Cuando el 
destino 
nos alcance: 
¿Imposibilidad de 
la democracia?

Alberto Constante

“La filosofía moderna ha fracasado

en su tarea política porque ha

traicionado su tarea poética”

G. Agamben

“El dispositivo siempre tiene 

una función estratégica concreta 

y siempre se inscribe

en una relación de poder”

M. Foucault

Pensé de inmediato en esa frase de Toni Morrison que cita Judith Butler: “Pero hacemos lenguaje. Ésa es quizás la medida de nuestras vidas”.1 Pensé en lo que expresó a propósito de lo que hacemos con las palabras: “Hacemos cosas con palabras, producimos efectos con el lenguaje, y hacemos cosas al lenguaje, pero también el lenguaje es aquello que hacemos. Lenguaje es el nombre de lo que hacemos: al mismo tiempo ‘aquello’ que hacemos (el nombre de una acción que llevamos a cabo de forma característica) y aquello que efectuamos, el acto y sus consecuencias”.2 Y de pronto supe que habíamos quedado atrapados y atravesados por la época del lenguaje de los “nunca”. “Nunca” había sucedido tal o cual cosa; “nunca” había habido tal o cual suceso, pensamiento, hecho, y con ello también, “nunca” habíamos involucrado tanto al “nunca” como el “nunca como hoy” frente a los medios masivos de comunicación y frente a nosotros mismos.

“Nunca como hoy” los conceptos y las prácticas de los medios masivos habían estado tan cargados de una crisis de credibilidad como la que hoy está instalada en nuestro horizonte. A tal grado que, a partir del avance prodigioso en la era de la posverdad (Post-truth), entramos al momento crucial de las llamadas fake news y, con ello, a una crisis de los modelos de democracia liberal puestos en juego pues lo que puede ser verdad está corrompido por ese tamiz que es la sospecha. Para nadie es un secreto que las redes sociales han devenido otra forma de participar en la democracia contemporánea y que han sido ellas las que han apuntado a formas alternativas de información, de crítica, de resistencia y de participación; pero también de sucedáneos de la verdad. Hoy, no sabemos qué es la verdad y con ello tampoco qué es la democracia.

Han sido los mismos medios así como diferentes analistas políticos y teóricos de la comunicación, filósofos y sociólogos, quienes han decidido señalar que estamos atravesados por la incredulidad hacia la verdad, el desprecio de los hechos, los equívocos de los datos duros, y todo esto, no importa ya. Y no es cosa nueva, Nietzsche lo había escrito al preguntarse: “¿Qué es entonces la verdad?” Determinando que ella es sólo un conjunto de metáforas gastadas y sin fuerza.3 Foucault, sitúa el problema más a fondo cuando establece que “Mi problema es saber cómo los hombres se gobiernan (a sí mismos y a los otros) a través de la producción de la verdad (lo repito una vez más, por producción
de la verdad no entiendo la producción de enunciados verdaderos, sino el ajuste de dominios donde la práctica de lo verdadero y lo falso puede ser, a la vez, reglada y pertinente)”.4 

Post-truth” fue el término del año para el diccionario Oxford en el 2016 como se ha escrito hasta la saciedad. El famoso diccionario define la posverdad como “relativa a o denotando las circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menos influencia en moldear la opinión pública que las emociones y las creencias personales”. Nuestra vida está cambiando drásticamente ante el enorme potencial del mundo digital: el internet, las redes sociales, los buscadores y los algoritmos, la inteligencia artificial y el Big Data; un enorme potencial digital de transformación y de cambio en todos los sentidos, desde el educativo, hasta la formación de la subjetividad y la práctica de la democracia, todos ellos viven necesariamente un riesgo formidable. 

Nada nuevo bajo el sol, si tan sólo pensamos en términos foucaultianos, es decir, que tenemos que “acontemencializar” (événementialiser, como escribe Foucault) los conjuntos singulares de prácticas, para hacerlos aparecer como regímenes diferentes de jurisdicción y veridicción. No se trata entonces de una historia de los conocimientos, ni un análisis de la racionalidad creciente que domina nuestra sociedad, ni una antropología de las codificaciones que rigen nuestro comportamiento sin que lo sepamos. Antes bien, es reubicar el régimen de producción de lo verdadero y de lo falso en el corazón del análisis histórico y de la crítica política.5 

