La COVID-19 y las humanidades. Pensar la enfermedad desde las experiencias y los cuerpos: De la enfermedad, de Virginia Woolf

La COVID-19 y las humanidades. Pensar la enfermedad desde las experiencias y los cuerpos: De la enfermedad, de Virginia Woolf

Gerardo Hernández Carrera

La pandemia por la COVID-19 que se está viviendo nos brinda nuevas preguntas y complicaciones que se necesitan atender (y replantear) en las distintas esferas sociales que conforman la realidad. La producción científica no está fuera de esto, sin embargo, se han privatizado estos análisis para algunas ramas disciplinares específicas, por lo que las demás, que no entran dentro de esos parámetros, quedan fuera tal es el caso de las ciencias humanas.

       Debido al momento histórico lleno de incertidumbres es menester que desde las humanidades comencemos a aportar en estos campos. Algunos trabajos literarios se han acercado para hablar sobre la enfermedad, donde sin duda plantean escenarios y narrativas importantes que podemos considerar para hacer un análisis actual de cómo es que se ha configurado la enfermedad en nuestras esferas y dinámicas sociales.

           Un ejemplo de ello es la obra de Virginia Woolf, donde da un salto importante en la literatura y aborda reflexiones que, como en su obra cuestiona, en los distintos trabajos literarios no han sido pronunciados o no le han dado la relevancia que concierne al hecho de estar enfermo/a.

            Dentro del presente trabajo se pretende arribar a la obra de Virginia Woolf, De la enfermedad, a partir de distintos componentes escogidos para ampliar la discusión e importancia de sus aportaciones, y así construir un componente epistemológico para aproximarnos desde las humanidades y los análisis que reclaman estos tiempos de pandemia por la COVID-19.

            La estructura del escrito se justifica de acuerdo con aquellas nociones rescatadas del texto. Se analizan las categorías de cuerpo y las experiencias de la enfermedad. A partir de su análisis, se finaliza con una aproximación a un puente epistemológico rescatando las ideas de la autora.

                                                         Los cuerpos frente a la pandemia

Virginia Woolf en su obra De la enfermedad, plantea cuestiones de gran importancia que nos permiten ampliar la discusión respecto a cómo comprender la enfermedad desde distintos planteamientos epistemológicos.

Virginia Woolf en su obra De la enfermedad, plantea cuestiones de gran importancia que nos permiten ampliar la discusión respecto a cómo comprender la enfermedad desde distintos planteamientos epistemológicos. Al principio de la lectura, Virginia Woolf habla sobre lo común que es la enfermedad para las sociedades. La nombra un espacio común en donde se descubren terrenos desconocidos y se involucran cambios de la persona enferma. Cabe resaltar que estos cambios repercuten en todas las aristas y espacios del sujeto que vive un padecimiento específico y que, el estar “enfermo”, se ha concebido socialmente como un cambio negativo dentro de sus funciones en la sociedad.

             A pesar de ello, lo que cuestiona la autora es que la dimensión para comprender a la enfermedad es un campo del que no se habla, que no sabemos cómo definir y que está aislado en una caja gélida y paralizada de emociones. Comenta al respecto que “resulta en verdad extraño que la enfermedad no haya ocupado su lugar con el amor, la batalla y los celos entre los principales temas literarios”.[1] Frente a esto, provocan discusiones respecto a cuál es el papel de la literatura ante la enfermedad.

          Recuperando la idea de la autora, podemos abordar estas nociones que se involucran en la enfermedad como una jerarquía respecto a qué se prioriza en las distintas narrativas literarias. A propósito, comenta que “la literatura procura sostener por todos los medios que se ocupa de la mente; que el cuerpo es una lámina de vidrio plano por el que el alma ve directa y claramente y, salvo por una o dos pasiones, como deseo y codicia, es nulo, insignificante y ausente”.[2]

            Esta última cita da cuenta de dos aspectos que conforman al ser humano que han sido de gran relevancia para las discusiones filosóficas y científicas: la relación entre mente y cuerpo. Se puede recuperar del planteamiento de la autora una crítica a la objetivación de los cuerpos como medios de consumo y de conquista, pero que, al mismo tiempo, son negados de la existencia y de su importancia dentro de las dinámicas sociales. Asociándolos desde la idea platónica de una “cárcel” y que la mente (la razón) es prisionera de ésta.

