Hermes 
o 
de la 
Comunicación 
Humana

Alfonso Reyes

I

El escribir, según los diálogos platónicos, no pasa de ser una diversión. La escritura, accidente del lenguaje, pudo o no haber sido: el lenguaje existe sin ella. Pero la escritura, al dar fijeza a la fluidez del lenguaje, funda una de las bases indispensables a la verdadera civilización. Al menos, lo que nosotros entendemos por tal. Cierta dosis de conservación en las cosas nos parece una cláusula sine qua non para aceptar el contrato de la existencia. No quiere esto decir que sea inconcebible un apetito de lo efímero. En Bali, las industrias parecen calculadas para producir artículos de corta duración, en cuya constante mutabilidad reside el encanto. Ya el fenómeno de la moda, tan característico de las sociedades evolucionadas, nos está diciendo que también la mudanza es un aliciente de la vida. A medida que las clases modestas alcanzan la moda, la moda deja de ser moda. La clase superior, que la creó, la sustituye entonces por otra, en un maratón desenfrenado. Pero las fuerzas que vehiculan el cambio persisten en su afán y sentido. De suerte que aquí, como en la herencia, la unidad y la variación juegan en campo repartido; aquélla, para lo esencial, para lo que no debe olvidarse; ésta, para lo que, pasajero en sí mismo como la flor, no ha de perpetuarse más allá de la naturaleza, sino al contrario, mudarse siempre para mantenerse siempre fragante. Mudarse para mantenerse. Este mantenerse, esto que no debe olvidarse, es la civilización. Y si la Memoria es madre de las musas, sospechamos que la enfermedad de
la memoria dio el ser a otras musas menores, a las que podemos llamar las artes archivológicas. Entre ellas, la escritura.

La palabra -—humo de la boca del jeroglífico chino— quiere deshacerse en el aire; se la lleva el viento. “Verba volant, scripta manent”. Para que persista la palabra, para que ligue y comprometa la conducta del que la profiere, nació el derecho burocrático que, mientras llegaba el derecho constitucional, por lo menos obligaba al soberano a no desdecirse constantemente. Para que no se pierdan las creaciones de la palabra, los fastos humanos que ella recoge y perpetúa, el museo y la escuela del hombre que ella por sí sola representa, para todos esos fines mágicos se inventó la fijación del lenguaje. Los vocablos que virtualmente han sonado un día, quedan cuajados, o tornan al tintero donde Benito IX encerraba aquellos siete espíritus, para volver a sonar más tarde con igual eficacia. Y el navío de Pantagruel, que cruza los mares glaciales en la buena estación, encuentra en el aire las frases que el invierno anterior había guardado congeladas.

Examinemos este proceso, no en la sucesión real de sus etapas —sería punto menos que imposible—, sino mediante una ficción explicativa que nos permita apreciar sus múltiples aspectos, a través de unos cuantos casos ejemplares.

II

El hombre mudo, anterior al lenguaje, ¿acaso se comunica con sus semejantes mediante cierta radiación que va de una mente a otra, emitida y recibida a través de las antenas nerviosas? Dejémoslo así como metáfora. No establecida aún por la ciencia, esta radiación podría ser semejante a aquélla que transmite una orden entre los animales en tropas o en bandadas. Ya sabemos que, en cierta medida, estos movimientos conjuntos se explican muchas veces por la invención y la imitación. Un individuo lanza la iniciativa, y los otros no hacen más que seguirlo. Así los retardatarios, las aves que rompen a volar cuando ya sus compañeras se han remontado, las que suele alcanzar aún la escopeta. Pero los gabinetes de observación animal han podido registrar muchos casos en que el movimiento es simultáneo. ¿Reacción unánime ante algún agente exterior? ¿Aviso u orden de un miembro de la banda, comunicación por algún medio imperceptible? Esta comunicación anterior a la palabra sería, para el hombre, el “rayo adánico” de Lacordaire: vestigio, según su doctrina, de los poderes divinos (o angélicos) que el hombre perdió por sus pecados.*

(Singular, en un escritor religioso, el olvidar que, según el Génesis—ii, 19-20—, Adán se vio en el trance de inventar nombres para los animales antes de incurrir en el pecado. Para los modernos comentaristas del texto bíblico, aquella tradición no tenía precisamente por fin explicar el origen del lenguaje, sino apartar al catecúmeno del vicio de la bestialidad referido en el Levítico —xviii, 23—. Los animales que Adán declaró animales, animales serán; “mas para Adán no halló [el Señor] ayuda que estuviere delante de él” [o compañera digna]. De aquí la creación de Eva. Pudo existir la tradición de hombres ayuntados con animales y que venían a producir animales. Los judíos supusieron después que, antes de la expulsión, los animales hablaban, como la misma serpiente. Jehová, pues, nombró las grandes cosas de la creación: cielo, tierra, agua, día, noche, etcétera; y dejó a Adán el encargo de nombrar las bestias de la naturaleza. Punto sobre el cual hubo una célebre controversia en el siglo iv, entre San Basilio y su acusador, Eunomio, con intervención de Gregorio Nacianceno.)**

A ese rayo adánico le llamamos hoy telepatía. El lenguaje y todos los medios actuales de comunicación trabajan directamente contra esta facultad animal o primitiva; la van atrofiando en el desuso y, salvo supervivencias excepcionales, acaban por extinguirla. Esclarecido, entre una selva enmarañada de fraude y charlatanería, el hecho de que puede darse la transmisión inmediata del pensamiento —por aquel residuo de evidencia que hizo a William James acercarse con pasión a las investigaciones psíquicas de sus días—, los aficionados a frecuentar estos confines de la ciencia se van inclinando cada vez más a situar la facultad adánica en el pasado y no, como desearíamos, en el porvenir. Es una supervivencia rudimental. En su aspecto receptivo o pasivo, el sujeto del hipnotismo la desarrolla con más facilidad que el hombre en su régimen de vigilia. En este estado subliminar, obran más las experiencias de la raza que las del individuo. El investigador Bennett (Hertford College, Oxford) llega a preguntarse si herencia e instinto, hoy repeticiones automáticas incrustadas en la memoria de la especie, no serán fenómenos de origen telepático, solícitas transmisiones de las enseñanzas, cuyo secreto la generación paterna deposita en los centros funcionales de la generación filial.

Entrar en la naturaleza del rayo adánico no nos incumbe. Tendemos a imaginarlo como una energía eléctrica, porque hoy la física nos tiene habituados a ver bajo especie de electricidad toda última aparición de la energía. La electricidad, raíz etimológica. Dejémoslo así como metáfora. Nos basta que Charles Henry, entre otros, deje enunciada la posibilidad de una explicación común para lo psíquico, lo biológico y lo físico, a base de “cuantos” energéticos y conforme a las leyes de la radiación. O, mejor que una explicación (pues en ella quedan intactos los fueros del espíritu), una descripción natural.

No necesitamos, pues, lanzarnos por las avenidas electromagnéticas del pichón viajero de Lajovsky. No necesitamos enfrascarnos en la busca de los “cuerpos sutiles”: efluvios, auras, luz viva. No necesitamos enloquecernos en la cámara de feria del teosofismo, donde los muñecos anatómicos despiden centellas por el gran simpático y llamaradas por el cráneo.