Resulta claro que como buen hijo de su tiempo, el concepto de post-truth arrancó su carrera a partir de la Guerra del Golfo en 1992 cuando el escritor Steve Tesich subrayó: “[…] nosotros, los ciudadanos libres, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo de la posverdad”.6 En un libro cuyo título es The Post-Truth Era, publicado en el 2004, Ralph Keyes, hacía sonar con bombo y platillo la llegada de esta época, una era donde lo real dejaba de serlo para oscurecerse en lo irreal, donde el uso de la mentira obtenía fantásticamente la condición de verdad. La falta de creencias, de sólidas certidumbres acentuó, como consecuencia, la oscura incertidumbre del futuro, esto hizo que la política y lo político “[…] se convirtiera en una extraña puesta en escena donde nunca más nadie sabría qué era lo verdadero y qué era lo falso”.7 

Quizá todo palidece frente al documental de Adam Curtis HyperNormalisation,8 que en octubre de 2016 nos metía de lleno a una problemática que hoy acusa su alto nivel de densidad: la verdad manipulada, entendida ésta como mentira, y ésta, conducida a gran escala, hizo que la realidad pudiera ser transformada en cualquier cosa que fuese deseable, sólo eso, deseable, plausible, pero no verdadera; nos llevó de pronto a la oscura convicción de que “el mundo había dejado de ser real”. Aunque no exista la verdad, se generan consensos muy diversificados y direccionados desde ciertos estratos de poder que son capaces de constituir que ciertas ideas pasen como verdades. Es curioso darse cuenta de que todo el mundo tiene el conocimiento de que eso que sabe está armado, pero necesita creer en él. ¿Por qué? Porque le va bien, porque le sirve, porque entrama con sus intereses, porque se encuentra bien, seguro. Todo lo anterior nos señala que es indispensable emplearse en los juegos de verdad en la relación con el poder e igual, en la relación del sujeto consigo mismo —o, diré, en la conformación de sí mismo como sujeto—.

Es curioso darse cuenta de que todo el mundo tiene el conocimiento de que eso que sabe está armado, pero necesita creer en él

La pregunta es ¿cómo actúa la posverdad? En el mundo de los medios, ella opera de una manera que puede ser explicada: tenemos que pensar que el poder no reprime, sino que normaliza, lo hace pasar por verdad; los medios tienen una fuerza inaudita en este efecto de normalización. Van construyendo formatos de pensamiento, no información, ésta es lo de menos. Los contenidos fluyen por todos lados. El tema son los dispositivos, las estructuras con las que pensamos la realidad. A veces uno tiene la sensación de que la realidad ejecuta lo que los medios establecen como formatos de pensamiento: un pensamiento binario: hombre/mujer; bien/mal; justo/injusto, etc., no hay matices. Matices no significa ser independientes, con toda su paja; más bien significa ser contaminados por todas las posiciones existentes, entender que nada es definitivo. Es la exaltación de todos los estados de ánimo como dispositivos, como un disponer de nuestro ánimo al servicio de lo que el poder necesita, lo que después nosotros vivimos: la rapidez en el lenguaje y en los tiempos. En suma, establecer que: 

[…] la verdad no está fuera del poder ni carece de poder […]. La verdad es de este mundo; es producida en él gracias a coerciones múltiples. Y posee en él efectos reglados de poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su ‘política general’ de la verdad, es decir, los tipos de discurso que ella acepta y hace funcionar como verdaderos; los mecanismos y las instancias que permiten distinguir los enunciados verdaderos o falsos, la manera en que se sanciona unos y otros; las técnicas y los procedimientos que son valorados para la obtención de la verdad; el estatuto de aquéllos que tienen la función de decir lo que funciona como verdadero.9 

Y es exactamente lo mismo con la posverdad. En un mundo globalizado sabemos que en Rusia, un hombre que venía del teatro, Vladislav Surkov, fue quien introdujo técnicas vanguardistas del teatro, las introdujo en el corazón de la escena política y con ello pudo transformar la percepción pública sobre los acontecimientos, los sucesos, los facts, con el propósito de que la gente nunca estuviera segura de lo que estaba sucediendo realmente, es decir, lo que ponía de relieve era la posibilidad del juego de las interpretaciones, de las percepciones torcidas, de la ambigüedad. Hoy sucedía una cosa y mañana su contrario. Un caos ordenado, un caos dirigido, un suplantamiento de la verdad por otras “verdades”, cuasi verdades, o de plano falsedades con igual rango de validez. Al final, todas ellas no son sino un conjunto de procedimientos que conducen a un determinado resultado, que no es otra cosa que el borramiento de una verdad en pos de muchos escenarios plausibles, en función de sus principios y de sus reglas de procedimiento.