              Puede vislumbrarse la dicotomía de la relación mente-cuerpo, donde los últimos son inexistentes para la relevancia y trascendencia del ser. Esto último puede ser analizado desde la sociología de las ausencias, por ejemplo, donde Boaventura de Sousa Santos nombra que existe una violencia ejercida a partir de la inexistencia, justificada a partir de las lógicas de la modernidad y el predominio del sistema capitalista. Esto a su vez genera una sola forma de concebir y vivir la realidad que se habita (y nos habita), mientras que lo demás que no forma parte de esos esquemas se encuentra en un abismo que niega su existencia.[3] Con relación a los cuerpos, esta violencia es ejercida tras su negación en el acontecer de los sujetos, donde se le da un papel secundario.

           Por otro lado, la mente es concebida como la panacea por la que la humanidad ha logrado la civilización y el progreso, negando así el papel de los sujetos en su totalidad y su relevancia histórica para ser lo que actualmente somos. Cabe resaltar que no se trata de anteponer una sobre la otra, sino que ambas conviven y dinamizan para evolucionar conjuntamente.

            Pero, entonces, la autora plantea que esta dominación y predominio de la mente sobre el cuerpo carece de posibilidad, ya que “[…] el cuerpo interviene todo el día, toda la noche”,[4] como si fuera algo tajante, algo que se puede dividir, negando la complejidad de los seres humanos y de nuestra constitución como seres bio-culturales. La perspectiva que se defiende en este trabajo es que mente y cuerpo trabajan conjuntamente. No se suma uno al otro, sino que ambos se interrelacionan para concebirse como tales en el diario acontecer individual y colectivo.

          La pandemia que estamos viviendo pone en discusión el papel de los cuerpos dentro de los distintos espacios sociales donde convivimos diariamente. Sin duda, la relación que hemos mantenido con los cuerpos está en tela de juicio y se encuentra en un terreno de discusiones y reflexiones; tales como la forma en la que saludamos, por nombrar un ejemplo, que puede parecer tan insignificante pero que en realidad es un aspecto cultural que involucra las corporalidades. Así que la configuración de nuestros cuerpos tras la pandemia es un tema importante por analizar.

           De acuerdo con las recomendaciones mundiales para la prevención de la propagación de la COVID-19, es completamente necesario mantener una distancia de no menos de 1.5 metros con las demás personas en los espacios públicos, además del aislamiento social en el caso de presentar síntomas o, en su defecto, se contenga el virus.[5]

         No cabe duda de que esta enfermedad que aqueja al mundo entero ha otorgado un valor muy importante sobre los cuerpos, sin embargo, cabría hacer un análisis respecto a cómo éstos tendrán que cambiar sus dinámicas, hábitos y movimientos que normalmente usábamos y compartíamos con los demás. La conciencia de nuestros movimientos es una pieza necesaria para transformar todos esos hábitos que pueden ponernos en riesgo, que pueden poner en riesgo nuestros cuerpos y a los demás.

La(s) experiencia(s) de estar enfermo. La vida frente a la COVID-19 

 Virginia Woolf plantea que la enfermedad, como espacio de reflexión, “[…] asume a veces el disfraz del amor, y realiza los mismos trucos extraños. Confiere divinidad a algunos rostros”.[6] Rescato de esta idea que el espacio de la enfermedad nos proporciona oportunidad de reflexionar y de pensar cómo es que esta condición trastoca los círculos y las dinámicas sociales de ciertos espacios configurados como sistemas (ya sean familias, colonias, comunidades o países). Es decir, cuando alguien enferma, un ser querido, amigo o alguien cercano, surgen espacios de reflexión en torno al hecho que está pasando, en donde se puede pensar y ver de manera distinta este hecho. La manera en la que veías a tus conocidos la manera en la que nos vemos nosotros mismos y la manera en que vemos la vida en general, cambia.

