El vínculo educación-trabajo: la(s) juventud(es) frente a la incertidumbre del siglo XXI

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El vínculo educación-trabajo: la(s) juventud(es) frente a la incertidumbre del siglo XXI

Gerardo Hernández Carrera

Gerardo Hernández Carrera[1]

El presente trabajo tiene la intención de ampliar las discusiones en torno al papel de la juventud frente a un escenario repleto de incertidumbres que, en materia laboral y educativa, han atentado contra esta población. Esto con la finalidad de buscar el anclaje teórico de las aportaciones al campo del Programa Alternativas Pedagógicas y Prospectiva Educativa en América Latina (APPEAL) que nos permitan aproximarnos al vínculo educación-trabajo y las configuraciones que se establecen en el mismo.

Las juventudes son un grupo social que históricamente ha sido desplazado de las acciones y participación en la vida pública. El acceso a la educación y al trabajo se ha vuelto una problemática latente; este escenario recalca la urgencia para reconstruir cómo se ha generado esta trama social que vivenciamos en el tiempo presente en México, por lo que situar este escenario en sus dimensiones históricas, políticas, económicas y culturales nos brinda herramientas para pensar cuál es el papel de la pedagogía ante este panorama e imaginar en un futuro o futuros posibles y enfrentar estas problemáticas que en materia educativa y laboral han atentado contra este sector juvenil.

 

Hacia la (re)conceptualización de la juventud

 

“la noción de ‘juventud’ es relativamente nueva, por lo que convendría dimensionarla desde su composición histórica, política, económica y geográfica para situar a la población que configura esta noción desde sus especificidades contextuales que abonan para su consolidación como un sector poblacional que confluye en el entramado social complejo que habitamos”.

 

El panorama que observamos previamente nos traza un camino para pensar y situar históricamente la situación a la que enfrentan los jóvenes en materia laboral y educativa. Para ello, es necesario tomar como punto de partida las transformaciones sociales, culturales y económicas que a lo largo de estas últimas décadas han suscitado graves problemáticas en la vida pública y la democracia de los países latinoamericanos tras la implementación de políticas de ajuste de corte neoliberal. Respecto a ello:

El impacto de este complejo proceso ha redimensionado no solamente al escenario de los vínculos entre las naciones, lo cual impacta en el concepto mismo de nación, de Estado y de sociedad, sino las condiciones en las que los agentes sociales interactúan, se organizan y construyen lazos en el marco de la precariedad, la incertidumbre, la injusticia y el riesgo en el que se produce el diario existir de las personas.[2]

     El modelo laboral vigente en México ha generado modificaciones sustanciales en la organización y gestión del trabajo, modificando no sólo el ámbito laboral propiamente dicho, sino también en otros entramados que convergen en la vida social que, además, modificaron las proyecciones y sentidos en cuanto a la formación de los sujetos históricamente situados.

      Trasladando esto último en materia de los jóvenes en México, cabría recuperar que cuando hablamos de “juventud” nos referimos a un concepto que está en constante construcción y que forma parte de las mediciones que socialmente se han establecido para determinar cada etapa biológica de los seres humanos, en función de sus capacidades y características con relación a los otros agentes que interactúan en las dinámicas de la vida en colectivo.

      La identificación de este sector denominado como ‘juventud’, por lo tanto, tendría que problematizarse y pensarse en función de las relaciones que establecen estos sujetos con su entorno. Asimismo, la juventud vista como una construcción e imaginario social “[…] se comenzó a construir desde finales del siglo XIX. Sin embargo, no fue hasta el siglo XX que la noción de juventud se democratizó y adquirió una finalidad más allá de lo meramente jurídico”.[3]

     Esto último nos permite evidenciar que la noción de “juventud” es relativamente nueva, por lo que convendría dimensionarla desde su composición histórica, política, económica y geográfica para situar a la población que configura esta noción desde sus especificidades contextuales que abonan para su consolidación como un sector poblacional que confluye en el entramado social complejo que habitamos. En este sentido, “[…] la categoría de ‘joven’ o ‘juventud’ hace referencia a otro en un mismo u otro contexto determinado. De allí que sea arbitraria y resultado de las luchas generacionales entre los que llegan y pretenden ocupar un espacio en la sociedad y los que pretenden mantenerse y no ser desplazados”.[4]