III

Los sistemas de comunicación van extinguiendo el rayo adánico y, conforme se hacen indispensables como ayuda de la facultad venida a menos, se desarrollan cada vez más. Y nacen los gestos; en general,
la mímica. Las abejas se comunican mediante una danza el hallazgo de una nueva fuente melífera. La voz humana, a gritos primero y gradualmente articulada en los órganos bucales, representa la especialización más sublime de la mímica, y la llamada a los más altos destinos. Pero antes de llegar al estilo oral, explica Marcel Jousse, hay que comenzar por la psicología del gesto. El hombre tiende a imitar cuanto ve, con todo su cuerpo, y singularmente con las manos. A pesar de las reglas de la urbanidad, este impulso mímico se abre paso constantemente en el hombre que conversa o perora. Es notorio en el orador, quien, si es de buen estilo, tiene que luchar contra la tendencia a los excesivos ademanes (y hay concertistas que se obligan a cantar con un papel en
las manos, para corregir la inclinación mímica.) El orador norteamericano suele subrayar sus énfasis con palmadas. El orador entre los gallas, de que habla D’Abbadie, lleva en la mano una correhuela y la hace más o menos para señalar pausas, inflexiones y exclamaciones. Los ademanes, el estilo manual de que el sordomudo usa como lenguaje completo, son anteriores, en teoría, al estilo oral, y nunca lo abandonarán del todo. De los signos manuales proceden los signos numéricos romanos y los llamados arábigos. El ademán hasta ofrece singularidades nacionales y regionales. El cine norteamericano ha difundido, con intención humorística, los gestos del italiano y del judío. En su Guía de México Terry describe un conjunto de ademanes con que el pueblo mexicano matiza y aun contrarresta el efecto de sus palabras. Así también la “potinha” brasileña, que acentúa la excelencia de una cosa pellizcando el lóbulo de la oreja. Así el molinete del pulgar con que el argentino pone en duda lo mismo que está afirmando. Los gestos injuriosos sustituyen, como eufemismo, a la palabra soez: el palmo de narices, el “corte de manga” español, el “violín” mexicano; hasta ciertos silbidos especiales y ciertos toques con la trompa del auto. A cada objeto, por su rasgo más saliente, el hombre atribuye un gesto estable, lo imita como puede, y esta imitación viene a ser el nombre gestual de aquel objeto. De aquí, según Jousse, se llega al gesto proposicional: El volante (el pájaro) devora al nadante (el pez). Por igual proceso se llega a la danza ritual, agrícola, que propicia e invoca los fenómenos naturales del sol, la lluvia, el brote. La expresión, concreta en la mímica, lo sigue siendo en la palabra. La idea es abstracta; la palabra nace concreta. Por un juego cada vez más complicado de signos visibles, se llega a simbolizar un poco de lo invisible que el hombre lleva adentro del alma. La serie de sombras chinescas que este hombre mímico proyecta sobre un muro ideal, nos daría entonces el primer jeroglífico, el mimograma. El estilo manual debió de ser muy rico en su hora. Si tal estilo comenzó ya a absorber las virtudes del rayo adánico, tal estilo será a su vez absorbido por la fuerza imperial del estilo por excelencia: el estilo oral, el lenguaje.

Sobre tales extremos, recuérdense las etapas teóricas anteriores al lenguaje, según Giambattista Vico: primero, “señas y cuerpos”; después, “empresas heroicas”: semejanzas, comparaciones, imágenes, metáforas y descripciones naturales. Henri Berr, refiriéndose al “homo faber” y al hombre cultura, al progreso de la lógica práctica y de la lógica mental, decía: “la mano, el lenguaje: he aquí la humanidad”. Y he aquí ahora, que la mano ha sido también lenguaje, y en cierta medida, sigue siéndolo.1

IV

La palabra, gesto del aparato laringo-bucal. Se comienza por un sonido que acompaña a algunos ademanes. No necesariamente una onomatopeya, sino un simple apoyo auditivo del movimiento. Hasta que, por hábito, cada gesto se asocia a un sonido. Aquí entran, como decía Gracián, “aquellos dos criados del alma, el uno de traer y el otro de llevar recados: el oír y el hablar”. El sonido, menos costoso que el movimiento, acaba por predominar. De aquí las “raíces”. Las fases del gesto proposicional, transportadas ya al habla, tienden a fundirse en un conglomerado; de donde las “flexiones” y “declinaciones”. El primer balanceo o paralelismo del gesto proposicional se vuelca en el habla, determinando las unidades fónicas del discurso, los grupos de sentido lógico que forman conjuntos melódicos. La métrica de Paul Claudel —el versículo en suma— se funda en ellos, y sólo se diferencia de la prosa en que aquí Monsieur Jourdain tiene conciencia de lo que hace, y obliga a su prosa a revelar más acentuadamente su primitivo carácter rítmico.* Igual fundamento en la prosa pendular de Péguy. Estúdieselo en las bases métricas de la épica, poesía destinada a recordarse. Estos ritmos se perciben en los proverbios. Las combinaciones de ritmos conducen finalmente a la estrofa. Los esquemas rítmicos son mecanismos de ahorro: facilitan la improvisación y la memoria. Así se versifican las reglas del género latino, para mejor recordarlas; así el payador saluda al recién llegado con una copla ya pergeñada, que rápidamente retoca según las circunstancias.2

(Nuestra época, en vez de “escandir” la prosa, tiende, al contrario, a “charlar” el verso, aunque hable de la música de los versos. Las recitadoras hispanoamericanas han querido corregirlo con un énfasis excesivo, que no siempre corresponde al sentido de las palabras. Difícil encontrar un caso de recitación sencilla en que no se evapore y pierda la virtud rítmica; por ejemplo, el de Luis G. Urbina, único en su manera. A medio camino entre la charla y el canto, la recitación es
un equilibrio inestable. Paul Valéry intentó, con Mme. Croiza, un ensayo en que la recitación bajara del canto, en vez de subir de la charla. No conocemos el resultado de su experiencia. Sin duda la dificultad reside en la base melódica que se escoja, para después irla atenuando. Algunas frases del tango argentino revelan cierta tendencia a llevar hasta la temperatura musical la modulación de la frase hablada. Dejemos esta divagación.)3

Timbre y tono vienen ahora a conjugarse con los esquemas rítmicos, de donde resultan: 1°, ritmo de intensidad; 2°, ritmo de duración; 3°, ritmo de timbre, y 4°, ritmo de tono o altura.

Por supuesto, la mnemónica de los ritmos orales es muy estrecha para abarcar todas las necesidades de la memoria. Y aquí se ofrece el recuerdo de los antiguos correos, que en vez de una carta llevaban de memoria un recado: los mensajeros; los heraldos de guerra, sin más credenciales que su persona; los corredores de Moctezuma que anunciaron a éste la aparición de los hombres blancos por las costas del Golfo. Hacían falta buenas piernas y buen corazón, a riesgo de caer muerto como Fidípides con la nueva de la victoria; pero también una retentiva privilegiada y una técnica de las unidades mnemónicas que hoy hemos perdido. Abundan las anécdotas sobre el que olvida y adultera el mensaje por el camino.

V

La tradición oral tiene que contar con la memoria. La épica se transmite de una boca a una oreja, y así se establece la cadena magnética de que habla Platón, el rumor o “ráfaga wolfiana” de la epopeya. (Según le teoría romántica de Wolf, se exageró el concepto de lo popular, hasta figurarse que el pueblo mismo, en ciertos instantes sublimes, habla prorrumpido espontáneamente en cantos improvisados que, como una atmósfera, se volvían poemas en el aire.) Los dos discípulos de Valmiki recitaban de coro los cuarenta mil versos del Ramayana. Los niños de Grecia clásica aprendían, en el gimnasio, los poemas de Homero. El rawia o rapsoda árabe Hammad recitó ante Al-Walid, sin un tropiezo, hasta mil novecientas casidas del tiempo del paganismo anteislámico. Itelio, nuevo rico de la antigua Roma, incapaz de entretener a sus huéspedes con su propia conversación, tenía doscientos esclavos memoristas para amenizar sus banquetes. Cada uno se sabía un libro entero. Itelio los iba turnando, según la ocasión y la conveniencia. Cierto día, de sobremesa, se ofreció esclarecer algún pasaje de la Ilíada. “A las pruebas me remito”, dijo Itelio, e hizo una seña a su mayordomo. “Señor —contestó éste abrumado—, es imposible: la Ilíada no puede hoy presentarse, porque está con dolor de estómago”. (Antecedente de las lecturas en los locutorios monásticos y en los talleres, y hasta de las lecturas en cátedra. Los estatutos de Salamanca, en el Siglo de Oro, mandaban al catedrático “leer” textos de Aristóteles en el aula.)

Las disciplinas escolares modernas han dado en desdeñar el cultivo de la memoria. Desaparecerá un día, como el rayo adánico, y será la era de la amnesia. Los signos acuden a suplir la deficiencia creciente.

VI

Signo: fenómeno sensible o significante que evoca otro fenómeno no sensible o significado, mediante una relación convencional entre ambos o significación. Esta liga significativa puede ser de causa a efecto (pólvora y explosión, sonrojo y vergüenza) ; de medio a fin (brújula y navegación) ; de semejanza (original y retrato) ; de contigüidad habitual, sea por naturaleza o por convención (golondrina y verano, palabra y pensamiento, bandera y nación) ; de analogía (balanza y justicia), etc. El signo puede considerarse desde el punto de vista objetivo (por la armonía que se supone entre las cosas del universo), o desde el punto de vista subjetivo (caso particular de la asociación de ideas o del razonamiento, por donde se llega a pensar que un signo no sólo “sugiere” sino “prueba” su objeto). El signo auditivo, inarticulado o articulado, crea el estilo oral. El visible, si gesto o ademán, crea el estilo mímico. Si es auxiliar, con objetos distintos de nuestro cuerpo, es el verdadero signo a que ahora quiero referirme.