La posverdad, en última instancia, es ahora un término incluido precipitadamente en el Diccionario de la Real Academia Española, cuya definición intenta describir el fenómeno: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.10 Un dispositivo político, una estructura de poder, un influencer capaz de hacernos ver lo blanco como negro y lo negro como blanco. La verdad como la posverdad y las fake news están centradas en las instituciones que las producen; están sometidas a una constante incitación política y económica; son objeto de difusión y consumo; son producidas y distribuidas bajo el control dominante de grandes aparatos políticos y económicos entre los que se encuentran las redes sociales y los medios masivos de comunicación; y son la puesta en juego del debate político y de las luchas sociales.

En este sentido, la posverdad invisibiliza escenarios de represión y crimen. Como quiera que sea, la posverdad y las Fake News ocurrieron porque la base misma para producir la verdad fue removida de las instituciones que tenían que producirla. Así, las redes sociales, la nueva pedagogía, la manera de formación y construcción de las subjetividades, las nuevas formas de ir creando ciudadanía y democracia, constituyen el gran armamento ideológico del siglo xxi: las redes sociales crean, instruyen, influencian, determinan, cambian, trastocan, edifican, erigen nuevas percepciones y valores en esa realidad que está construyendo día a día; de hecho, su constitución es la gran arquitectura de la persuasión. Y es en este punto donde se han edificado las llamadas fake news, cuyo objetivo es justamente invisibilizar la verdad, trastocar la realidad. ¿Cómo se podrá educar a los jóvenes para la democracia con tales dispositivos? “Como ha advertido Samantha Bradshaw, experta en el fenómeno de la desinformación, la relación entre democracia y redes sociales es un problema sistemático. Pero en lugar de atajarlo, sólo se aplican parches. De continuar así, los algoritmos podrán seguir moldeando la realidad social hasta alcanzar su objetivo: modificar la conciencia de los ciudadanos”.11

Siempre han existido las fake news, de hecho forman parte del juego de las democracias. No obstante, en la época de las armazones sociales, los medios que habían sido los tradicionales y que eran con mucho los empleados por los periodistas avezados en comprobar hechos, compiten hoy con periodistas impostores que encubren las mentiras de rigor, buscando cualquier otra cosa (poder, influencia, etc.). 

En Facebook, por ejemplo, cuando una mentira se comparte miles de veces y logra colarse en el ciclo informativo, se crea una burbuja. Los usuarios que siguen a cualquier político pueden ver en sus muros solo informaciones falsas y no otras reales. Quizá se nos ha pasado advertir que los medios han perdido el poder inmenso que tenían de distribuir sus noticias. Durante siglos, el reparto de la información estuvo en manos de quienes la creaban, que luego la enviaban a las masas para su consumo a través de diarios impresos, emisiones de radio y televisión o en los primeros años de Internet, en portales web. Hoy, la vida de las noticias la dictaminan muchos factores, entre los que la veracidad es sólo uno más.

En la era del Internet, el populismo, por ejemplo, tiene el campo abonado. Es inútil empeñarse en regañar a la gente por sus preferencias (todos son “gente”, los que piensan como nosotros y los demás), mejor es perseverar en educarla para argumentar y comprender, en lugar de aclamar. También hay que proponer alternativas ideológicas fuertes, no simplemente apelar al pragmatismo y la rentabilidad. Hagamos lo que hagamos, seguiremos remando en lo imprevisible. 

Ya lo decíamos, que esto no es nuevo, la historia de lo que ahora se llama posverdad, como estos actos en los que se les da enorme importancia a las creencias y a las emociones por sobre los hechos objetivos, tiene una traza antigua, no es sólo una cuestión del ambiente tecnológico aplicado a la verdad en la política democrática, tampoco es su distribución, ni su uso que apunta sólo al concurso del poder. Si revisamos un poco, podemos ver que gran parte de la vida intelectual de cualquier persona está inmersa en la necesidad total de la toma de decisiones, decisiones que en todo caso se le presentan con ventajas y desventajas, de ahí que el individuo requiera de un cierto conocimiento para poder llevar a cabo una valoración que sea sensata. 