        Frente a esto, podríamos retomar el concepto de juventud desde su construcción social como una forma de estratificar a distintos sectores por edad biológica para establecer parámetros y formas de relacionarse entre sí. De acuerdo con Bourdieu, la edad es un dato biológico que es manipulado socialmente para definir una unidad social de un grupo específico que posee intereses en común. Asimismo, “[…] en la división lógica entre jóvenes y viejos está la cuestión del poder, de la división (en el sentido de repartición) de los poderes. La clasificación por edad […] viene a ser siempre una forma de imponer límites, de producir un orden en el cual cada quien debe mantenerse, donde cada quien debe ocupar su lugar”.[5]

       Con estas conjeturas, convendría aproximarnos a un concepto de juventud que no sólo abarque y recupere los mandatos psico-biológicos preestablecidos de este grupo poblacional, “sino en los términos polisémicos que envuelven al sujeto, las implicaciones de la construcción sociocultural e históricamente definida”.[6]

 

La identidad de los jóvenes frente al mercado laboral: entre la precariedad y la empleabilidad

 

Siguiendo esta concepción social respecto a la noción de juventud, convendría situar y perfilar las distinciones de cómo se concibe a este grupo social actualmente en la sociedad mexicana. Para ello se vuelve imprescindible describir el escenario social en el cual se envuelven estos sujetos en el marco del momento histórico actual, caracterizado por la agudización de las incertidumbres. Tal es el caso de la cuestión laboral, como un terreno que ha sufrido grandes transformaciones, como se había comentado previamente, tras la apertura al modelo neoliberal en México que desde los años 80 ha ido posicionándose en la vida pública. Respecto a esto:

En suma, México, como los demás países de América Latina que acogieron el modelo económico neoliberal, enfrenta un creciente deterioro de las condiciones del mercado de trabajo y con ello de las condiciones de bienestar de los trabajadores, debido a las dificultades del modelo para generar el volumen de empleos formales y de calidad requerida para absorber la creciente fuerza de trabajo.[7]

        Este escenario propiciado por la incapacidad de este modelo económico para garantizar condiciones dignas de vida, específicamente en el ámbito laboral, establece nuevas relaciones que se generan a partir de este sector de la sociedad que emerge para buscar colocarse dentro de los esquemas que se establecen como los socialmente aceptados, ya sea estudiar e/o integrarse a un trabajo. Con esto planteado, las transformaciones que en materia laboral han surgido a lo largo de estos últimos años, no sólo implicaron en el sentido mismo de las normatividades y formas de organización, sino que también tienen implicaciones en la formación de los sujetos, de su autoconcepción y proyección de estilos de vida. Siguiendo esta idea, convendría entonces considerar que:

El trabajo es una práctica social que se realiza en interacciones con otros. Se refiere a prácticas relacionadas con maneras de saber-hacer las cosas y con estrategias de interacción social, por lo que, más allá de ser una actividad estrictamente económica, es un espacio social específico, en donde se promueven las relaciones sociales entre trabajadores y medios de producción, por ello tiene que ser visto de manera integral, también como un deber moral y social, y no sólo como un medio de vida para los trabajadores.[8]

       Por lo tanto, la precariedad laboral, la desprotección de los derechos laborales, los contratos temporales o nulos, entre otras cosas, forman parte de aquellos componentes que involucran para la formación de una identidad laboral por parte de estos jóvenes que buscan incorporarse o ya se incorporaron a un espacio de trabajo, los cuales presentan modalidades atípicas e irregulares, por lo que el concepto de trabajo precario puede ser vinculado con el de trabajo informal, debido a la inestabilidad y desprotección de los trabajadores. A pesar de esto, “[…] la precariedad del trabajo no refiere a un estrato o sector de la actividad económica, limitada a una situación de trabajo autónomo, no asalariado, sino que está en función de las relaciones, formas o tipos de vinculación laboral […]”.[9]