Signo es el hito que marca una frontera en el suelo. Signo, el distintivo de una categoría social. Signos, los nudos que el mensajero salvaje hace en una cuerda, o las muescas que marca en un bastoncillo con el cuchillo. Tantos nudos o tantas muescas como encargos, o partes en que su mente ha dividido un encargo. Extraordinario esfuerzo de la memoria simbólica, difícil para un civilizado: sustitución de un contenido cualitativo por una enumeración cuantitativa. Signo también, aquella llamada de atención que hoy es frase hecha (“un nudo en el pañuelo”), para acordarse de que hay que acordarse de algo: abstracto estímulo fenomenológico. Y todo ello, suerte de lenguaje sin lengua; regreso, en cierto modo, a un estilo manual, aunque ahora no como mímica, sino como apoyo —apoyo matemático— del discurso.

Cuenta Herodoto que Darío, al cruzar el Ister, dejó a su retaguardia jonia cuidando un puente, con orden de esperar a su regreso cierto número de días, al cabo de los cuales podían darlo por perdido, cortar el puente y regresar a sus bases. A este fin les entregó una correa con tantos nudos como días contaba el plazo de espera. Aquí el uso de los nudos era un signo aritmético inmediato, era la aplicación del mismo principio que Robinson aplicaba en su isla, o el del preso que marca con rayas en el muro los días de su cautiverio. No así en los quipos peruanos, rama horizontal con lazos de distintos colores y anudados de diverso modo, en que los lazos representan una verdadera inscripción y se descifran como una clave. Primero se los empleó para contar, y luego se desarrollaron al punto de comunicar decretos enteros. Lo propio acontece con el “wampum”, sartas de conchas de los hurones o iroqueses. La barra con muescas suele otras veces significar cómputos aritméticos, el monto de una deuda y la fecha de su cumplimiento; y partida longitudinalmente en dos, constituye un par de documentos, uno para el acreedor y otro para el deudor, que reunidos nuevamente en uno, verifican, por coincidencia de ranuras, la autenticidad del convenio.

El signo más elemental es el objeto que por sí mismo se aplica a la acción sugerida: un hacha, la guerra; una pipa cargada, la paz, la conversación amigable. Menos claro ya que el mensaje de los escitas a los persas: un ave, un ratón, una vara [sic.] y cinco flechas; lo cual aparentemente significaba: “no intente combatirnos quien no sea capaz de remontarse como el pájaro, esconderse bajo tierra como el ratón o cruzar los pantanos como la rana, porque lo aniquilaremos con nuestras flechas”. Cuando estos mensajes no consisten ya en el objeto, sino en la pintura del objeto, comienza el jeroglífico.*

VII

No todos pueden dominar tantas lenguas como Mezzofanti o como Mitridates. De éste se cuenta que su retentiva verbal le permitía conocer por su nombre a cada uno de sus soldados, rasgo de memoria militar propio del caudillo. (El caudillo, en nuestra América, durante los ocios del campamento, hace mezclar la baraja, la pasa una vez, y asombra a sus tenientes repitiendo después de coro todos los naipes, por el orden que han salido.) 

Creadas ya las lenguas, aparece el conflicto de la diversidad de las lenguas, el mayor obstáculo a la fraternidad humana, según San Agustín. El problema de pasar de una lengua a otra, simbolizado en la confusión de Babel, ha impresionado a varios pueblos sin aparente contacto de mitologías o tradiciones. En América, uno de los siete gigantes salvados del Diluvio, Xelhúa, hizo la gran pirámide de Cholula con la idea de destruir el cielo. Los dioses lo fulminaron y, para mejor estorbar su empresa, confundieron las lenguas. Algo parecido se encuentra en el Thorus mongólico, India del Norte; y, según Livingstone, entre los africanos del lago Ngami. El mito estoniano del “cocimiento de las lenguas” y la leyenda australiana sobre el origen de las diversas hablas reflejan la misma preocupación.

No es extraño que los pueblos antiguos hayan sentido el vértigo de la multiplicidad de las lenguas, cuando hoy mismo la ciencia no puede aspirar, en esta materia, a la precisión estadística. Junto a dominios acotados, como el de la gramática indoeuropea, se extienden otros en que apenas se va llegando a la etapa de la descripción; otros en que se hablan a la vez varias lenguas; otros en que las fronteras no pueden fijarse. Aun para las “familias”, que se reducen a una madre común, la disparidad cronológica produce singulares complicaciones. La lingüística, a fin de abarcar este panorama cambiante, ha debido abandonar el fácil cuadro clásico de las aislantes, las aglutinantes y las flexionales, optando ahora por un mero plan genealógico. De madre a hija, los rasgos familiares pueden haberse oscurecido considerablemente, lo que determina enormes divergencias entre las hermanas, como acontece del inglés al polaco. Dentro de una misma familia, también se producen subfamilias, y a veces hay que ir a buscar el parentesco hasta los bisabuelos. O bien la comunidad existió en determinado instante, y luego se diferenció hasta desaparecer en sus fases más manifiestas. No siempre se poseen los jalones para reconstruir los grados y etapas de esta heterogeneidad creciente. Ni tampoco puede justificarse la sospecha de que, retrocediendo en el tiempo, se llegue a la soñada lengua única original, hipótesis que a su vez da por demostrado el origen único de la especie humana. Además, hay semejanzas fortuitas, producidas por la semejanza sola de la especie, por la analogía de los tipos psicológicos y el número limitado de las respuestas específicas, sin que en tales analogías o semejanzas deba fundarse presunción alguna sobre el parentesco lingüístico. Ya estamos lejos de los días en que —según la narración de Herodoto— se discutía si la lengua original había sido el egipcio o el frigio, por el testimonio de unos niños entregados a su sola y pura iniciativa verbal. Ya estamos lejos de los días en que, por una preocupación religiosa, se consideraba el hebreo como la madre de las lenguas, superstición a que Leibniz vino a poner fin. Ya estamos lejos de los disparates sobre la lengua del Paraíso, que tan ridículas y divertidas proporciones adquieren entre los antiguos persas, en Goropio y en Kempe. Ya estamos lejos de las extravagancias de los euscaristas, que reclaman para el vascuence la preeminencia del habla humana.4 

VIII

En alivio de la confusión de las lenguas, se acude a varios expedientes que podemos clasificar en tres grupos: el paso subterráneo, el paso a nivel y el paso elevado. El paso subterráneo es el retroceso a la mímica. El paso a nivel es el uso de intérpretes o traductores. El paso elevado es doble: o la lengua de uso internacional, o la lengua auxiliar ad hoc.

El retroceso a la mímica. El gesto, decía Quintiliano, es el discurso común a todos los hombres. Sobre este retroceso a la mímica nada más ilustrativo que aquel pasaje en que Luciano cuenta de un rey cuyos dominios se extendían por las costas del Ponto Euxino. Habiendo visitado a Roma allá por tiempos de Nerón, tuvo ocasión de admirar a un excelente pantomimo, y pidió llevárselo consigo para usarlo en el trato con aquellas tribus vecinas de su reino, de quienes siempre le había separado la diversidad de las lenguas. 

Todos los exploradores se han visto en este trance. Y los descubridores de América tuvieron que empezar con señas su penetración en las tierras desconocidas. Podemos figurarnos que el primer gesto consistió en arrojar el consabido collar de cuentas a los pies del asombrado cacique, y luego pedirle de comer con ese ademán de las manos a la boca que todos los pueblos entienden. Los gestos tendrían que ser muy calculados, escogidos entre los que se juzgaban más evidentes o siquiera menos convencionales. El decir “sí” o “no” moviendo la cabeza como lo hacemos nosotros no tendría sentido para los pueblos exóticos. Alguna vez he observado que el escritor cubano y caro amigo José María Chacón y Calvo es el único que, con los chinos, dice “no” con la boca al tiempo de decir que “sí” con la cabeza. Ignoro si habré calumniado a los chinos. Por ahí corren chascarrillos sobre los equívocos que origina el hablar por señas. Los dos maestros en mímica discutieron, según uno de ellos, sobre la esencia de Dios y la Trinidad, y según el otro, sobre si se arrancarían o no los ojos mutuamente; y como al cabo no se entendían, acabaron por dilucidarlo todo con el peor de los ademanes: a puñetazos.5 Rabelais cuenta la disputa entre el humanista inglés Thaumaste y el ladino Panurgo, disputa que se desarrolla en un cambio de gestos estrafalarios cuyo sentido nunca se aclara, y en que finalmente Thaumaste se confiesa abrumado por la ciencia de Panurgo. 