La elección se da entre varias posibilidades, ahí se cotejan y confrontan distintos elementos, incluso discordantes entre sí, para alcanzar la toma de decisión con una ponderación más o menos profunda. No quiero complicarlo más, pero justo todo lo dicho aquí es el reino de la argumentación retórica. Aristóteles ya nos había ilustrado sobre este arte y es en él donde encontramos que también es una teoría de la comunicación y de la argumentación. Como quiera que sea, diremos que la tarea de la retórica es dotar a todo hablante de los instrumentos necesarios para lograr, primero, una comunicación eficaz y segundo, que esta sea persuasiva, y en el mejor de los casos, convincente, como una forma eficiente de la democratización de cualquier proceso. ¿Importa si es verdad? No. Desde luego que no.

Las TIC son al mismo tiempo, los factores fundamentales con el que explicar esa nueva realidad y, asimismo, constituyen el marco natural que permite su desarrollo, autonomía y sus constantes posibilidades de innovación y articulación. Gracias a las TIC es posible empezar a hablar de pluralismo reticular o de promoción o potenciación de la autonomía social capaz de generar singularidad, reciprocidad y comunidad al margen de las medidas uniformizadoras y de los derechos abstractos de ciudadanía.12 

Se trata de un espacio sin distancias, sin límites (salvo las impuestas por las redes mismas), con una dinamicidad extraordinaria, se trata de un espacio abierto a todos, sin distingos y, por encima de todo, como decía Deleuze: desterritorializado, con lo que se crean nuevas formas de
interacción y vinculación, formas inéditas a las tradicionales. ¿Cómo podemos seguir creyendo que las democracias participativas seguirán comportándose entonces como siempre? ¿Acaso no nos hemos dado cuenta de que las subjetividades han cambiado y siguen cambiando y no hay manera de predecir sus comportamientos, a menos de que se les siga manejando por medio de las redes entendidas como dispositivos de poder? 

Las comunidades que se han construido son ahora ubicuas y, al mismo tiempo, dispersas, en las que se diluye la división virtual/real. “Se trata de espacios que posibilitan interactuar a las personas, relacionarse, compartir información y organizarse para actuar e, hipotéticamente, influir. En consecuencia, no se trata sólo de una nueva herramienta que optimiza lo existente, haciéndolo más cómodo y rápido, sino de un cambio cualitativo que puede afectar a las relaciones de poder”.13 En el momento actual, es posible para el ciudadano común hacer directamente cosas que antes hacía por la mediación de instituciones e intermediarios. En este sentido, cabe pensar que las expectativas de participación en las cuestiones de interés público son ahora mayores porque son más directas e inmediatas”.14

Las comunidades que se han construido son ahora ubicuas y, al mismo tiempo, dispersas, en las que se diluye la división
virtual/real

Pensemos, por ejemplo, en que “Facebook” es una empresa privada no un ágora, pero el problema es que es tan dominante que funciona como una plaza pública. En los años 60 el ágora pública e informativa era principalmente la televisión, y las cadenas que elegían las historias las reporteaban y editaban, estaban sujetas a una licencia gubernamental que les exigía que trabajaran en aras del interés público, —aunque como en México este interés público era básicamente el del gobierno en finciones—. Ese sistema también planteaba problemas, pero hoy Facebook va por su cuenta a la hora de decidir qué reglas deben aplicarse en esta ágora de facto. Cuando te das de alta en su red firmas su pliego de condiciones. Hay muchas normas, por ejemplo, no se pueden usar términos pornográficos. Pero su código no afecta a la distribución de artículos informativos que son falsos.15

Ahora bien, el problema de la posverdad y las fakenews es que abarcan amplios márgenes de la realidad, por no decir que la realidad toda. Quizá hoy más que nunca estamos ante un fenómeno inédito en el que todo está puesto sobre el fundamento que se le ha dado a la retórica y a la percepción, pero no a la verdad. ¿Qué es lo que percibimos? Hay algo que se está jugando muy amplio y muy profundo del orden de lo constitutivo y que está permitiendo una transformación radical en el espacio de la subjetividad. Pensemos por un momento en el hecho de lo que palpita en la red: lo primero que nos encontramos es con una sobreinformación de todo y por todo. Nada se escapa a la red. Pero a esto hay que añadir que no existe una curaduría de la información y justo esto hace que nos extraviemos en un infinito de trivialidad, de inexactitud y de falsedad. Y esto no está muy alejado de lo que nos sucede a diario: Donald Hoffman, neurocientífico de la Universidad de California, es bastante contundente en este sentido cuando en una conferencia prescribe que “El mundo que percibimos no es nada parecido a la realidad”,16 y agrega que “[…] al volvernos más aptos evolutivamente nos alejamos de la realidad, ya que para una especie percibir dicha realidad no tiene ventajas evolutivas”.17