       Partiendo de esto último, convendría entonces situar la precariedad de las condiciones de trabajo a partir de la relación que se establece entre el sector laboral y el social, en la cual no sólo se manifiestan situaciones en cuanto a las normatividades e informalidades del proceso, sino que también intervienen relaciones de poder que reflejan la violencia simbólica y sistemática que perjudica de manera negativa, en muchos casos, a este sector juvenil que busca incorporarse o ya está incorporado en algún centro de trabajo.

        Aparte de la precariedad laboral (o anclada a ésta debido a las condiciones paupérrimas de trabajo), otro elemento que implica para la precisión de los jóvenes y su función en la sociedad es la falta de oportunidades para poder integrarse a un empleo. Esta situación problemática representa un gran reto para los jóvenes, pues la carencia de recursos para el acceso a los servicios educativos o al mercado laboral, propicia que los jóvenes no puedan vincularse a éstos. Planteado así, no sólo tiene impacto respecto a su incorporación para generar ingresos o simplemente optar por estudios escolares, sino que también tiene repercusiones en la construcción de su identidad y vínculo con la sociedad.

        Como observamos previamente, la población de jóvenes que no estudia ni trabaja es un problema latente que se ha ido acentuando a través de los años. A esta población se le ha catalogado (erróneamente) como “ninis”, ya que refiere a la población, específicamente joven, que “ni estudia ni trabaja”. A pesar de los intentos de desagregar las connotaciones que estigmatizan a este sector, argumentando que existen condiciones materiales que intervienen para propiciar este escenario, en el discurso sigue siendo una categoría peyorativa que priva de posibilidad de desarrollo a los jóvenes. A propósito de esto, en algunos estudios sobre la juventud se recupera esta noción desde el deber ser de la sociedad, es decir, desde lo que se espera de este grupo, por lo que “[…] un joven debería ser parte de la fuerza laboral o bien, se debería preparar para entrar a ella. De no ser así —es decir, si ese joven no tiene un empleo, ya sea formal o informal, y tampoco se está preparando en alguna institución educativa para ingresar a la fuerza laboral—, se le clasifica como nini”.[10]

       Sería necesario establecer una diferencia no sólo discursiva, sino semántica y pragmática del término “nini”, ya que no estudiar ni trabajar no debe considerarse como un problema de decisión propia, en donde las y los jóvenes voluntariamente eligen no realizar ninguna de estas dos actividades, sino que tiene que llevar una perspectiva que incluya, para el análisis y reflexión, las distintas tangentes que entrecruzan este problema para configurarse con la latencia que hoy lo caracteriza, es decir, asumirlo como un problema de carácter estructural, en donde confluyen distintas situaciones históricas, personales, colectivas, económicas, políticas y sociales.

      Estas cuestiones lingüísticas, de igual forma, son recuperadas por organismos internacionales que tienen un gran peso dentro de las políticas públicas de los países denominados como dependientes. Tal es el caso del Banco Mundial que, en una publicación relativa a la población que no estudia y no trabaja, evidencia y hace un llamado para la atención de esta población, demostrando la gran incidencia económica de este problema generalizado en muchas de las regiones de América Latina. Sin embargo, convendría recuperar los referentes y nociones que considera, ya que establece que esta condición que vivencian miles de jóvenes se debe a decisiones personales y familiares, donde los jóvenes se “convierten” en ninis dadas sus condiciones culturales.[11] Esto no sólo reduce un problema estructural derivado a las transformaciones culturales, políticas y económicas de décadas pasadas, sino que también estigmatiza a la juventud latinoamericana y la multiplicidad de situaciones complejas que entraman el tejido social en el cual se desarrollan.

 

En busca del sentido de la matrícula escolar

 

“la educación ha suavizado los estragos causados por el neoliberalismo para hablar de una carente igualdad de oportunidades”.