        Por lo tanto, podríamos distinguir que, en la enfermedad, como espacio de reflexión, se encuentra un nivel de carácter filosófico. Respecto a ello, se puede decir que “[…] la enfermedad es un lugar lleno de experiencias e, inevitablemente, la persona busca encontrar sentido a su situación: es decir, la persona enferma busca que su situación le diga algo que tenga un valor para ella”.[7]

        Sin embargo, tras el momento que vivimos actualmente donde la enfermedad está presente y amenaza en todo espacio, hablar de la enfermedad y pensarla desde la experiencia es una actividad que a diario nos atañe. Esta pandemia hace de la enfermedad un estilo de vida en el que estamos sumergidos, por lo que nuestras experiencias con la enfermedad trascienden de lo propio y pasan a lo social. Pensar en tus amigos, familiares o compañeros de clase/trabajo y saber que están viviendo lo mismo que tú se vuelve un refugio. No obstante, para ello debemos pensar a la enfermedad más allá de uno mismo y de las cuestiones biológicas que la caracterizan.

        Desde la antropología de la salud, podríamos aproximarnos a algunas aportaciones de Rosa Boixareu, donde establece que la relación de estar enfermos repercute en tres dimensiones que interactúan entre sí. Menciona que la enfermedad se define, al menos, en función de tres perspectivas de significado: biológico, personal y social. Donde “[…] cada una de estas perspectivas define qué es la enfermedad sin que necesariamente haya coincidencia o contradicción entre ellas”.[8]

     Cabría, entonces, considerar que la enfermedad no sólo repercute desde la noción de disease (lo psicoorgánico), sino también desde illness (lo subjetivo) y sickness (lo social). No sabemos qué pasa la persona, cómo es su dinámica familiar y personal; además de sus situaciones económicas y laborales. El reconocimiento fenoménico de la enfermedad es un campo que falta por explorar y conocer, identificando claramente todas esas aristas que nos conforman como sujetos constituidos histórica, geográfica, política, económica, cultural y biológicamente. Incluso, reconocer otros factores que se involucran en nuestras nociones para comprender y actuar en la realidad, como las condiciones de raza y género.

        La pandemia por la COVID-19 ha dejado un panorama más notorio sobre estas aristas mencionadas. Hay muchas reflexiones que atender sobre la vivencia del aislamiento social, por ejemplo, ya que pueden notarse una serie de desigualdades que tal vez anteriormente no eran visibles. No todas las personas tienen las mismas condiciones para sobrellevar el ‘quédate casa’, considerando situaciones que van desde lo laboral hasta lo emocional. Vivir una ‘nueva normalidad’ no se vive por igual cuando vives en un espacio donde te sientes cómodo por contar con los alimentos necesarios, un lugar dónde trabajar/estudiar o simplemente vivir en una zona que cuente con accesibilidad a los servicios básicos.

        Relacionado a esto, surge la reflexión en cuanto a la dificultad de nombrar aquellas emociones y sentires que vivimos en la enfermedad. Esto se ve reflejado en nuestra propia historia de vida personal y colectiva, ya que lo emocional siempre ha sido el polo opuesto del deber ser. Tenemos que ser racionales y tener todo en orden, pero ¿qué pasa cuando no es así? Hemos considerado erróneamente que las emociones y los sentires no tienen cabida en la vida moderna. Que las únicas emociones de las que se hablan son de aquellos famosos literatos que se han encargado de hablar del amor. Todo esto influye en nuestra formación como sujetos culturales y en la manera en la que vemos y actuamos dentro de nuestros espacios cercanos.

         A este respecto, Woolf menciona que “[…] cualquier colegiala cuando se enamora cuenta con Shakespeare o Keats para expresar sus sentimientos”.[9] El aislamiento no es cualquier cosa, la incertidumbre que se siente bajo el panorama interminable del mismo deja y dejará muchas secuelas. Las emociones frente a la pandemia están al filo, pero sentirse al límite nos ayuda a pensar en nuestra vida que hemos compartido con otras personas.