Lo que es evidente es que la tecnología también ha alterado nuestra relación con la información y ha magnificado la consolidación de “bolsas de realidad”, en las que los sujetos quedan encerrados en su propia visión del mundo y es reforzada esta realidad por algoritmos programados para personalizar la información, para hacerla individualizada, para que me toque sólo a mí, porque ese algoritmo se mantiene de mi propia información, la que a cada momento estoy entregando por medio de las inocentes cookies que recogen todo, y con ello, conforman un perfil que ni el mejor médico, psicoanalista o psicólogo podría determinar. Desde luego que en la historia ha habido momentos en los que la información ha sido manipulada por el Estado y los diversos poderes, y que el mismo estado de los medios, por ejemplo en Estados Unidos, en otros países y en diversos pasajes de la historia, ha creado en mayor y menor medida una inundación de noticias falsas, cámaras de ecos y burbujas de realidad. La pregunta que nos sale al paso es ¿qué pasa entonces con la democracia?

Internet y las redes sociales impactan de manera determinante en la forma en que se produce y difunde hoy la información. Las noticias falsas son todo un tema. Pero justo ahora cuando los gobiernos de varios países se reúnen preocupados por las fake news, es imposible no recordar que hubo una guerra cimentada en una mentira. De la misma forma podemos advertir que después del referéndum del Brexit, la editora de The Guardian, Katharine Viner, publicó un artículo titulado “Cómo la tecnología ha perturbado la verdad”, en el que culpaba al algoritmo de Facebook y al clickbait de muchos medios —el cual existe en simbiosis con el algoritmo de Facebook— de alejarnos de la verdad y del periodismo de investigación. 

Con el término “post-truth”, asistimos al crecimiento o popularización de conceptos como “fake news”, “filter bubble” y “echo chambers”, sin que muchos ciudadanos se enteraran de lo que se hablaba ni, mucho menos, de lo que se estaba jugando. Un ejemplo de cómo funciona la burbuja de los filtros fue desvelado por el activista Tom Steinberg. Aunque más de la mitad de la población de su país había votado a favor de abandonar la comunidad europea, en su Facebook no podía encontrar ningún post sobre alguien que estuviera celebrando el Brexit.18

El tema de las fake news está muy relacionado con el modelo Facebook que busca generar “clicks”, de hecho con esos clicks creamos una distopía de la información, pues se utiliza la fuerza de Internet para desencadenar noticias falsas, pero sobre todo clicks, que generan rentabilidad, y entonces tenemos toda una serie de estrategias que retoman Internet sea del lado económico, sea del lado político. Vivimos un tiempo muy interesante porque nos obliga a tomar en cuenta la cuestión de la regulación. En rigor, diría que lo que se hace en las redes sociales, particularmente en Facebook, es replicar un carácter ontológico del ser humano, uno que nos acompaña desde siempre: el que nos confirma nuestros prejuicios y, por razones evidentes, nos produce placer. Y eso es lo que hacen las fake news. Desde luego que las fake news no son algo nuevo, lo que sí es nuevo y perverso es la combinación de ellas con las redes sociales, con una tecnología imparable y sutil; lo que es perverso es la formalización de la posverdad a través de las fake news, cuestiones que han alcanzado una fuerza sin parangón en la historia. Recordemos aquello a que se refiere The New Yorker:

En la noche del 30 de octubre de 1938, Bill Dock, un molinero de setenta y seis años en Grover’s Mill, Nueva Jersey, escuchó algo aterrador en la radio. Los extraterrestres habían aterrizado justo al final de la carretera, anunció un presentador de noticias, y estaban arrasando el campo. Dock agarró su escopeta de doble cañón y salió a la noche, preparado para enfrentar a los invasores. Pero después de investigar, como informó más tarde un periódico, “no vio a nadie contra de quien creía que necesitaba disparar. De hecho, había sido engañado por la adaptación de Orson Welles de ‘La guerra de los mundos’”.19