La escuela ha fungido como una institución de gran peso para la vida en sociedad. En ésta no sólo los individuos conviven con sus pares, sino que es un espacio de formación de subjetividades a partir de las demandas que requiere la sociedad en su conjunto. En este sentido, también convendría caracterizar la escuela como la institucionalización de las edades correspondientes a cada grupo social, por ejemplo, se establecen edades específicas promedio para cursar los distintos tipos, niveles y grados educativos, los cuales se justifican a partir de los momentos de desarrollo de los sujetos en su complejidad.

        Esta institución social instaurada históricamente, ha transformado sus discursos con respecto a la época en la cual se encuentra, pues el sentido y dirección cultural donde se dirige se determina a partir de las necesidades de cada momento histórico particular. Esto nos sugiere, entonces, aproximarnos a un entendido de la producción de un discurso en el tiempo presente, el cual se ha prolongado, perpetuado y legitimado por las diversas sociedades. A lo que respecta, convendría situar a la educación de la sociedad actual desde una perspectiva histórica para indagar sobre los productos y discursos que la conforman.

       Las modificaciones que se han visto reflejadas en el sistema educativo nacional desde hace casi tres décadas, son el resultado de una serie de acontecimientos y situaciones que dieron como respuesta a las demandas que acrecentaban para el mundo globalizado, por lo que los discursos en torno a la educación comenzaron a perfilar nuevos ideales de sujetos y nuevas ideas de futuro para estos mismos. Esto planteado nos sugiere hacer un balance de estos elementos que lo componen.

        La visión que se tiene a partir de los 80, década cuando comienzan a perfilarse e imponerse las políticas neoliberales previamente mencionadas, es una perspectiva dominante que apuesta por un gran optimismo en la educación, bajo el supuesto que entre mayor educación habrá más igualdad entre los distintos sectores que conforman a la sociedad, apostando a que se requiere de la “inversión” de los individuos en el capital humano, ya que esta es la clave sustancial para la superación de la pobreza.

      Esta aseveración tiene connotaciones significativas sobre el sentido de lo educativo en la sociedad occidental neoliberal, pero, además, estas narrativas relativas al capital humano encuentran una conexión entre los individuos y los países, en el sentido de que estos “[…] requieren más capital humano para competir mejor en los mercados de trabajo y en los mercados internacionales, respectivamente”.[12]

        La universalidad educativa que ha formado parte de las medidas y discursos educativos en las últimas décadas, se legitima a partir de la supuesta igualdad de oportunidades para el ingreso, permanencia y término de los estudios escolares. Sin embargo, bajo estas lógicas imperan y se promueven distintos tipos de desigualdades, pues, al invisibilizar la diversidad de la población azotada económica, política y laboralmente por las políticas impuestas por los gobiernos neoliberales, ha propiciado las grandes asimetrías de los distintos sectores de la sociedad. Por lo tanto, suponer una igualdad de oportunidades se quedó como una aspiración que se trasladó a las proyecciones de futuro de los sujetos. A saber, Saraví comenta que “[…] las desigualdades educativas enuncian con total crudeza las debilidades de este modelo. Diferencias y contrastes en las condiciones socioeconómicas de los estudiantes, sus familias y sus comunidades de origen condicionan severamente las oportunidades educativas de acceso, permanencia, y aprovechamiento escolar”.[13]

        En este sentido, podríamos agregar que la educación ha suavizado los estragos causados por el neoliberalismo para hablar de una carente igualdad de oportunidades. Siguiendo la idea del autor previamente mencionado, podemos considerar a la educación como la fuente de nuevas desigualdades emergentes, las cuales han sido transmutadas en socialmente justas y legítimas, esto debido a las lógicas que intervienen en la meritocracia, la cual fundamenta al sistema educativo.

        Con estos elementos, convendría aproximarnos a pensar sobre los sentidos que se han construido en torno a la escolarización, el cual no sólo los individuos significan, sino que se interrelacionan con las construcciones socialmente válidas y viables. Por lo que el sentido de la escuela no se reduce a únicamente a las motivaciones personales como acontecimientos que en sí mismos florecen, como si se tratase de un acontecimiento meramente natural, sino que intervienen, de manera importante, las condiciones históricas, políticas y económicas.