El regreso a la mímica sólo puede ser un recurso desesperado, y nunca nos llevaría muy lejos.

IX

El intérprete o traductor. Ya hemos recordado a los descubridores de América; recordemos a los conquistadores. Hernán Cortés, para ponerse en contacto con los mexicanos, usará una cadena de traductores, cuyo primer eslabón es un español llegado anteriormente y familiarizado ya con el habla de ciertas tribus. Y sin duda el eslabón de oro es la princesa Malinche, futura compañera y esposa del futuro Marqués del Valle, cuya influencia en las intimidades de la Conquista podría analizarse largamente. 

Plinio —y es uno de los escasos testimonios sobre cuestiones dialectales que la Antigüedad nos ha dejado— cuenta que en la Cólquide había más de trescientas tribus, las cuales hablaban dialectos diferentes,
y que los romanos, para tratar con ellas, empleaban no menos de ciento treinta intérpretes. Estrabón reduce a setenta el número de aquellas tribus. Todavía en nuestros tiempos se ha llamado a tal región “la montaña de las lenguas”. Las caravanas de comerciantes helenos que remontaban el curso del Volga hasta los Urales, cuenta Herodoto que solían acompañarse de siete intérpretes, prácticos respectivamente en siete lenguas distintas, entre las que figuraban dialectos eslavos, tártaros y fineses que sin duda ya llegaban, como ahora, hasta aquellas tierras. Cuando Alejandro quiso conversar con los brahmanes, tuvo que tender largo sorites de traductores. “Nuestras respuestas —se quejaba un brahmán— llegan hasta el emperador como el agua enturbiada en muchos canales”. Las ciudades griegas que Roma sometió a su dominio quedaban obligadas a sostener un intérprete oficial. En 180 a. c., Cumas en la Magna Grecia, cuna de la famosa sibila, dio el gran paso de pedir, la primera, que se le concediera el latín como lengua general y propia. 

En su Gran viaje al país de los hurones (1631), Gabriel Sagard aseguraba que, entre las tribus norteamericanas, apenas se encontrarían dos de la misma lengua, y aun había notables diferencias de familia a familia dentro de un mismo pueblo, además de que dichas lenguas vivían en constante transformación. De esta velocidad en los cambios dialectales, que multiplica en razón geométrica la dificultad del paso a nivel, da testimonio cierto caso que cuenta Humboldt, y que en la Escuela Preparatoria solía recordarnos el profesor Sánchez: se trata de un loro que repetía frases ya ininteligibles para sus poseedores, quienes lo consideraban por eso como animal sagrado. Humboldt lo explica como efecto de una doble causa: la rápida transformación lingüística entre salvajes y la longevidad de los loros. Los estudiantes, cum grano salis, lo achacábamos a la libre iniciativa del loro. Polibio asegura que ni los romanos más instruidos entendían fácilmente las antiguas convenciones entre Roma y Cartago. Horacio confiesa que los poemas salios eran para él un misterio inaccesible. Quintiliano afirma que los sacerdotes de su época eran ya incapaces de traducir los himnos sagrados. En dos o tres generaciones, se alteran sensiblemente los dialectos de Siberia, de África, de Siam. Por la renovación dialectal, la lengua rica y enérgica de los Vedas acaba en la pobre jerga de los cipayos; la del Zendavesta y la de los Anales de Behistún se transforma en la de Firdusi; la de Virgilio, en la de Dante; la de Ulfilas, en la de Carlomagno; la de Carlomagno en la de Goethe. Aunque la evolución sea más lenta en las lenguas que han alcanzado la etapa de cultura, no por esto dejan éstas de mudar en imperceptible oxidación. Para poner al alcance del lector medio el Poema del Cid, ha habido que hacer, en nuestros días, no menos de dos versiones a la lengua moderna, la una en prosa y la otra en verso.

La idea de poder expresarse en lengua extranjera no es una idea inmediata. El pueblo español dice que el extranjero no habla “en cristiano”, poniéndolo así fuera de la humanidad aceptada. Los polacos de otro tiempo llamaban “mudos” a sus vecinos alemanes. Los griegos llamaban “los sin lengua” a los bárbaros, y no eran, por cierto, muy dados a aprender las lenguas extrañas, a diferencia de lo que acontecía con los bárbaros. Mejor espíritu crítico demostró Ciajares, rey medo: cuando en sus Estados apareció una tribu escita, envió a unos niños a convivir con ella y familiarizarse con su habla. Y no demostraba poca fe en la virtud de la lengua aquel monarca oriental que se preguntaba con asombro: “Si todos los helenos hablan de igual manera ¿cómo se explican sus constantes guerras interiores?” ¡Ay!

X

El paso por elevación de unas a otras lenguas hemos dicho que consistiría en la adopción de una lengua internacional, ya escogida entre las existentes, ya inventada exprofeso. La lengua existente podría adoptarse como es, o simplificársela convenientemente al efecto. La creada artificialmente para el caso podría ser del todo nueva y fabricada en laboratorio, o podría resultar de una adecuada combinación entre las principales lenguas en curso. Aquí entramos en la enmarañada selva utópica, en el confuso reinado de los arbitristas o “locos repúblicos” que decía Quevedo. A poco que nos descuidemos, resbalamos.

Aun antes de plantearse el problema teórico de la lengua internacional, el hecho bruto se produce: el predominio de la lengua usada en cada época por el pueblo predominante. Sucesivamente, y en la zona de sus respectivas influencias (para no hablar de los orbes indostánico y chino), la asiria, la griega, la latina, la árabe, la española, la francesa, la inglesa han conquistado este privilegio pasajero. Después de la caída de Roma, el latín sigue siendo la lengua sabia internacional, la lengua ecuménica de la Iglesia y de la jurisprudencia, sin duda porque era, en el mosaico bárbaro, el común denominador. Tenía, además, el prestigio de conservar en sí las formas de la cultura a que el Occidente volvía los ojos mientras lograba edificar una cultura propia. Aun era la única lengua en que parecía dable escribir y así hay testimonios de su franca penetración en la correspondencia privada, cartas de familia y hasta cartas de amor.11 Pero un día la vida y la ciencia modernas dejan atrás al latín, que no estaba hecho para contenerlas; y un día a nadie extrañará que los sabios prefieran escribir en su nueva lengua nacional. (Aunque todavía a Malón de Chaide, siglo xvi, se le reprochaba en España el tratar en vulgar sobre asuntos graves, porque el romance parecía más propio para cuentos “de hilanderuelas y mujercitas”.)*

El francés logró alzarse un día con el imperio de las relaciones diplomáticas. Luego, por circunstancias obvias, lo compartió equitativamente con el inglés, y aun puede decirse que, para las regiones extremo-orientales, batiéndose siempre en retirada. El francés comenzó a insinuarse en visitas y recepciones oficiales desde la paz de Westfalia (1648), y se fue afirmando poco a poco en los documentos de dietas y congresos. La Paz de Rastadt (1714) se redacta ya en lengua francesa: y después, los preliminares de Viena y su convención (1735-1736), Aquisgrán (1748), etcétera. Pero este uso internacional nunca fue más allá de las cancillerías.

La pretensión de erigir en lengua internacional la lengua de un país eminente despertaría los celos de las otras potencias. De aquí que algunos hayan pensado en escoger un país modesto. A este fin podrían servir el griego pos-clásico, o mejor aún, el noruego, que es de estructura más sencilla y no viene enredado con los graves compromisos de la antigua filología. Pero ¿cómo imponerlo a todos los hombres? Las lenguas naturales son siempre difíciles, son expresiones muy imperfectas del pensamiento, son sólo en parte racionales, son crecimientos caprichosos. Su vocabulario tiene aplicaciones arbitrarias, inciertas; su sintaxis ofrece irregularidades. Ninguna frase puede decirse que dé el molde general para las demás. Se asegura que el chino clásico lleva en sí toda una epistemología o sistema de conocimiento. La verdad es que otro tanto puede decirse de cada lengua o grupo lingüístico. Y no es posible pretender que todos los cerebros humanos modifiquen su representación práctica del universo.

Aparecen entonces los intentos de lenguas artificiales, que quisieran fundarse en un mínimo de psicología lingüística común a toda la especie humana. Viciosa proliferación de proyectos que, sobre la confusión de las lenguas naturales, ha producido una nueva Babel de lenguas hechizas. 