Finalmente, recordemos que un principio básico de la democracia liberal es la autonomía individual, que no es otra cosa que la capacidad para conformar el mundo a partir de nuestras voliciones. Sin ella es prácticamente imposible la libertad, porque aquí cada sujeto es soberano. Y, sin embargo, como nos cuenta el historiador y pensador Yuval Harari, éste es precisamente el ámbito donde las nuevas tecnologías constituyen la mayor amenaza. La novedad es que las preferencias individuales, sus deseos y sus pensamientos, que antes solo eran accesibles a los propios individuos, están ahora abiertos a miles de observadores externos. El individuo ya no es una caja negra, es una transparencia. Por un lado, porque no para de dejar sus rastros por todo el ciberespacio; y, por otro, porque gracias a las neurociencias, la psicología cognitiva, las biotecnologías, cada vez sabemos más sobre cómo reacciona a los estímulos y, por ende, permite abrir múltiples formas de manipulación.20 

El modelo de Huxley, que se impone mediante la sugestión y la seducción, haciendo que seamos inducidos a “amar nuestro sometimiento”, ya habría dejado de ser una fantasía. Los avances en inteligencia artificial pronto podrán además automatizar diferentes formas de intervención sobre el alma humana según convengan a quienquiera que tenga el control. En palabras de Harari, “una vez que alguien […] consiga la habilidad tecnológica para manipular el corazón humano —de forma fiable, barata y a escala—, la política democrática se convertirá en un espectáculo de guiñol emocional”.21 Entonces, ¿Cómo educar para la democracia? ¿Qué transmitir? ¿Podremos transmitir con las redes sociales sometiéndonos a cada instante a sus algoritmos? La posverdad, las fake news, imposibilitan la democracia.

Notas

1 Judith Butler, Lenguaje, poder e identidad, p. 25.

2 Ibid., pp. 25-26.

3 Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, p. 25. Ahí señalaba que la verdad es “Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son,
metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal”.

4 Michel Foucault, Dits et écrits, p. 27.

5 Cf., idem.

6 “Tesich recurrió a la expresión posverdad en un artículo de The Nation en 1992, porque consideraba que la sociedad norteamericana prefería vivir de espaldas a las malas noticias, a la realidad y protegerse en una urna de cristal. Fue en la invasión de Irak cuando comprobamos la evolución de la mentira hacia el rango de verdad ocasional, de oportunidad de negocio. Visto en David Trueba, “Ganadores”, https://elpais.com/elpais/2016/12/12/opinion/1481560050_028890.html

7 Cf., Adam Curtis, HyperNormalisation, [en línea], <https://www.youtube.com/watch?v=dlhg_QF1cBk&list=PLMRGAXDKjm87SzY27vlH-54wLRbvJitPb>. [consulta: 8 de julio de 2018.]

8 HyperNormalisation is the last documentary made by Adam Curtis. The movie explains the «post-truth» concept. The film was released on 16 October 2016 on the BBC iPlayer, and tells the extraordinary story of how we got to this strange time of great uncertainty and confusion.

9 M. Foucault, op. cit., p. 112.

10 Diccionario de la Real Academia Española, “Posverdad”, [en línea], <https://www.telesurtv.net/news/que-significa-posverdad-ejemplos-20180118-0049.html>. [Consulta: 9 de julio de 2018.]

11 Cf., [en línea], <file:///Users/parvana/Dropbox/MUNDO%20DIGITAL/FAKE%20NEWS/’Fake%20news’_%20Rebrotan%20las%20noticias%20falsas%20_%20Opinio%CC%81n%20_%20EL%20PAI%CC%81S.html>. [12 de noviembre de 2018.]

12 Joan Subirats, Otra sociedad, ¿otra política?, p. 44.

13 Ibid., pp. 6-7.

14 “Hacia la construcción de una ciudadanía digital. Nuevos modelos de participación y empoderamiento a través de Internet”, [en línea],

<http://www.redalyc.org/html/3537/353744533018/ >. [Consulta: 15 de octubre de 2018.]

15 Andrea Aguilar, Entrevista a Steve Coll, “El ambiente está contaminado por noticias falsas”, [en línea], <https://elpais.com/internacional/2016/11/25/actualidad/1480091889_943811.html>. [15 de mayo de 2018.]