       Recuperando parte de las cifras comentadas a inicios de este apartado, podríamos agregar que:

[…] la tasa de graduación [del nivel medio superior] en México es de 47%, un porcentaje menor al promedio latinoamericano de 52%, y mucho menor al promedio de 84% de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) […], según un nuevo estudio del Banco Mundial. De las razones para dejar la escuela en América Latina, la primera es la falta de interés de los jóvenes.[14]

       La falta de interés no es una situación que se debe dejar de lado, sino más bien es un elemento que nos ayuda a problematizar y situar cuál es el papel que funge la escuela, cuál es su vigencia institucional y, más que nada, cómo es que generacionalmente se ha fortalecido este desánimo por la escolarización. Ya que este debilitamiento de la institución educativa “[…] y la adecuación recíproca a las experiencias y sentidos que buscan en la escuela ‘sus consumidores’ ha dado lugar a un nuevo factor de fragmentación social”.[15]

       Con este escenario, observamos una desmotivación para continuar con los estudios, protagonizada por una cantidad considerable de jóvenes. Este debilitamiento institucional por parte de la escuela ha propiciado una fragmentación social tan latente en las últimas décadas. Asimismo, la escuela, como en un inicio se había comentado, fungía un papel en el cual pretendía fortalecer y nutrir aspiraciones y motivaciones, pero ante este panorama de incertidumbres y desamparo, se han fortalecido la dilución de un sentido que había sido la gran esperanza de desarrollo de la nación. Esto tiene repercusiones severas, ya que se está perdiendo la ilusión de la escuela como posibilidad de ascendencia y movilidad social en nuestra sociedad: “los límites estructurales que expulsan a los jóvenes de la escuela, del trabajo, producen un ‘vacío’ de sentido, de legitimidad, de dirección”.[16]

“Este escenario problemático en el que se pretende situar históricamente a la juventud como un sujeto social que se configura a través de las condiciones materiales y simbólicas que conforman a la sociedad, nos permite construir herramientas para pensar el papel de la pedagogía frente a esta realidad repleta de incertidumbres”.

 

 

Las tareas pedagógicas emergentes

 

Este escenario problemático en el que se pretende situar históricamente a la juventud como un sujeto social que se configura a través de las condiciones materiales y simbólicas que conforman a la sociedad, nos permite construir herramientas para pensar el papel de la pedagogía frente a esta realidad repleta de incertidumbres, las cuales, como se comentó en este texto, influyen para la formación de individuos como sujetos de la incertidumbre por la falta de claridad de proyectos en los que ellos mismos son actores, creadores y transformadores de la historia.

      Esto planteado, nos posibilita pensar en las consecuencias éticas, político-culturales y pedagógicas en el marco de la falta de certezas, en la cual hay un proceso de subjetivación, de construcción del individuo que vive un presentismo absoluto con dificultades para situarse históricamente[17]. Estas consecuencias sitúan el debate con el neoliberalismo que se ha configurado a lo largo del ajuste de las políticas en América Latina, específicamente en los sistemas educativos de la región, donde su primera tarea fue actuar para borrar la enseñanza de la historia y la geografía de nuestra región. Priorizando la construcción de individuos antes que colectivos y proyectos que incluyan a un sujeto común.

    Este panorama da cuenta de las graves dificultades para pensar el futuro ante los desafíos y problemas emergentes del tiempo presente latinoamericano, en donde se entreteje la dificultad de la transmisión de los saberes generacionales y el papel de la juventud para la producción, construcción y transformación de la realidad. Por lo tanto, esto nos invita y convoca a establecer una relación dialógica entre los saberes generacionales y la producción de más teoría pedagógica y políticas educativas que den cuenta del vínculo entre los conocimientos de la historia, las experiencias generacionales y los saberes de las nuevas generaciones. Esto traza líneas temáticas y problemas sobre cómo vincular los saberes de las comunidades, de los nuevos trabajadores, las nuevas formas de trabajo y demás circuitos y narrativas discursivas de los sectores diversificados de la sociedad, esto para poder incluir en el trabajo educativo los derechos que reclaman los diversos sujetos.