Los teóricos de la lengua internacional, impropiamente llamada universal, insisten ante todo en que sólo se trata de construir un organismo para usos limitados; no de establecer una sola lengua para todos los pueblos, sino, al lado de las lenguas naturales, un sistema accesorio que permita la fácil comunicación entre extranjeros. Ésta sería la única lengua ajena indispensable de aprender para ciertos fines generales. Tal organismo tendría un valor semejante al de ciertas lenguas científicas y convencionales, como lo fue el latín en otro tiempo; como el llamado C.G.S. (Centímetro-Gramo-Segundo), adoptado por el Congreso Internacional de Electricistas de París (1881); como la nomenclatura del Congreso Internacional de Química (París, 1889), perfeccionada en la reunión de Génova (1892). A tal organismo sólo podría llegarse mediante un acuerdo entre los gobiernos, fundado en dictámenes de especialistas, y no mediante la automática selección natural. Ello tendría, en suma, el valor que tienen tantos acuerdos internacionales tendientes a uniformar el vocabulario y el procedimiento de numerosas transacciones humanas: bancarias, aduaneras, etcétera.

XI

Ya en trance de lengua artificial, algunos optan por una combinación ecléctica entre varias lenguas dominantes, y otros por la racionalización y reducción de una sola lengua tomada como materia prima. De aquí nació el Volapük en 1880, sobre la base del inglés. Se adoptó el vocabulario, aunque alterando arbitrariamente las raíces, pero se respetó la gramática. El Volapük se vino abajo: la caprichosa realidad se negó a embarcarlo consigo. Sobre los despojos del Volapük se forjó, hacia 1907, el Esperanto, con una gramática en parte tradicional y en parte nueva, y con un vocabulario mezclado de todas las lenguas europeas, incluso el griego y el latín. Se modificaron las pronunciaciones; se echó mano ampliamente de palabras compuestas y de la derivación mediante afijos y las raíces quedaron reducidas a menos de tres mil. Los tecnicismos de uso ya difundido entraron por propio derecho. En 1902, Rosenberger, de San Petersburgo, sin tomar escarmiento ante el poco éxito del Esperanto o creyendo haber descubierto la razón del fracaso, propuso otra lengua auxiliar, el Neutral; lengua que vino a reclutar a los despechados del Volapük y del Esperanto, y que ofrece el atractivo de reducir las raíces a formas internacionalmente conocidas, así como de fundar su gramática en un solo molde coherente, el molde romántico, bajo la predominación del francés. El Neutral vino a explotar la difusión del francés entre las clases cultas de Europa; pero está plagado de sinonimias y ambigüedades, que el Esperanto procuraba evitar alterando las palabras violentamente, y no realiza el equilibrio ideal entre la polilexia y la polisemia, entre la cantidad de significados y la cantidad de expresiones verbales. Todos estos ensayos sólo han logrado interesar a algunos curiosos. No se llegó por aquí a ninguna lengua de uso siquiera inter-europeo, mucho menos internacional, sino sólo a producir parásitos en torno a las lenguas ya existentes. El Esperanto, por ejemplo, no pasa de ser un mal italiano: sus fundadores, como para darse a sí propios una garantía de objetividad, tomaron por modelo una lengua que les era extraña.

Otros han pensado que sólo un organismo inventado todo de cabo a rabo podría ser de veras independiente. Lo intentó Dalgarno (Ars Signorum, 1661); lo intentó Wilkins (Real Character, 1668); también Sir Thomas Urghart o Urchard (1611-1660) —aquel traductor de Rabelais, herido y preso en la batalla de Worcester—, en su Universal Language, obra de que sólo quedaron unas cuantas páginas. Wilkins sintió la necesidad, desdeñada por los proyectistas modernos, de estudiar la formación de los sonidos y los principios de su representación. Aunque era todavía un diletante, su bosquejo fonético no carece de interés. Su clasificación de las ideas contenidas en el lenguaje es antecedente de obras como la de Roget, Thesaurus of English Words and Phrases, y aun los diccionarios de asociaciones de ideas recorren cauces parecidos. Pero estos intentos eran demasiado prematuros.

Los filólogos posteriores creen contar con mejores armas. ¿Qué sonidos —dicen— tendrá la lengua por inventar? Los más fáciles. ¿Cuáles son éstos? Sin duda, para cada cual, los de su costumbre. Pero aquí los fonetistas entrarían con sus máquinas para destruir el prejuicio de la costumbre y demostrarnos que no siempre son fáciles los sonidos que nos lo parecen, y que otros, en cambio, aunque no nos lo parezcan, son fáciles de veras. ¡Disputación entre la boca y la máquina! ¿Cómo se escribirán los sonidos? No, desde luego, en el anticuado alfabeto latino, como todavía lo hace el Esperanto, sino, por ejemplo, en los signos de la Asociación Fonética Internacional o algún estilo semejante. ¿La nueva gramática? No se fundará en las existentes, sino en primeros principios expresamente investigados. ¿El vocabulario? Sólo hay dos medios, que grosso modo llamaremos el gramático y el simbólico. Dalgarno y Wilkins seguían el primero. Wilkins clasificó las ideas en cuarenta categorías, cada una simbolizada por una consonante y una vocal, según cierto orden no muy estrictamente alfabético. Pero como no hay conexión necesaria entre sonido y sentido, resulta inevitable el aprender de memoria las cuarenta categorías con sus miles de clasificaciones internas. Y luego, las palabras tan laboriosamente adquiridas están condenadas a envejecer en pocos años con la lengua misma, puesto que la vida está en marcha. Las excrecencias naturales entrarán por esta arquitectura ideal, la ahogarán, la absorberán también, como a una casucha abandonada entre las lianas del bosque. Claro es que estas observaciones se aplican en todo su alcance al método simbólico (esfuerzo de la memoria, peligro de envejecimiento); pero los partidarios de este otro método llegan a negar que así suceda: creen haber descubierto las especies necesarias, absolutas y eternas, que por sí mismas se impongan a la mente y no caduquen con las evoluciones; creen encontrar relaciones reales, ontológicas, entre ciertos sonidos y ciertos sentidos, como los analogistas griegos o como los que explicaban el origen del lenguaje por la ya derrotada teoría de la onomatopeya: confían en poder alcanzar algunos resultados positivos, limitando modestamente su campo a algunos puntos empíricos; con lo cual, afirman, se corregiría el excesivo gasto de material de que son ejemplo todas las lenguas naturales, o aun las artificiales que las imitan con apego. ¡Ah, pero las ventajas de la brevedad traen consigo sus desventajas! El que consigue acotar un metro cuadrado no pretende haber acotado toda la superficie terrestre. 

Principales sistemas de lengua auxiliar internacional: a) Pasigrafía, sistema de simple escritura, antigua tendencia después abandonada. Las pasigrafías no son propiamente lenguas, sino nomenclaturas gráficas uniformes para ser traducidas a cada lengua particular. De éstas han alcanzado reconocimiento oficial el Código Internacional de Señales Marítimas y la Clasificación Bibliográfica Decimal. b) Lenguas auxiliares, propiamente dichas: 1° apriorísticas, artificiales, filosóficamente construidas, que son las más antiguas; 2° mixtas, que mezclan los rasgos del tipo anterior y del siguiente; 3° a posteriori, racionalización de una lengua ya existente, generalmente europea. Forman un subtipo las que se fundan en lengua muerta. Es fácil contar hasta docena y media de lenguas a priori, entre las cuales figuran las de Descartes y Leibniz; hasta una docena de lenguas mixtas, entre las cuales la de Grimm y la llamada graciosamente “Lengua Azul”, de Bollack; y más de dos docenas de lenguas a posteriori, entre las cuales el Antivolapük y el Esperanto. En el subtipo de los que han ido a buscar como base una lengua muerta, los menos han pensado en el griego clásico, como De la Grasserie, y los más en el latín clásico, no faltando tampoco los partidarios del latín medieval. Isly con su “Linguum Islianum” y Frölich con su “Reform-Latein” a lo más que llegan es a proponer un latín digno del Malade imaginaire.

