Las bibliotecas especializadas frente a la pandemia de la COVID -19

Las bibliotecas especializadas frente a la pandemia de la COVID -19

Ariel Antonio Morán Reyes

En el estado de salud, la ausencia de una sensación de carencia

nos dificulta percibir su valor; sólo en la enfermedad,

sentimos la imperiosa necesidad de lograrla.[1]

Luis Villoro,

El poder y el valor

Preámbulo

El brote epidémico de la COVID-19 (producida por el virus SARS-CoV-2), tuvo una rápida escalada internacional durante los primeros meses del año 2020, al grado de convertirse en una pandemia global que impactó prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana en el mundo contemporáneo.

       A partir de esto, se han generado varios problemas en el orden social, algunos de ellos de índole informativa, por ejemplo, aquellos relacionados con la circulación de datos erróneos acerca de la patogénesis de este padecimiento. De forma recurrente, estos datos —que suelen aparecer en sitios web, redes sociales, y otros medios de comunicación— presentan varias inconsistencias que tergiversan las estadísticas de los organismos de salud pública y a las disposiciones oficiales implementadas para frenar la propagación del virus. En un momento en que las pautas de comportamiento social cambian y se ajustan continuamente (en función de los nuevos hallazgos sobre la enfermedad), se vuelve muy importante instruir a la población sobre el uso de recursos informativos para consultar y difundir datos oportunos. Presentar esta información a la sociedad, a partir del uso de métodos efectivos para su visibilidad, en forma actualizada, es una actividad de suma trascendencia.

Los bibliotecarios pueden ser indispensables ante la actual emergencia sanitaria, porque desempeñan un papel distintivo y dinámico, al proporcionar un acceso asequible a información especializada considerada como confiable, y, además, en el momento adecuado.

Los estudios de la información son “un área que afecta desde los alimentos que comemos, nuestro entretenimiento, el tratamiento médico que recibimos, hasta los libros que leemos, las tecnologías que utilizamos, las instituciones y las bibliotecas que constituyen la infraestructura de primera línea de nuestros sistemas educativos, y el tipo de empleo, estilos de vida e información básica a la que tenemos acceso”.[2] La relevancia que tiene el flujo de información veraz radica en permitir que las personas puedan tomar decisiones razonadas sobre los aspectos de su vida, además de comprender cómo ésta se verá aquejada por determinadas circunstancias. Los bibliotecarios pueden ser indispensables ante la actual emergencia sanitaria, porque desempeñan un papel distintivo y dinámico, al proporcionar un acceso asequible a información especializada considerada como confiable, y, además, en el momento adecuado. Este tipo de información puede propiciar procesos de empoderamiento en prácticamente todos los sectores de la población, en medio de una situación que les afectan de manera directa en su cotidianidad. La ciudadanía busca informarse para emanciparse, para no depender ni estar a merced de incertidumbres externas, a partir de la legítima necesidad que surge por alejarse de una condición de indefensión.

Las funciones de las bibliotecas especializadas del sector salud

Desde que se decretó el estado de emergencia en varios países, en forma progresiva y escalonada, se han producido un sinnúmero de publicaciones especializadas sobre este tema. Por supuesto, estos textos cubren un amplio espectro de las investigaciones que pueden ayudar a los distintos grupos de la sociedad, para comprender los aspectos críticos de los impactos clínicos y de salud pública de la COVID-19. Entre estos aspectos, están incluidos los mecanismos de propagación de la infección viral, datos sobre su replicación, su diagnóstico preciso, los avances en posibles tratamientos o las medidas más eficaces de prevención. Las tecnologías digitales han ayudado a cerrar algunas brechas entre el momento en que estalla una pandemia y el momento en que los datos de la investigación científica están disponibles para respaldar las tomas de decisiones a partir de la evidencia. La proliferación de plataformas de publicación en línea hace posible que los investigadores difundan resultados de investigación más rápidamente (cuantimás si se toma en cuenta que muchas editoriales académicas han puesto en acceso abierto aquellos artículos y capítulos que aborden el tema de la COVID-19 desde diferentes disciplinas).