      Por ello, cabe resaltar que la enfermedad es una experiencia que alguna vez en la vida hemos experimentado. Esta experiencia es compartida, claramente, pero eso no significa que se viva y perciba de la misma forma que las demás personas.

          Como mencioné previamente, en la enfermedad hay momentos y espacios de reflexión de la realidad y de cómo estamos viviendo la vida. No estaría de más afirmar que la enfermedad es un lugar, un espacio determinado que posibilita filosofar. Un espacio común donde todos hemos estado en algún momento. Sin embargo, no podemos determinar que aquello que nosotros conocemos y vivimos en la enfermedad lo vivan exactamente igual otras personas.

          Normalmente suponemos saber cómo actuar frente a la enfermedad propia o de los demás, no obstante, en casos como el que vivimos actualmente con una enfermedad provocada por un virus del cual no se sabe cómo erradicarlo, esta tarea se vuelve aún más complicada.

          En determinadas ocasiones, cuando se está enfermo, es necesario y requisito estar solos, pero en este caso no es una opción si contraes esta enfermedad. El sentir y vivir esa soledad no es fácil, por ello la escucha o lectura de experiencias y sentires de aquellas personas que lo requieran es de profunda importancia bajo este panorama inconcluso. Woolf comenta: “[…] no conocemos nuestra propia alma, y muchos menos las almas de los demás”.[10] Por tal motivo la empatía debe cobrar otros horizontes que vayan más allá de las prácticas de imposición del habla y el escucha.

         Para concluir este apartado, si se considera la cuestión de la temporalidad de la experiencia, desde el punto de vista de Hugo Zemelman,[11] lo que se vive, el presente, está interrelacionado por un complejo entramado donde interactúan distintas temporalidades. Es decir, en el presente, lo que se vive, interactúa con el pasado, lo que fuimos, y, por lo tanto, lo que somos a raíz de lo que fuimos. Pero, además, estas dos temporalidades dinamizan con la noción de futuro. Si relacionamos esto con la discusión inicial, la enfermedad brinda oportunidad para pensar quiénes somos, quiénes fuimos y qué queremos ser.

Hacia un puente epistemológico. Pensar la pandemia desde las humanidades

La pandemia por la COVID-19 llegó a la realidad para moverla completamente, esto nos ha obligado a resignificarla para darle un sentido más flexible, donde se consideren los distintos elementos que la constituyen para vivirla y observarla desde las interacciones de la totalidad que nos conforman como sociedad.  La incapacidad de simplificar la realidad que conformamos y nos conforma como sujetos complejos, es una tarea importante para ello.

        En la obra analizada se pudieron rescatar algunos elementos importantes para construir, a partir de los planteamientos de Virginia Woolf, discusiones en torno a cómo la experiencia de la enfermedad forma parte integral de un entramado de una totalidad organizada que la hacen ser a partir de distintos aspectos que interrelacionan entre sí. Tales como las cuestiones culturales, filosóficas e históricas, las cuales a partir de su interacción y dinamización producen sentido en las distintas sociedades.

       Por tal motivo es pertinente la propuesta y accionar de un puente epistemológico donde podamos construir conocimiento desde las humanidades y demás disciplinas científicas, esto a partir del reconocimiento de todas aquellas aportaciones a las distintas problemáticas que presenta la sociedad tras la crisis por la COVID-19. Desde aquellos factores que forman parte de la medicina que definen la enfermedad desde meramente los factores psicoorgánicos, hasta aquellas creaciones literarias que aportan desde distintas experiencias históricas cómo es vivir la enfermedad y cómo ésta repercute y forma parte de la historia de la humanidad.

     Para ello se requiere transformar nuestros horizontes del pensamiento hacia un planteamiento epistemológico que considere las dinámicas humanas involucradas en la formación de sujetos. Por lo que cabría replantear todo aquello que hemos conocido como único y verdadero. Repensar la ciencia y nuestros propios comportamientos en nuestra vida cotidiana, tales como las interacciones con los cuerpos.