El último ensayo de lengua auxiliar se debe al contemporáneo Ogden, quien se vio llevado a tales lucubraciones a través de la crítica semántica, hoy representada, en materia de interpretación literaria, por Ivor Armstrong Richards. Los nuevos semánticos piensan que la ciencia permite ya establecer los movimientos psicológicos indispensables para arrebatar el lenguaje a la ciega tiranía biológica. El plan es ajustado y estricto. Se dejan de lado, desde luego, los antiguos sueños de crear un lenguaje apriorístico, de pura esencia filosófica, y se mezcla la filosofía con la realidad práctica, con el sentido común en lo posible. El inglés, en la actualidad, es la lengua más difundida. Abreviémoslo, simplifiquémoslo como se simplifica el estilo en el telégrafo para gastar menos palabras. Reduzcamos toda la lámpara al filamento incandescente. Tal es el Inglés Básico. No servirá para partir cabellos en dos, pero sí para lo suficiente. La escuela de Ogden, sin embargo, se ha lanzado ya, entre jactancia y demostración, a la traducción de algunos libros clásicos.

XII

Si, por una parte, hay una tendencia al ensanche y a la lengua internacional, tendencia sostenida por estímulos intelectuales y que opera en el cauce de la cultura, por otra parte hay otra tendencia de tipo defensivo, que produce cierta contracción del campo lingüístico y que descubre curiosas supervivencias antropológicas. Ya se funda en el tabú o prohibición social; ya asume carácter aristocrático; ya, al contrario, plebeyo; ya, finalmente, se deshace en una manera de juego sin consecuencias.

Tabú: Algunos isleños del Pacífico cambian o suprimen, como una señal de respeto, las palabras en que aparecen sílabas del nombre del jefe. Entre las mujeres cafres es acatamiento el evitar palabras que tengan sonido semejante al nombre de algún pariente cercano. Con este caso puede relacionarse la cortesía que obliga a emplear más palabras de las indispensables. Una india de Taximai, Hidalgo (México), explicaba que, en su lengua, no se podían dar los buenos días a mujer casada sin presentarle, dentro de la misma fórmula verbal, saludos para el marido.* El que felicita o da el pésame, sobre todo por escrito, se cuida siempre de amontonar unas cuantas palabras ponderativas, para que la expresión de su sentimiento no parezca demasiado escueta. Cuando esta expresión es verbal, las frases pueden ser más secas, porque tal sequedad se remedia, y aun revela una emoción más profunda, mediante el auxilio de la mímica.

Hay personas y hasta pueblos singularmente sensibles a las combinaciones fortuitas que resultan del encuentro entre el final de una palabra y el comienzo de la siguiente, sobre todo cuando tal combinación arroja un sentido escabroso. Así, el brasileño huye cuidadosamente de la fórmula “por ração” y la sustituye siempre por ésta: “pela ração”. Estas combinaciones son uno de los resortes del calambour. Ejemplo soberbio en francés:

Gall, amant de la reine, alla, tour magnanime,

galamment de l’arène à la Tour Magne, à Nîmes.

Aristocracia: El lenguaje para pocos asume forma sagrada entre los sacerdotes egipcios. El habla hierática se contraponía al habla demótica. El privilegio ayuda a mantener la autoridad de la casta dirigente, e impide también el acceso de los ignorantes a las graves tareas de que depende la salud del pueblo: cálculo y previsión de las inundaciones del Nilo, y otros misterios que salvaguardan la agricultura o aseguran la inmortalidad. El lenguaje técnico de las ciencias representa también un coto cerrado y defensivo, si no ya de sentido social, sí contra la pérdida o disolución del conocimiento conquistado. Los lenguajes refinados suelen amparar, como barreras, ciertos tesoros de sensibilidad adquirida; y ésta es una de las funciones de todo esoterismo literario: cultismo español, preciosismo francés, eufuísmo inglés, etcétera. Cierta comedia contemporánea nos da la caricatura de la aristocracia lingüística en aquella institutriz que, encargada de educar a una campesina, le explica que la “j” es un sonido plebeyo y la “s” un sonido noble. En el Pigmalión, de Bernard Shaw, la tosca estatua popular se transforma paulatinamente en muñeca de gran mundo merced a la educación fonética. 

El propósito defensivo contra las usurpaciones crecientes del varón determinó, según explica Krische en su Enigma del matriarcado, una lengua femenina secreta. A este tipo corresponden el caló criminal, la germanía, el argot, el habla de los apaches,7 las palabras masónicas, el santo y seña de los centinelas y de los conspiradores, todo lenguaje convencional entre los supernumerarios de la sociedad establecida, ora sean malhechores o místicos perseguidos, y las claves oficiales y criptogramas —a veces acompañados de escritura oculta— que tanto abundan en el espionaje de nuestros días. Poe ha consagrado a los criptogramas páginas que todos recuerdan. La novela detectivesca los usa como recurso predilecto. En Dorothy Sayers, los vendedores de drogas prohibidas se entienden mediante anuncios periodísticos de traza secreta, y la notación musical de los toques de campana en las iglesias británicas da la pista de algún enigma.8 

Todo oficio es una manera de confinamiento y fácilmente produce sus expresiones para iniciados, a la vez ahorro de esfuerzo y camaradería: los deportes, la lengua del chauffeur. La Gran Guerra I dio un lenguaje de las trincheras.9 El comulgar en los mismos hábitos o partidos políticos engendra distintivos y signos verbales. El Abbé Sicard y el Abbé de l’Epée habían inventado toda una jerga para su secta equívoca. El compadrito argentino usa el “vesre” —inversión completa de las sílabas del vocablo: “gotán” por “tango”, “ñecamu” por “muñeca”— a modo de guapeza. En mi infancia, los limpiabotas de Monterrey ponían al final la sílaba inicial —“patoza” por “zapato”— y mantenían así conversaciones enteras. 

El folklore recoge muchas manifestaciones infantiles que, aunque no pasan de juegos, también revelan el vago instinto defensivo contra la intromisión de los extraños o de las personas mayores. Hace años, en las escuelas primarias de México, se oía el lenguaje de la efe o el lenguaje de ge (“ofoyefe”, o bien “ogodoyéguede”, por “oye”). Verdad es que también las personas mayores se amañan para dejar fuera de su conversación a los niños, o los mandan a pedir a la cocinera un poco de “tenme aquí”. Verdad es que también procuran despistar a los advenedizos de su tertulia, con aquel sentimiento díscolo o receloso que responde a la frase hecha: “Hay moros en la costa”. La presentación social, residuo de la iniciación en los misterios y tregua entre desconocidos que son por definición adversarios, no siempre basta a “romper el hielo”. No hay cosa más aborrecible que el incurrir en una reunión donde los asientos están ya muy calentados, y donde no entendemos la mitad de lo que se habla, por falta de pacto para descifrar las alusiones. Sólo el que va pletórico de sí mismo rompe estas amarras como telarañas. Porque hay también el que conversa escuchándose, sin escuchar a su interlocutor. Cuando se encontraron por primera vez el dulce Darío Herrera y el terrible Díaz Mirón, les pedí a ambos sus impresiones, y descubrí que no se habían encontrado sino con sus respectivos espejos: “Es una paloma”, me dijo Herrera de Díaz Mirón; y “Es un león”, me dijo Díaz Mirón de Herrera.*

Los lenguajes universitarios son otro caso parecido.10 El filólogo Sayce se indignaba ante la persistencia secular del habla secreta entre los estudiantes de Winchester, que él calificaba como un atavismo de barbarie. En Jules Romains, Les hommes de bonne volonté, encontramos algunas expresiones convencionales de la École Normale. En las viejas universidades hispánicas, cuyas brutales novatadas describe Quevedo, la voz de mando “¡Aroga!” por “¡Agora!” (“Ahora”), equivalente de “a la voz de aura” con que el pueblo argentino cambia las figuras de sus danzas, daba el aviso para comenzar la travesura:

El alguacil de escuelas, que tenía

costumbre de quitalle la espada,

llegó a reconocerle, la una dada;

y abrazóse con él diciendo: “¡Aroga! “,

y tiraron los otros de la soga.

(Entremés de El estudiante,
atribuido a Tirso de Molina.)

Y en el entremés de Quiñones La capeadora, Gusarapa, fingiendo acomodar el sombrero de Arrumaco, se lo prende con un anzuelo, de cuya cuerda tira Pandilla desde una ventana, en cuanto Gusarapa lanza la voz de “Aroga!”