          Sin embargo, debe reconocerse que esta cantidad de información es cada vez más abrumadora como para que la puedan consultar y comprender las partes interesadas (que pueden ser los mismos investigadores, los médicos en servicio, las autoridades de salud pública, los legisladores o la población en general). Las bibliotecas del sector salud pueden contribuir en la preservación de la salud de la población al desarrollar plataformas informativas sobre el tema de la COVID-19. Para ello, los bibliotecarios recurren a sus habilidades y conocimientos especiales para verificar, diseminar y dar cauce al mare magnum de la información documental.

         En este sentido, en las bibliotecas se pueden elaborar resúmenes sobre fuentes primarias relevantes, y ofrecer explicaciones y actualizaciones sobre dicha información científica. También se puede hacer énfasis en el contexto de uso de la información para recuperarla y dirigirla a diferentes grupos (ya sean expertos en virología o ciudadanos que intentan dotar de sentido a una situación que los rebasa en muchos sentidos), y alternar el rigor de los lenguajes documentales con métodos de catalogación social. Además de esto, los bibliotecarios realizan revisiones sistemáticas, como el meta-análisis, sobre la literatura especializada para recopilar datos secundarios y evaluar críticamente los resultados parciales de los estudios científicos, lo cual puede ser útil para sintetizar la evidencia existente sobre hallazgos de investigación relacionados con la COVID-19.

          Para que las políticas públicas y decretos oficiales puedan actualizarse de forma semanal, o incluso diaria, y que después sean adoptadas por la población en general, es importante que se identifiquen claramente las fuentes de información relevantes, las cuales sirven como respuesta a las distintas modalidades de publicaciones engañosas. En la última década, se han realizado amplios esfuerzos para combinar el procesamiento del lenguaje natural y el minado de datos en redes sociales,[3] con la finalidad de monitorear la información que puede ser de interés para ciertas comunidades. Además de esto, los bibliotecarios han trabajado en la adaptación de enfoques computacionales, y han coordinado sistemas de información científica actualizada con la idea de combatir la difusión de información falsa, a través de respuestas automáticas que re-dirijan a las personas hacia fuentes identificadas como fidedignas.

        Se hace necesario que, en momentos tan apremiantes, las bibliotecas especializadas se posicionen como mediadores de información científica (sobre todo aquellas bibliotecas del sector salud). León Olivé mencionó que, por ejemplo, en el caso de la producción de un fármaco para tratar una enfermedad que aqueje a la humanidad, así como otros aspectos relacionados, “[…] quienes tienen el conocimiento más profundo son los científicos y los tecnólogos, aunque después otros sectores de la sociedad puedan tener acceso a él […] Por eso, un deber de las comunidades científicas es comunicar a la sociedad con transparencia sus conocimientos”.[4] Las bibliotecas deben coadyuvar en la mediación de este tipo de información científica a partir de las demandas sociales, generando estrategias de procesamiento y recuperación de información para ofrecer respuestas. La información médica y sobre salud pública es un tipo de información esencial y decisiva, y no sólo para que los ciudadanos comprendan la condición de riesgo, sino para que puedan tomar decisiones razonadas sobre los demás aspectos de su vida, y cómo ésta se verá aquejada por determinado padecimiento. Al respecto, Amartya Sen señaló que:

Una de las complicaciones al evaluar estados de salud se debe al hecho de que la comprensión de una persona sobre su propia salud puede estar limitada por falta de conocimientos médicos y por inadecuada familiaridad con la información comparativa […] Existe una fuerte necesidad de situar en su contexto social la información estadística sobre la autopercepción de la enfermedad y tener en cuenta los niveles de educación, la disponibilidad de facilidades médicas y la información pública sobre enfermedades y curas.[5]

Precisamente, los servicios digitales de las bibliotecas académicas pueden fungir como una especie de interfaz entre los sistemas de investigación y de control epidemiológico y el resto de la población.