Conclusión

La enfermedad como espacio de reflexión y búsqueda de sentido, nos brinda oportunidades de conocer aquello que no habíamos considerado como relevante. El claro ejemplo es que no dedicamos un momento para contemplar, reposar, detenernos de la marcha que agita la vida cotidiana, y mirar a nuestro alrededor y todo aquello que lo conforma. Sin duda, eso es una capacidad que tenemos como sujetos activos, pero que justo no responde y se alinea a aquellas “necesidades” productivas. 

Culturalmente, cuando una persona está enferma, significa que dejó de producir; mientras que cuando goza de buena salud tiene capacidad de producir mucho más. Una persona “sana” es normal; mientras que una persona enferma es anormal. A propósito, Virginia Woolf lo nombra de una forma tan profunda: “[…] dejamos de ser soldados del ejército de los erguidos; nos convertimos en desertores. Ellos marchan a la batalla. Nosotros flotamos con las ramitas en la corriente; revueltos con las hojas muertas en el prado, irresponsables e indiferentes y quizá por primera vez en años capaces de mirar a nuestro alrededor, alzar la mirada y ver, por ejemplo, el cielo”.[12]

        Esto deriva, de igual forma, de las concepciones culturales de la salud y la enfermedad, donde éstas no escapan de las condiciones materiales de la sociedad para así conformar, interrelacionalmente, las condiciones subjetivas. La enfermedad como espacio de reflexión y búsqueda de sentido, nos brinda oportunidades de conocer aquello que no habíamos considerado como relevante. El claro ejemplo es que no dedicamos un momento para contemplar, reposar, detenernos de la marcha que agita la vida cotidiana, y mirar a nuestro alrededor y todo aquello que lo conforma. Sin duda, eso es una capacidad que tenemos como sujetos activos, pero que justo no responde y se alinea a aquellas “necesidades” productivas. 

        Definitivamente, el tiempo de pandemia por la COVID-19 dejará una gran marca dentro de la historia, pero sobre todo nos conformará y creará en nosotros un nuevo sentido de la vida.


[1] Virginia Woolf, De la enfermedad, p. 26.

[2] Ibid., pp. 26-27.

[3] Cf. Boaventura de Sousa Santos, Para descolonizar occidente. Más allá del pensamiento abismal.

[4] Virginia Woolf, op. cit., p. 27.

[5] OMS, Brote de enfermedad por coronavirus (COVID-19): orientaciones para el público, [en línea] <https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public#:~:text=R%3A%20Para%20prevenir%20la%20COVID,la%20cabeza%20o%20el%20cuerpo.>.

[6] Ibid., p. 29.

[7] Rosa Boixareu, De la antropología filosófica a la antropología de la salud, p. 198.

[8] Ibid., p. 213.

[9] Virginia Woolf, op. cit., p. 29.

[10] Ibid., p.35.

[11] Cf. Hugo Zemelman, Horizontes de la razón. Uso crítico de la teoría I. Dialéctica y apropiación del presente. Las funciones de la totalidad.

[12] Virginia Woolf, op. cit., p. 36.

 


Bibliografía

 

Boixareu, Rosa, De la antropología filosófica a la antropología de la salud, Barcelona, Herder, 2008.

De Sousa Santos, Boaventura, Para descolonizar occidente. Más allá del pensamiento abismal, Buenos Aires, CLACSO, 2014.

Woolf, Virginia, De la enfermedad, Barcelona, Centellas, 2014.

Zemelman, Hugo, Horizontes de la razón. Uso crítico de la teoría I. Dialéctica y apropiación del presente. Las funciones de la totalidad, México, Anthropos, 2012.


Fuentes electrónicas

 

OMS, “Medidas de protección básicas contra el nuevo coronavirus”, en Brote de enfermedad por coronavirus (COVID-19): orientaciones para el público, [en línea], <https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/advice-for-public#:~:text=R%3A%20Para%20prevenir%20la%20COVID,la%20cabeza%20o%20el%20cuerpo>. [Consulta: 20 de julio del 2020.]