 1988.

KRAUZE, Enrique, El amor a la tierra. Emiliano Zapata, México, FCE, 1987.

MAGAÑA, Gildardo, Zapata y el agrarismo en México, México, INEHRM, 1985 (ed. facs. de la de 1937, vol. 1,  p.107.

RUEDA Smithers, Salvador, “Hacia la relectura del Plan de Ayala”, en Édgar Castro Zapata, Francisco Pineda Gómez, comp., A cien años del Plan de Ayala, México, Era, Fundación Zapata y los Herederos de la Revolución, A.C., 2013.

WOMACK Jr, John, Zapata y la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI, 1973.


Fuentes electrónicas

Acuerdos de Cd. Juárez, [en línea], <https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2883/4.pdf>.

Manifiesto a la nación y Programa de reformas político-sociales de la revolución aprobado por la Soberana Convención Revolucionaria, [en línea], <https://www.constitucion1917.gob.mx/work/models/Constitucion1917/Resource/452/1/images/rev_social-45.pdf>.

Plan de San Luis Potosí, [en línea],    <https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/6/2884/26.pdf>.