El calambur no llega a constituir un lenguaje, pero sí se entreteje a veces en tiradas y párrafos que acusan el deleite de poner otra vez en fragua los metales del habla, desarticulando sus formas burlescamente. Y aunque estos lujos no pasan de ingeniosidades sin propósito defensivo, en cierta manera se relacionan con los procedimientos que llevan a la jerga de oficio. Repetiré unos ejemplos que he publicado en cierto correo literario de difícil acceso.*

En el Chat Noir de París, Marcel Blondin solía recitar una Salade Mythologique de casi imposible transcripción, barajando los nombres de ambas antigüedades de modo que imitaran vagamente el sonido de otras palabras. Comenzaba diciendo: “Penélope Enée d’Oreste-er assis, que je vous Archonte Ulysse-toire”. Lo cual significaba “Prenez la peine de rester assis, que je vous raconte une histoire”. Casi por los mismos días, en el entonces Teatro Nacional de Buenos Aires (ridículamente trocado en “National” cuando sobrevino la prohibición contra el abuso del adjetivo), se representaba El conventillo de la Paloma, de Alberto Vacarezza, especie de Revoltosa en versión criolla. El personaje Conejo larga allí estas tiradas de equívocos, adaptando los nombres propios a un efecto de dialecto porteño: 

Aquí me tenés completamente a tus Ordóñez. Un Amiguelli, che: don Miguel, el encargado, y el famoso Paseo de Julio, punto muy Altamirano. — Despacelli, hombre, y no lo toriés. Está así… medio Chivanosky desde que se le fue la Mujica. El Bancalari es bastante Roncoroni, y dondequiera que la Chiápori se la va a dar de Ferreyra para que corra Sanguinetti.

Esta revoltura llega al colmo cuando el italiano Miguel, contagiado, echa también su cuarto a espadas, y el pataleo es peor porque mezcla el porteño con el cocoliche: 

Eso sí. ¿Ma qué se Vasena? No hay más Romero que tener Passini. Y cada uno se tira so Lanceroni. A éle le pode gostare la gallega, como le pode gostare la turca; pero lo que yo Bidoglio es que Bosio te creese que Villa Crespo el Paternóster. Ma yo por osté soy capaz de peleare con uno, cinco, Sere-seto, Ochoa y hasta Onzari que me tráigane. Lo que pasa es que yo Stábile un tipo muy Nóbile, y osté no se da cuenta del Carricaberry que te tengo.

¡No se había dado igual revoltijo desde los días de la Lozana Andaluza! Aquel viejo libro que retrata denodadamente la lengua de maleantes y cortesanas españoles en la Roma del siglo xvi.

Ejemplo de calembour por semejanzas fonéticas, en André de la Vigne, uno de los “frères de la Basoche”, siglo xvi:

Cry cru, dueil d’oeil, pour pur pris, pris escriptz…

Parverse, adverse, qui, trop diverse, verses

lyesse et ce que tu renverses, vexes…

Descrire et dire puis: Puis que soeur sort sort

sort ort sorty sorty m’a mal á tort…11

XIII

Si retrocedemos ahora hasta el instante teórico en que se crea la representación gráfica del habla, encontramos el ideograma, el jeroglifo y el carácter fonético.

El ideograma es figurativo (dibujo directo del objeto: un árbol dibujado representa un árbol); o se funda en una convención causal (lágrima por dolor, nube por lluvia; a veces, con cierta complicación: puerta y oreja por escuchar); o se funda en una relación simbólica (perro por fidelidad). Se perpetúa en ciertas convenciones gráficas, como las señales de vías férreas y carreteras, señales que algunos se proponen desarrollar aún, de suerte que no sólo indiquen curvas, depresiones, cruceros, sino también la vecindad de estaciones de gasolina, ventas de repuestos, posadas, fábricas, etcétera. Se perpetúa en ciertos signos de uso corriente, como la calavera y las canillas en la etiqueta del frasco de veneno.

El carácter fonético, o fonograma, más o menos derivado del ideograma, lleva a las letras. Es silábico entre los asirios; y al fin llega a ser alfabético en el sentido moderno, con la pretensión de proponer un signo único para cada fonema único, pretensión que dista mucho de haberse realizado. Shaw se queja de la inadecuación de los caracteres latinos para la lengua inglesa: “Mi apellido —dice— debiera escribirse con un solo signo”. Pero los caracteres latinos son inadecuados aun para las lenguas latinas. Para apreciar las deficiencias, consúltese el alfabeto establecido por el Centro de Estudios Históricos de Madrid (Revista de Filología Española, Madrid, 1915, ii, págs. 374-376). Un antecedente curioso: Mateo Alemán, en su Ortografía castellana (México, 1609), propuso algunos caracteres nuevos para mejor ajustarse a la verdadera pronunciación. Jespersen indica que podía sustituirse el alfabeto con esquemas estilizados de la actividad de los órganos prolatorios.

En cuanto al jeroglifo, puede considerarse como una mezcla de la escritura ideográfica y la fonética. Se perpetúa, hoy por hoy, como juego de sociedad. Así cuando se dibuja un sol, unos dados, un ala, una bandera, y se lee o descifra: “Soldados ¡a la bandera!” 

La escritura musical, cuyos antecedentes e historia nos llevarían muy lejos, y en que se han intentado también curiosas reformas como la de Rousseau, es el caso heroico en la indicación gráfica del sonido. Y aunque la música no se refiere a articulaciones verbales, ni aspira a la significación en el sentido lingüístico, los virtuosos de algunos instrumentos se complacen en arrancarles verdaderos fonemas que imitan los de la boca humana. El rumor de ciertos motores produce también, casualmente, imitaciones semejantes. Todos lo han advertido en las “usinas” eléctricas. Los tranvías, en Montevideo, parado el vehículo y el motor en marcha, dan una sucesión “escandida” de “eles” sonoras. Se pretende que el zapateado, en ciertas regiones ístmicas de México, llega a la articulación de esta frase entera: “Arranca zapata, tía chica Mendoza”.

Hay un lenguaje convencional de segundo grado, porque aunque vuelve sobre las representaciones primitivas, es posterior al lenguaje ya formado y aun al carácter escrito. El silbo de los enamorados (“como que te chiflo y sales”, dice la canción), el silbo de los malhechores y de los conjurados, el silbato de la policía, son un lenguaje no verbal que se limita a comunicar avisos mínimos. Pero ya el telégrafo náutico de banderas o luces, como en general el telégrafo de percusión, eléctrico o no eléctrico, representa frases y letras. El clarín militar no se refiere a signos verbales, aun cuando sus órdenes correspondan a ciertas frases estereotipadas. El tambor, para nosotros instrumento musical y de danza —danza es también la marcha de los ejércitos—, telégrafo salvaje como lo saben los públicos del cine, lenguaje inaccesible para las mujeres y los esclavos entre los bantúes y los dualas, se me asegura que ha sido objeto de erudición especial para Orleans, el heredero de Francia. Y antes de que Europa acabara con los deportes clásicos, los cazadores entendían los toques del cuerno. La enumeración de los símbolos sería inacabable: las fogatas de los helenos, las humaredas del piel roja, los colores, las flores, el abanico, el doblez de la tarjeta, etcétera.

XIV

Esto nos lleva a los mecanismos auxiliares del lenguaje, que han alcanzado un inquietante relieve. Los unos son reproductores; los otros, modificadores; y unos y otros se aplican al lenguaje escrito o al hablado.

1° Los mecanismos reproductores de la escritura son: la imprenta, la fotografía y la fototipia, la máquina de escribir, el cine, la televisión. La imprenta no pudo acabar con la letra manuscrita, porque no es fácil poseer imprenta en casa; pero tal vez la máquina de escribir deje pronto inútil la enseñanza de la escritura manual. El aprendizaje que va desde los palotes hasta la caligrafía pasará, para ciertas clases sociales, al menos, al almacén de las artes ya superadas.12 Fototipia y fotografía anulan errores del copista, reduciendo así el problema de la crítica de los textos. La “linterna mágica”, en forma de microfilm, comienza ya a usarse en la copia y comunicación de textos raros o inaccesibles, copia que luego se proyecta para la lectura. Y es posible que la televisión llegue también a prestar grandes servicios.

2° Los mecanismos reproductores de la palabra hablada son el gramófono y el dictáfono. Cuando el dictáfono se perfeccione, será de una utilidad inapreciable para aquellos que, como Horacio, saltan de la cama en mitad de la noche, acosados del estro y afanosos de aprovechar las inspiraciones fugitivas. Los poetas en quienes dominan los estímulos motores tardarán algo en habituarse, porque necesitan sentir la pluma en la mano; pero aquéllos en quienes dominan los estímulos prolatorios se sentirán redimidos de la esclavitud de escribir.