Experiencias previas en estados de emergencia

La discusión sobre el papel de las bibliotecas en el suministro de información confiable en tiempos de crisis y pandemia no es reciente. Su actuación, de hecho, puede ir en dos sentidos: a) en la educación de la sociedad civil sobre el uso de recursos de información disponibles; b) en la diseminación de información dentro de las instituciones del sector salud dirigidos a médicos e investigadores.

        Si se voltea la mirada al pasado reciente, es posible atestiguar que los bibliotecarios ya han tenido experiencias en el cumplimiento de sus funciones sociales en escenarios como las epidemias virales (como la del SARS-CoV de 2003 o la del influenza virus A(H1N1) del 2009). También en desastres naturales (como los huracanes que azotaron al Golfo de México en la primera década del siglo XXI, como Katrina o Iván),[6] inclusive, en regímenes de excepción (como ha pasado con las bibliotecas académicas en Palestina).[7] A partir de algunas investigaciones exploratorias, Robin Featherstone estableció ocho tipos de funciones que los bibliotecarios pueden desempeñar en escenarios como los ya mencionados:

  • Gestores institucionales para el procesamiento de datos;
  • Administradores de las colecciones documentales;
  • Divulgadores de información;
  • Planificadores internos de recursos de información y servicios digitales;
  • Gestores culturales comunitarios;
  • Cooperarios gubernamentales;
  • Educadores y formadores;
  • Constructores de comunidades de información.[8]

Otra actividad que se puede desempeñar desde la biblioteca es la curaduría de contenidos. Un curador digital agregar valor a los datos para promover su intercambio y potencial reutilización a lo largo de su ciclo de vida, lo que incluye la preservación y la gestión digital. No sólo los bibliotecarios, sino que también los archivistas son partícipes de proyectos de similar talante, que recurren a metodologías de las humanidades digitales para abatir la exclusión digital. A través de estas categorías y funciones, es posible entender las labores que han desempeñado los bibliotecarios en estados de emergencia como apoyo para los miembros de su comunidad: ya sea en el aseguramiento de las colecciones durante todo el periodo de emergencia; como difusores de información confiable sobre los eventos en curso; como planificadores que brindan apoyo al personal; en la selección de recursos de información y en la instrucción de los servicios de emergencia, entre otras.

         Para mejorar la difusión de la información —especialmente en un momento de gran necesidad de información relacionada con la salud—, las bibliotecas deben establecer relaciones de trabajo con las agencias de salubridad con el objetivo de establecer lazos cooperativos que permitan tener la información actualizada y verificada. Este tipo de consorcios colaborativos también permiten que las bibliotecas especializadas continúen en funcionamiento: “Dado que todos los estados y municipios están experimentando una drástica escasez en los ingresos debido a la reducción fiscal, esto afectará a los servicios de la biblioteca”.[9] El acceso a información confiable, la circulación de información falsa y la protección de datos nominativos en línea son dos temas que preocupan actualmente a los bibliotecarios, pero muchas de las estrategias para su procuración no son del todo costeables según el esquema de operación de muchos sistemas de información documental (sobre todo del ámbito gubernamental), aunque sí por redes cooperativas de carácter interinstitucional. La defensa del derecho de acceso a la información por parte de las bibliotecas conlleva muchas veces realizar gestiones y diligencias para conseguir el financiamiento, ya sea que provenga de fondos públicos o de donaciones de entes privados.

         Las bibliotecas especializadas en el área de la salud de nuestro país han podido desempeñar importantes tareas de colaboración con los servicios de emergencia gubernamentales. Cabe recordar que en México se cuenta con el Centro de Información para Decisiones en Salud del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP), el cual preside una red de cooperación con otras 141 bibliotecas a nivel nacional, tanto de ciencias biomédicas y genómicas. Esta red de bibliotecas ofrece la posibilidad de recuperar datos estadísticos o artículos académicos que sean solicitados por cualquier usuario, no sólo investigadores o estudiantes del área. En la actualidad, se proporciona información sobre el virus que produce la gripe COVID-19, pero también orientación sobre higiene, enlaces a recursos de salud, instrucción sobre cómo encontrar información de salud confiable en línea, o información sobre otros servicios digitales.