       Situando las aportaciones de APPEAL tras este escenario, el papel de los saberes se ubica a partir de su concepción como generadores de trama social y la categoría de sujetos habilita un plano de articulación significativa para ubicarlos en sus contextos y las lógicas y discursos que interpelan para su formación en el marco del momento histórico en el cual estamos situados. Los saberes como una categoría analítica, “[…] se habilitan e inhabilitan cuando las personas tienen que responder a determinadas circunstancias y crean tejido social al interactuar con otros. En el espacio micro-social se producen las condiciones socio-histórico específicas donde tiene lugar la vida cotidiana y se expresan las particularidades culturales”.[18]

       Otra categoría a rescatar y trabajar desde la labor pedagógica es la de saberes socialmente productivos, a partir del trabajo de APPEAL; ésta hace referencia a un campo de observación que abre el panorama de diversos procesos sociales y de análisis coyuntural. En este sentido, se establecen distinciones del vínculo entre educación y trabajo con la productividad social de los saberes, categoría que no hace alusión a formación de mano de obra capacitada para la acumulación del capital, sino en perspectiva de la construcción de la sociedad desde la experiencia de los sectores involucrados en la producción. En palabras de Lidia Rodríguez:

[…] los saberes del trabajo [deben] ser socialmente productivos, en la medida en que permiten inserción social, pero no como inclusión subordinada a una totalidad social cuya lógica hegemónica no se pone en cuestión. Sino por el contrario, son los saberes socialmente productivos los que tienen la posibilidad de producir una modificación de la estructura o configuración en la cual se inscriben.[19]

                                                                    

       Continuando con este idea, podemos notar cómo la categoría de saberes socialmente productivos está estrechamente relacionada con la formación de identidades, en la que se encuentra una relación necesaria con la idea de proyecto y prospectiva, en el sentido de ubicar y situar históricamente a los saberes socialmente productivos y reconocerlos “[…] en un presente que entendemos como el lugar de potenciación de múltiples posibilidades de futuro”.[20]

      Pensar en el vínculo educación-trabajo requiere de entretejer la relación entre sujetos, saberes y condiciones de producción. La desvinculación entre estos dos grandes componentes de la vida en sociedad promueven y propician la lejanía la juventud con su entorno social, produciendo este desaliento en cuanto a su constitución como sujetos inmersos y activos dentro de la vida pública del país.

       El uso de estas categorías analíticas para el estudio de la pedagogía en las tareas emergentes del siglo XXI, podrían apoyarnos como herramientas para reconstruir y buscar opciones para generar propuestas en materia de la política educativa e incluso construir y aportar al campo teórico pedagógico, como un campo cambiante y situado históricamente, producto de las grandes transformaciones de la sociedad en la que habitamos.

        Esta breve narrativa que se tejió a lo largo de este escrito, nos conduce a recuperar la pregunta: ¿adiós al neoliberalismo? Esto con la intención de situar en las necesidades históricas de una época caracterizada por las grandes incertidumbres que en el marco de las políticas neoliberales ha producido a lo largo de las últimas décadas. La ruptura de estas certezas en materia ideológica, teórica y política tiene repercusiones en la manera de visualizar e imaginar un futuro o futuros posibles, fijando la mirada en la manera en la que cambian las utopías e ideas de futuro a través de la historia. La prospectiva como un campo de posibilidades para la transformación del rumbo de la historia es una tarea imprescindible para la labor pedagógica.


Notas

[1]Tesista de la licenciatura en Pedagogía y colaborador en el Programa Alternativas Pedagógicas Educativa en América Latina (APPEAL) de la FFyL-UNAM.

[2]Marcela Gómez y Adriana Puiggrós, “Saberes socialmente productivos. Educación, legado y cambio”, en Marcela Gómez, coord., Saberes socialmente productivos y educación…, p. 25.