16 En su libro ¿Somos realistas?, aparecido a finales de 2017, Don Hoffman amplía la charla en TED, de 2015 y ahí explica cómo es que nuestras percepciones han evolucionado para ocultarnos la realidad, [en línea], <https://www.ted.com/talks/donald_hoffman_do_we_see_reality_as_it_is?language=es>. [Consulta: 12 de julio de 2018.]

17 Idem.

18 Cf., Alejandro Martínez Gallardo, “¿Qué significa estar viviendo en la época de la posverdad?” en El País, [en línea], <file:///Users/parvana/Dropbox/MUNDO%20DIGITAL/LIBRO%20INTERNET/POSVERDAD/%C2%BFQue%CC%81%20significa%20estar%20viviendo%20en%20la%20era%20de%20la%20posverdad_.htm>. [Consulta: 10 de julio de 2018.]

19 Adrian Chen, “The Fake-News Fallacy” en The New Yorker, [en línea], <https://www.newyorker.com/magazine/2017/09/04/the-fake-news -fallacy?mbid=nl_Sunday%20Archive%20081218&CNDID=49388521&utm_source=Silverpop&utm_medium=email&utm_campaign=Sunday%20Archive%20081218&utm_content=&spMailingID=14041088&spUserID=MTg3MDE3ODgzNTExS0&spJobID=1460937262&spReportId=MTQ2MDkzNzI2MgS2>. [Consulta: 13 de septiembre de 2018.]

20 Fernando Vallespin, “La democracia es frágil”, [en línea], <https://elpais.com/internacional/2018/10/05/actualidad/1538751614_762756.html>. [Consulta: 13 de
septiembre de 2018.]

21 Idem.

Bibliografía

BUTLER, Judith, Lenguaje, poder e identidad, Síntesis, Madrid, 2004.

FOUCAULT, Michel, Dits et écrits, Gallimard, Paris, 1994.

NIETZSCHE, Friedrich, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Tecnos, Madrid, 2008.

SUBIRATS, Joan, Otra sociedad, ¿otra política?, Icaria, Barcelona, 2011.

Fuentes electrónicas

Andrea Aguilar, Entrevista a Steve Coll, “El ambiente está contaminado por noticias falsas”, [en línea] <https://elpais.com/internacional/2016/11/25/actualidad/1480091889_943811.html>. [Consulta: 15 de mayo de 2018.]

Adrian Chen, “The Fake-News Fallacy” en The New Yorker, [en línea], <https://www.newyorker.com/magazine/2017/09/04/the-fake-news -fallacy?mbid=nl_Sunday%20Archive%20081218&CNDID=49388521&utm_source=Silverpop&utm_medium=email&utm_campaign=Sunday%20Archive%20081218&utm_content=&spMailingID=14041088&spUserID=MTg3MDE3ODgzNTExS0&spJobID=1460937262&spReportId=MTQ2MDkzNzI2MgS2>. [Consulta: 13 de septiembre de 2018.]

Adam Curtis, “HyperNormalisation”, [en línea] <https://www.youtube.com/watch?v=dlhg_QF1cBk&list=PLMRGAXDKjm87SzY27vlH-54wLRbvJitPb>. [consulta: 8 de julio de 2018.]

Donald Hoffman [en línea], 2015, <https://www.ted.com/talks/donald_hoffman_do_we_see_reality_as_it_is?language=es>. [Consulta: 12 de julio de 2018.]

[En línea], <https://www.telesurtv.net/news/que-significa-posverdad-ejemplos-20180118-0049.html >. [Consulta: 9 de julio de 2018.]

[En línea], <file:///Users/parvana/Dropbox/MUNDO%20DIGITAL/FAKE%20NEWS/’Fake%20news’_%20Rebrotan%20las%20noticias%20falsas%20_%20Opinio%CC%81n%20_%20EL%20PAI%CC%81S.html >. [Consulta: 12 de noviembre de 2018.]

Fernando Vallespin, “La democracia es frágil”, [en línea] <https://elpais.com/internacional/2018/10/05/actualidad/1538751614_762756.html>. [Consulta: 13 de septiembre de 2018.]

“Hacia la construcción de una ciudadanía digital. Nuevos modelos de participación y empoderamiento a través de Internet”, [en línea],

<http://www.redalyc.org/html/3537/353744533018/ >. [Consulta: 15 de octubre de 2018.]