         Es de destacar el proceso de diseminación de información por parte de los bibliotecarios durante la epidemia de la gripe A (H1N1) en 2009, tanto para la población en general como para los especialistas del área de salud pública.[10] En su momento, esta contribución frente a la emergencia sanitaria fue sumamente benéfica para implementar una respuesta rápida. Las necesidades de información de los médicos y enfermeras crecieron sustancialmente durante este tiempo, lo cual permitió a los bibliotecarios desempeñar un papel vital en la satisfacción de esas necesidades. En última instancia, la capacidad del bibliotecario para recopilar, evaluar y seleccionar información confiable sobre la epidemia fue una de las tareas más trascendentes durante el brote y propagación de esta influenza.

         De hecho, en la epidemia de 2009 se emprendieron varios proyectos para filtrar un gran conjunto de datos cuantitativos que sirvieron como una guía para las organizaciones de salud. Se analizaron los contenidos de las publicaciones en Twitter durante el punto más álgido del brote, y los resultados sirvieron de gran ayuda en estrategias de salud pública para futuros brotes de enfermedades infecciosas como el MERS, la fiebre del Zika o la influenza A(H5N1). El caso fue que:

Durante el brote infeccioso H1N1 en 2009, los bibliotecarios utilizaron solicitudes directas en persona, listas de discusión de correos electrónicos, blogs, noticias, Facebook, FriendFeed, el software de gestión de citas Mendeley y Wikis para monitorear y compartir información […] las búsquedas regulares de artículos de revistas revisadas por pares, el monitoreo de sitios web y fuentes de información y la compilación de informes para los planificadores se convirtieron en una actividad rutinaria.[11]

Los avances tecnológicos en la automatización de datos, como el procesamiento del lenguaje natural, presentan la posibilidad de utilizar las redes sociales como fuentes masivas de datos para aplicaciones en estimaciones epidemiológicas. Ante los brotes virales de la última década, la inmensa mayoría de las personas ha recurrido a las redes sociales como fuente de información primaria. Si bien existe la creencia general de que la mayor parte del contenido no es útil, la recopilación, el filtrado y el análisis adecuado podrían revelar información potencialmente útil para evaluar lo que Olga Hansberg denominó “emociones colectivas” (histeria, miedo, enojo),[12] las cuales también son susceptibles de contagiarse.

A través de los sitios web de las bibliotecas y las páginas de redes sociales, se puede compartir información actualizada y confiable que combata la información falsa, ya sea la malinformación (generada por prejuicios inconscientes) o la desinformación (a partir de engaños intencionales).

Además, dada la demora y la escasez de las pruebas disponibles en países considerados focos de infección, las redes sociales podrían proporcionar una capacidad de monitoreo casi en tiempo real, brindando información sobre la verdadera carga de la enfermedad. Estas técnicas de procesamiento de datos se enfocan, sobre todo, en la recolección de datos, como las palabras clave, la clasificación de los textos y la extracción de información específica por categorías. En nuestra actual situación, éstas son funciones que pueden ser muy importantes, a pesar de que los espacios físicos de la biblioteca permanezcan cerrados al público durante la fase de distanciamiento social, ya que el personal de la biblioteca puede continuar ofreciendo soporte informativo en forma remota. A través de los sitios web de las bibliotecas y las páginas de redes sociales, se puede compartir información actualizada y confiable que combata la información falsa, ya sea la malinformación (generada por prejuicios inconscientes) o la desinformación (a partir de engaños intencionales).[13] En la actualidad, las redes sociales y otros medios han coadyuvado para que las bibliotecas mantengan una comunicación constante con el medio público, aunque también se han acrecentado los canales de información engañosa. Debe tenerse presente que la información falsa se arraiga gracias a referentes culturales erróneos o a aspectos emotivos como el miedo o la incertidumbre.

Las bibliotecas como apoyo a la educación universitaria

 La crisis sanitaria de la COVID-19 ha abierto rápidamente numerosos cuestionamientos, pero también ha permitido el desarrollo de nuevas perspectivas alrededor de las modalidades de la práctica docente. Para frenar el avance de la pandemia, se ha pedido a muchas escuelas y universidades que cierren sus aulas y realicen transiciones inmediatas para trasladar sus actividades educativas a una dinámica en línea.