3° Los mecanismos modificadores de la escritura determinan un ahorro de tiempo. No sólo hay la taquigrafía o estenografía manual, sino también la mecánica, todavía poco difundida. El sistema Grandjean, por ejemplo, aplica un doble principio: una máquina de escribir mucho más veloz que las ordinarias y un método de abreviaturas convencionales en que se suprimen las letras repetidas de cada palabra, conservando solamente aquellas que establecen la identidad y evitan la confusión con otra palabra Semejante. En casos de confusión posible, el contexto de la frase o del discurso casi siempre basta para identificar la palabra. En cuanto a la máquina misma, es lo bastante silenciosa para acompañar a un orador sin perturbarlo; y su mayor rapidez se debe a que cada tipo cae en otro lugar y otro renglón distinto, permitiendo así que se estampen de un solo golpe todas las letras diferentes de cada palabra. El resultado, en un estrecho rollo de papel que recuerda los antiguos volúmenes, es una escritura mutilada y desnivelada cuya lectura supone alguna práctica. Pero mientras un escrito taquigráfico resulta difícil de descifrar cuando el taquígrafo ha dejado pasar varios días y ha perdido la ayuda de la memoria, el texto Grandjean —más claro por la fijeza misma del tipo— siempre se lee con el mismo mínimo de esfuerzo.

El correo “neumático” y el telégrafo, aunque apresuran la transmisión material del mensaje, el primero en especie de escritura directa y el segundo en traslación a otro sistema de signos, aparecen más desligados de la función lingüística, porque su ahorro de tiempo no se refiere al tiempo gráfico, sino al tiempo del viaje. 

4° Los mecanismos modificadores de la palabra hablada determinan un ensanche de espacio, por cuanto aumentan, sin gasto adicional de la voz, el campo acústico: la occisa o bocina de otro tiempo ha cedido el puesto al teléfono, a la radiotelefonía, a la radiodifusión, al megáfono. El uso del megáfono por los cantantes no pasa de ser una triste confesión de impotencia. 

Paul Valéry anuncia para un porvenir no lejano la radioplastia a domicilio, servicio que podrá mandar, desde el museo a la casa del abonado, mediante un sistema de ondas, la reproducción material de un cuadro o de una estatua. El joven escritor argentino Adolfo Bioy Casares presiente, en La invención de Morel, la captación íntegra del bulto humano con todos sus atributos de presencia, forma, consistencia, color, movimiento y voz: un doble perfecto de cada uno de nosotros. Merced a una disposición comparable al disco fonográfico y al proyector de cine, el hombre ausente o ya desaparecido podría entonces reproducirse indefinidamente en sus escenas grabadas. Se llegaría a la repetición íntegra de la historia. Hay antecedentes en Léon Daudet, Las bacantes, libro mediocre, orgía de contemporáneos en plena destrucción de Pompeya.

México, 1939-1941.*

Notas

* [Al yunque, México, Tezontle, 1960, p.97.]

** [Cf. El deslinde, México, 1944, cap. VII, § 3 bis, p. 182; Obras Completas, XV.]

1 Ver Leite de Vasconcellos, A linguagem dos gestos, Lisboa, 1917; y Ludwig Flachskampf, El lenguaje de los gestos españoles, en Ensayos y Estudios, Instituto Iberoamericano de Berlín, julio de 1939, págs. 248-279. Trata de los gestos que acompañan a las proposiciones y posiciones mentales tácitas o expresas, como “Yo tengo por seguro que..”., “De vez en cuando..”., etc.; de los gestos afectivos: extrañeza, admiración, aplauso, burla, ofensa, ironía, defensa, negación, gestos mágicos y obscenos, etc.; y acaba con conclusiones etnográficas. Ver también mi artículo Ademanes El Nacional, México, 12 de noviembre 1931. Añádase el gesto por incapacidad de explicación verbal, como el que hace el no especialista (prácticamente, todos) cuando le preguntan qué es una espiral. No confundir el alfabeto del sordomudo, que es traducción de una lengua determinada, con la mímica de ideografía universal a que se refiere Jean Rambosson, Etude philosophíque et pratique du langage mimique comme langage universel, Paris, Hachette, 1853.

* [Cf. en este volumen “Apolo o de la literatura”, §19, p.90, y Completas, XIII, pp. 217 y 372.]

2 A.R., La literatura ancilar, en Filosofía y Letras. México, enero-marzo de 1941, págs. 108-110.

3 Sobre la recitación estentórea de Goethe y la monótona de Oscar Wilde, A.R., La lectura estética, en El cazador, Madrid 1917. El Dr. Johnson aconsejaba recitar o leer con firmeza, pero sin estridencia.

l Nota del editor: El texto original de Reyes dice aquí la palabra vara en vez de rana. Es claramente error de la edición, pues el texto de las Historias de Herodoto de donde es extraída la referencia, nos muestra lo siguiente:

οἱ Σκυθέων βασιλέες μαθόντες τοῦτο ἔπεμπον κήρυκα δῶρα Δαρείῳ φέροντα ὄρνιθά τε καὶ μῦν καὶ βάτραχον καὶ ὀϊστοὺς πέντε.(4.131.1-2).

La palabra correspondiente a vara, sería βάτραχον, acusativo de la palabra βάτραχος, ου, la cual significa rana.

* [Este párrafo y el anterior, citados en Al yunque, México, Tezontle, 1960, p. 98.]

4 A. R., “El paraíso vasco”, en Las vísperas de España, Buenos Aires, 1937. [Obras Completas, II, pp. 180-183].

5 Hay una versión en el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita, estrofa 47 y siguientes, disputa entre el sabio griego y el ribaldo romano. Se conocen versiones en Navarra y en la República Argentina. Ver María Rosa Lida, El cuento popular hispanoamericano y la literatura, Buenos Aires, Instituto de Cultura Latino-Americano, 1941, p. 39. [Véase Al yunque, México, Tezontle, 1960, pp. 99-100.]

6 Bibl. Ec. Ch.. 1093, f. 67 v., 1855, p. 454, y 8653, f. 13. Cf. B. N. Ms. Lat. 1093, f. 82 v.

* [Obras Completas, III, p. 144 y XV, cap. u, § 14].

* [Cf. “Cortesía gramatical”, N°155 del 2° ciento de Las burlas veras, México, Tezontle, 1959, pp. 116-117.]

7 Rafael Salillas, El delincuente español: El lenguaje, Madrid, 1896; Luis Besses, Diccionario del argot español, Madrid, Manuales Soler. Pierre Devaux, La langue verte, París, Hazan et Cie., traduce a la “lengua verde” la última página de la Carmen, de Merimée.

8 Herbert O. Yardley, Ciphergrams, Londres, Hutchinson and Co., trae una serie de ejercicios metódicos para adiestramiento de aficionados.

9 Aubin Rieu-Vernet, Le langage dans les trancheés, pról.. de E. Gómez Carrillo, Madrid, La Razón, ca. 1916, y los viejos libros de G. de la Laudelle, Le langage des marins, 1859; Léon Merlin, La langue verte de croupier, 1886; Paul Horn, Die deutsche Soldatensprache, 1899.

* [Al yunque, México, Tezontle, 1960, p.93.]

10 Burschenfahrten. Beiträge zur Geschichte des deutschen Studentenwesens,1845; J. Meier, Baslen Studentensprache, 1910; G. Moch, Lexique vocabulaire de l’argot de l’École Polytechnique, 1911.

* [Cf. Miscelánea: “En Corrientes y en Clichy”, Monterrey, Correo Literario de Alfonso Reyes, Río de Janeiro, junio de 1930, N° 1, p. 6.]

11 Comunicación de Adolfo Salazar. L. Petit de Julleville, Les comédiens en France au Moyen Áge, París, 1885; Jehan Treperel, Anciennes poesies françaises, t. XIII, p. 383; y Ad. Fabre, Les clercs da Palais, La farce du Cry de la Bazoche, Les Légistes Poétes. ,Les complaintes et épitaphe du Roy de la Bazoche, Viena, 1882..

12 A. R., “Máquinas”, en Tren de ondas, Río de Janeiro, 1932 [Obras Completas, VIII, pp. 397-399].

* Filosofía y Letras, México, julio-septiembre de 1941, tomo II, N° 3, pp. 49.76. Ver mi artículo “Las pasigrafías” en Los trabajos y los días [Obras Completas, IX, pp. 395.399] y el discurso académico de 17 de mayo de 1957 en Cuadernos Americanos, México, julio-agosto de 1957 [año XVI, N° 4, pp. 39-49; incluido después en Al yunque, México, Tezontle, 1960, pp. 93-102. Nota manuscrita de A. R.]