La libertad del diablo 
o de cómo nombramos 
la guerra en México

Arantxa Roquet y Ernesto Méndez

Nadie atestigua a favor del testigo

Paul Celan

La desgracia absoluta […] es que el testigo desaparece

Jacques Derrida

¿Dónde comienza la guerra? ¿Quiénes combaten? ¿Hay campo de batalla? ¿Hay motivos para luchar? ¿Quiénes detentan el privilegio de hacer la guerra? Estas preguntas se trivializan cuando la guerra llega empaquetada a nuestras pantallas y la estridencia de los fusiles detona al compás de nuestras vidas cotidianas. Ráfagas, zumbidos de misiles, bramido de cañones. Sin embargo, la guerra y sus técnicas se han sofisticado. Cabe ser tan silenciosa que ya ni siquiera despierta el asombro del video-espectador, mucho menos su compasión o su indignación. Que los lamentos se deshilachen en el desierto dejado por la muerte. Que nada ni nadie les asista, les escuche, les responda. Y campeé la soledad del llanto y la muerte violenta se vuelva insulsa. ¿Cuál es el nombre de la guerra en México?, ¿la de nuestros vecindarios?, ¿la del terror de incontables desaparecidos?, ¿la de contubernios entre políticos?, ¿la de la indistinción fangosa entre los que velan por nuestra seguridad y los que arremeten contra ella?, ¿la de los que fabrican la alucinación mediática de que en México, mientras se coma tortillas, son otros los que se matan? 

En 2017 Everardo González filma La libertad del diablo, un documental elaborado con retazos de entrevistas que testimonian la feroz masacre mexicana, estrepitosamente desatada en el sexenio de Felipe Calderón y exacerbada en el de Enrique Peña Nieto. Hemos sido exhortados a reseñar este film proyectado en el Cineclub de la Facultad de Filosofía y Letras, no obstante, ¿por qué nuestro interés por reseñar este documental?, ¿porque muestra putrefacción, catequiza, previene un colapso social o simplemente lo representa?, ¿o aún más, para asegurar nuestra butaca de meros consumidores de imágenes de muerte? El material fílmico es de una inusitada austeridad. No sólo le retira relevancia a los escenarios sino que muy especialmente desdibuja el rostro de los entrevistados, entrevistados que son el rostro de la deflagración. A veces de modo confesional, a veces intimidado, otras resignado pero siempre en la efusividad testimonial, el que habla delante de la cámara lo hace bajo un pasamontañas, esconde su rostro protegiendo su identidad, volviéndose anónimo. La voz gime desde el anonimato. A primera vista un pasamontañas relega, como añagaza retórica, la crudeza del relato, pero quedarnos con eso sería demasiado ingenuo; por el contrario, el rostro cubierto, sepultado, atiza la crueldad, la atrocidad de la injuria y despliega la voz herida. Una madre nos habla desde la profundidad del dolor tras el rapto de sus hijos; otro relata la aventura y la adrenalina del negocio de matar; dos hermanas narran, ya sin esperanza, la irrupción en su domicilio y el secuestro de su madre ante sus ojos; otro, se entiende que un militar, relata la inexcusabilidad de obedecer órdenes y el honor varonil de dar la muerte; otro, temblando de miedo y vergüenza, denuncia el escarnio de la tortura y la violación perpetrada en su contra por la policía municipal; otro, un sicario, declara la futilidad de asesinar cuando la vida es intercambiable por no más que una bala. Como se ve, la frontera entre el verdugo y la víctima está minada, el anonimato del pasamontañas nos arroja a la paradoja de que cualquiera puede encarnar al torturador o al mancillado. Como espectadores, ¿nos escapamos de la complicidad en el crimen o de ser vulnerados por la violencia?, ¿puede ser el dolor de los otros, pasado por la criba de la imagen, nuestro dolor? Lo cierto es que el ilusionismo de la imagen, efecto a todas luces político, es que el espectador está tan lejos de lo que se representa que, o él es el productor de la violencia o no es nunca acribillado por ella. No obstante, la disrupción de la violencia siempre cuestiona el lugar indemne de este espectador que, de ser presumiblemente pasivo, es alcanzado sin cuartada alguna. 

Ver La libertad del diablo, ¿nos deja asistir a la pena de las víctimas, nos impele a responder de su dolor?, ¿o nos anima a adherirnos a la industria de la masacre del crimen organizado?, ¿nos convoca a dar testimonio a favor de los testigos? La libertad del diablo plantea ya desde su título una paradoja irresistible: la del peligro de ser libre que nos pone en la encrucijada del que porta el arma o del que es apuntado por ella. Desmiente el que la libertad en sí misma nos sitúa en un mejor porvenir y muestra la cara aviesa de que el poder del mal no es la apariencia invencible del arma sino la indefensión propiciada por unas instituciones que conspiran en contra de los desarmados. En México la libertad condensa la facilidad de todo ese poder hacer ilimitado, sin restricción, sin sanción. México, hoy más que nunca, es la tierra donde el diablo es el amo de la libertad.