        De repente, y contra la recurrente resistencia de antaño contra la enseñanza a distancia, los profesores experimentan una curva de aprendizaje pronunciada mientras implementan, de una u otra forma, todo tipo de herramientas y materiales digitales en el trabajo cotidiano.[14] Esto ha planteado un desafío para los docentes y estudiantes, así como para los servicios que la biblioteca. Pese a que se percibe la obsolescencia de muchas tareas documentales habitualmente realizadas por bibliotecarios (desde enfoques reduccionistas), la necesidad de contar con estándares de organización no se ha diluido con el uso de la tecnología. La tecnología puede ayudarnos a almacenar y manipular inmensos volúmenes de información, como los Big Data. Pero para otorgarles un sentido lógico-temático (de tal suerte que puedan ser susceptibles de análisis y recuperables), se requieren nuevas formas de estructurar estos datos en categorías y sistemas de clasificación.

         Las capacidades de los bibliotecarios han sido mejoradas, en varios sentidos, por la proliferación de tecnologías digitales, que permiten organizar, recuperar, analizar y compartir información, sin limitarse a medios analógicos ni a recursos impresos. Sin embargo, las tecnologías por sí mismas no representan un avance. Es cierto que estas herramientas facilitan la disposición de la información para muchos sectores sociales tradicionalmente marginados, sin embargo, “la mera disponibilidad de información de ninguna manera garantiza que las personas hagan uso de ésta. Durante décadas, periódicos, revistas, libros, museos, teatros y salas de conciertos ya han estado físicamente disponibles para todos. Pero se deben cumplir muchas condiciones inmateriales para que las personas puedan disponer de estas opciones”.[15] Esto pone de manifiesto que la sola presencia de los recursos o de la infraestructura digital no abate per se las brechas cognoscitivas de nuestra época, ni suponen tampoco el uso efectivo de la información.

          Para lograr esto, los bibliotecarios deben conocer a fondo las nuevas formas en que se presentan las colecciones digitales, lo cual genera no sólo nuevos modus consultari (nuevas formas de consulta) sino nuevos modus legendi (nuevas formas de lectura). Todos los tipos de bibliotecas han estado desarrollando una amplia variedad de servicios para satisfacer las necesidades de su comunidad. Por ejemplo, existen servicios digitales que se han utilizado para apoyar las necesidades de enseñanza, aprendizaje e investigación de los docentes y estudiantes, a saber: servicios de referencia, instrucción para un uso ético de la información, acceso a recursos e iniciativas digitales como los repositorios institucionales, etcétera.[16]

          La pandemia ha traído una revolución no solo en la enseñanza en línea de la educación superior, sino también en las formas efectivas en que las bibliotecas académicas pueden ofrecer sus servicios virtualmente. Al adaptarse a la enseñanza y al aprendizaje en línea, los docentes y estudiantes pueden plantearse preguntas sobre aquellos servicios bibliotecarios que son más adecuados para la comunidad en estos momentos. Por la amplia gama de servicios de información que proporcionan, las bibliotecas universitarias son especialistas en la innovación de estrategias para superar las restricciones históricas de desarrollo. En este momento de distanciamiento social, los servicios de información disponibles para la mayoría de los docentes y estudiantes se dan sólo en el ámbito de lo digital, lo cual implica que el acceso y el uso de los servicios de la biblioteca pueden realizarse únicamente de forma remota.

         Los recursos digitales son una parte considerable de las colecciones de las bibliotecas, y éstas invierten una parte importante de su presupuesto, por ejemplo, en suscripciones de publicaciones periódicas. Aunque trabajar de forma distanciada (mediante plataformas de videoconferencia) no es una opción efectiva para muchos de los científicos que investigan los diferentes aspectos de la COVID-19, una de las condiciones que les permiten llevar a cabo su labor es el uso de recursos de información a través un entorno digital, como son las bases de datos temáticas.

