¿Acaso mueren los inmortales?

¿Acaso mueren los inmortales?

Josu Landa

Nunca se me ocurrió pensar que el gran director de teatro y maestro de actores José Luis Ibáñez también se nos fuera a morir. Ya recibimos un golpe en enero, cuando se nos adelantó Sergio Fernández, por cierto, gran maestro del gran maestro.

         Pero nunca pensé que fuera a pasar lo mismo con José Luis Ibáñez, alguien que parecía vivir –haber echado raíces, incluso– en algún paraje siempre fronterizo, entre los siglos de oro españoles, el barroco novohispano, el teatro de vanguardia contemporáneo, alguna de las galerías de The Globe (la gran casa de Shakespeare), la comedia musical, el pequeño mar proceloso del teatro universitario…

         Tantos y tan arriesgados tratos con la inmortalidad, como los que acostumbraba tener José Luis Ibáñez, solo podían venir de alguien perteneciente a la estirpe de los inmortales.

         Lo vi por última vez, en 2018. Fue en la sala teatral que lleva su nombre. Nada: un abrazo fugaz, en una de las salidas laterales, justo cuando parecía huir de aplausos, halagos y zalamerías. Llevábamos años sin vernos. Nunca me abandonará la intensidad de aquel vertiginoso instante.

         Jamás pensé que José Luis Ibáñez tuviera tiempo para algo tan fríamente antibarroco como morir. Hasta el miércoles pasado (5-8-2020), cuando se propagó la insólita noticia acerca de su partida, me lo imaginaba totalmente absorto en algún nuevo proyecto –más bien, aventura– teatral, algún montaje ambicioso, rayano en la imposibilidad, alguna reposición audaz o fisión de sus memorables representaciones de El divino Narciso y La vida es sueño, que tuve la suerte de conocer y vivir, desde sus momentos embrionarios, desde sus largos y extenuantes ensayos, antes del consabido estreno.

         ¿Están seguros de que también se nos fue José Luis Ibánez?

         ¿Han revisado bien por los lados del Teatro Carlos Lazo, en Arquitectura?

         ¿Han mirado bien en la platea, en el escenario, en las entretelas, en los camerinos del Teatro Juan Ruiz de Alarcón y el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, en el Centro Cultural Universitario?

         ¿No estará tomándose un –poco probable, es cierto– descanso en algún rincón del Enrique Ruelas o del Fernando Wagner?

         ¿No será que decidió ponerse a esperar a que se levante el muro acústico del escenario, en el Auditorio Justo Sierra, a ver si por fin puede volver ahí a las andadas, luego de más de 20 años del secuestro de ese espacio vital universitario?

         ¿O es que decidió quedarse de tiempo completo en su propio teatro, en el anexo de la Facultad de Filosofía y Letras?

         Miren bien en el Aula Magna de la facultad. A lo mejor aparecen visos y auras en la oscurana y se ponen las cosas en su lugar.

        También dijeron que el dios Pan había muerto. ¿Y fue verdad? Se supo que el mundo entero se estremeció al escuchar la mala nueva por boca del marino Thamus. Pero ¿la gente la consideró verdad verdadera? Pese a lo dicho por el bueno de Plutarco, a cada rato se observan indicios de que Pan sigue con vida: cierta brisa discreta en alguna madrugada, el tañido sutil de una flauta en el corazón de un bosque, la fugaz estela de un alígero daimon en una fuente solitaria, el estertor del helechal a la vera del camino, los terrores de tantos y tantos inocentes ante amenazas reales e imaginarias…

         También se anunció a los cuatro vientos, en el siglo XIX, que el gran Dios Único había muerto. ¿Y todavía hoy podemos estar seguros de eso?

         Así que agucen los oídos. A lo mejor resuenan, en esos aires teatrales cargados de palabras y de gestos, los ecos de aquella bulla coral reiterativa: “¡Y en pompa festiva, celebrad al gran Dios de las Semillas!”, de tantos montajes de El divino Narciso, de sor Juana. Si se ponen a escuchar con atención en los teatros de Ciudad Universitaria, a lo mejor logran distinguir la clara modulación de algún monólogo de Segismundo, según el tono impreso por el maestro Ibáñez.

         Vean bien, escuchen con atención. No es normal que los inmortales nos abandonen así como así. Es muy raro que José Luis Ibáñez se nos haya ido también, en este annus horribilis.

         Como sea: que su memoria nos ilumine por siempre.

 Ciudad de México, 8 de agosto de 2020