[3]Jorge Ignacio Rosas y José Claudio Carrillo, “Discusión sobre el concepto de juventud en México. Una aproximación cualitativa con estudiantes de nivel superior de la comunidad wixárika”, en Mónica Olaza, et al, coords., Sociología de la cultura, arte e interculturalidad. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Teseo, 2019, p. 92.

[4]Dídimo Castillo, et al., “Precariedad laboral y construcción de identidad de los jóvenes en México”, en Dídimo Castillo, et al., coords., “Los jóvenes en México”, en Precariedad y desaliento laboral de los jóvenes en México. Ciudad de México, Siglo XXI editores, 2019, p. 25.

[5]Pierre Bourdieu, “La ‘juventud’ no es más que una palabra”, en Sociología y cultura. México, Editorial Grijalbo/CONACULTA, 1990, p. 164.

[6]Ana Beatriz Pinheiro y Silva, Karla Henríquez Ojeda, “Enfoques sobre el estudio de la juventud: una visión de las perspectivas latinoamericanas”, en Valéria Viana Labrea y Pablo Vommaro, coords., Juventud, participación y desarrollo social en América Latina y el Caribe. Buenos Aires, CLACSO, 2014, p. 47.

[7]Dídimo Castillo, Op. Cit., p. 26.

[8]Ibid., p. 37.

[9]Ibid., p. 29.

[10]Benito Durán Romo, “Ninis: factores determinantes”, en Realidad, datos y espacio. Revista internacional de estadística y geografía. Vol. 8, núm. 3, septiembre-diciembre 2017, p. 49.

[11]Rafael de Hoyos, et al., “¿Por qué los jóvenes se convierten en ninis?: Un marco conceptual”, en Ninis en América Latina. 20 millones de jóvenes en busca de oportunidades. Washington, Grupo Banco Mundial, 2016, pp. 17-22.

[12]Gonzalo A. Saraví, “La escuela total y la escuela acotada: construyendo los mundos de la desigualdad”, en Juventudes fragmentadas. Socialización, clase y cultura en la construcción de la desigualdad. México, FLACSO/CIESAS, 2015, p. 57.

[13]Ibid., p. 58.

[14]Dora María Lladó Lárraga y Hugo Alejando Mares Rodríguez, “Factores que impactan la deserción escolar: percepción de los estudiantes de la Escuela Preparatoria Federalizada no. 1 Ing. Marte R. Gómez”, ponencia presentada en el XIV Congreso Nacional de Investigación Educativa (CNIE) del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, San Luis Potosí, 2017, p. 2.

[15]Saraví Gonzalo A, Op. Cit., p. 105.

[16]Rossana Reguillo, “Instituciones desafiadas. Subjetividades juveniles: territorios en reconfiguración”, en Análisis Plural. Núm. 1, primer semestre 2007, p. 223.

[17] Adriana Puiggrós, ¿Adiós al neoliberalismo? La agenda político pedagógica de la educación de América Latina. Conferencia Magistral, Faxcultad de Filosofía y Letras/UNAM.

[18]Marcela Gómez Sollano y Liz Hamui, “Introducción”, en Saberes de integración y educación. Aportaciones al debate. México, Macro proyecto Ciencias Sociales y Humanidades SDI-UNAM, 2009; y Marcela Gómez (coord.) Saberes socialmente productivos y educación. Contribuciones al debate. México, Macro proyecto Ciencias Sociales y Humanidades SDI-UNAM, 2009, pp. 11-12.

[19]Lidia Rodríguez, “Un relato de la construcción del trabajo”, en Saberes socialmente productivos y educación. Contribuciones al debate. México, Macro proyecto Ciencias Sociales y Humanidades SDI-UNAM, 2009, p. 21.

[20]Lidia Rodríguez, “Saberes socialmente productivos, formación y proyecto”, en Saberes socialmente productivos y educación… Op. Cit., p. 99.

 


 

Referencias

 

 

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