         La pandemia crea una buena oportunidad para fomentar la amplia gama de recursos electrónicos disponibles, especialmente entre los estudiantes universitarios que tienden a usar Google para satisfacer todas sus necesidades de estudio e investigación. Esto no exime que se avive otra práctica por parte de la biblioteca, que es promover materiales de recursos educativos abiertos. Uno de tantos métodos a los que han recurrido las bibliotecas universitarias en tiempos recientes, para trabajar en el tema de la inclusión digital, es el denominado “diseño universal para el aprendizaje”, el cual consiste en la implementación de servicios que sean accesibles y utilizables por todos, independientemente de sus capacidades, origen cultural, edad, etcétera. Además, las bibliotecas académicas suelen proporcionar el servicio de gestión de referencias a través de diversos programas informáticos, aunque la mayoría de los docentes y estudiantes no utilizan estas herramientas porque carecen de capacitación para su uso.

Conclusión

Los bibliotecarios no deben pasar por alto sus habilidades y el importante papel que deben desempeñar para frenar la propagación y el impacto de enfermedades, como la producida por el por el virus SARS-CoV-2, al combatir las noticias falsas y proporcionar información confiable a los miembros de la ciudadanía.

A medida que los científicos y otros profesionales de la salud buscan soluciones para la COVID-19, los bibliotecarios tienen el importante papel de difundir a la sociedad la información y los recursos relacionados con la enfermedad, a través de varios canales digitales disponibles (especialmente porque la mayoría de las personas pueden no acudir a la biblioteca o porque la biblioteca puede estar cerrada durante la pandemia). Las bibliotecas pueden desempeñar un papel relevante al proporcionar información confiable sobre la actual emergencia sanitaria, al utilizar sus fortalezas para recopilar, evaluar y curar información para la comunidad en general, no sólo para los especialistas. Los bibliotecarios no deben pasar por alto sus habilidades y el importante papel que deben desempeñar para frenar la propagación y el impacto de enfermedades, como la producida por el por el virus SARS-CoV-2, al combatir las noticias falsas y proporcionar información confiable a los miembros de la ciudadanía.


[1] Luis Villoro, El poder y el valor: Fundamentos de una ética política, p. 16.

[2] Ray Corrigan, Digital decision making: Back to the future, p. 212.

[3] Jason H. Moore et al., “Ideas for how informaticians can get involved with COVID-19 research”, p. 11.

[4] León Olivé, La ciencia y la tecnología en la sociedad del conocimiento: Ética, política y epistemología, p. 88.

[5] Amartya K. Sen, The idea of justice, pp. 284 y 286.

[6] John L. Brobst et al., “Public libraries and crisis management…”, pp. 156-158.

[7] Rachel Mattson y Tom Twiss, “Libraries under occupation…”, pp. 113-127.

[8] Robin M. Featherstone, “The disaster information specialist…”, pp. 742-743.

[9] George Machovec, “Pandemic impacts on library consortia and their sustainability”, p. 547.

[10] Wasim Ahmed, et al., “Novel insights into views towards H1N1 during the 2009 pandemic…”, pp. 60-72.

[11] Collence T. Chisita, “Libraries in the midst of the Coronavirus (COVID-19)…”, p. 11.

[12] Olga E. Hansberg, “De las emociones morales”, p. 152.

[13] Cf. Don Fallis, “What is disinformation?”, p. 402.

[14] Sandipan Ray y Sanjeeva Srivastava, “Virtualization of science education…”, pp. 77-80.

[15] Hans T. Blokland, Pluralism, democracy and political knowledge, p. 229.

[16] Cf. Muhammad Yousuf Ali y Peter Gatiti, “The COVID-19 (Coronavirus) pandemic…”, pp. 159-160.

 


Bibliografía

 

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Brobst, John L. et al., “Public libraries and crisis management: Roles of public libraries in hurricane/disaster preparedness and response”, en Christine Hagar, ed., Crisis information management: Communication and technologies, Chandos Publishing, Oxford, 2012, pp. 155-173.

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