Pluralismo y posverdad frente a la pandemia: la COVID-19 y conspiraciones

Pluralismo y posverdad frente a la pandemia: la COVID-19 y conspiraciones

Mario César Campuzano Perales

A estas alturas, a nadie nos resulta ajena la pandemia ocasionada por el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 iniciada a finales del 2019. Dicho virus se identificó por primera vez en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en la República Popular China, al reportarse casos de un grupo de personas enfermas con un tipo de neumonía desconocida. Desde entonces, se han implementado una serie de medidas para salvaguardar la salud de la población mundial, frenar los contagios y evitar fallecimientos. No obstante, al mismo tiempo, se ha intensificado otra crisis, a saber, la de la desconfianza en la ciencia y en la política, la cual ya sufríamos antes de esta pandemia.

            Esta desconfianza ha conducido a la especulación y a la proliferación de las llamadas teorías de la conspiración. Las hay de todos tipos: una sostiene que la tecnología móvil 5G transmite la enfermedad, otra que el virus fue desarrollado en un laboratorio y ha sido financiado por Bill Gates, también hay quienes afirman que la existencia del virus se ha inventado con el objetivo de justificar una falsa vacunación masiva que aniquilará a una gran cantidad de personas y acabará con el problema de la sobrepoblación, asimismo hay quienes aseguran que las vacunas contra el nuevo coronavirus tendrán como objetivo implantar un microchip en las personas para manipularlas con fines políticos y económicos. Frente a este contexto de desconfianza en la ciencia, las humanidades pueden ayudarnos a encontrar diferentes formas de abordar el problema y a plantear una posible solución. En este ensayo nos concentraremos en la llamada era de la posverdad y una propuesta filosófica pluralista-pragmatista.

Sobre el término «posverdad»

Una forma de comprender las diferentes manifestaciones de desconfianza que hemos atestiguado en el contexto de la pandemia de enfermedad por el nuevo coronavirus de 2019-2020, es a partir de la llamada ‘era de la posverdad’.

Una forma de comprender las diferentes manifestaciones de desconfianza que hemos atestiguado en el contexto de la pandemia de enfermedad por el nuevo coronavirus de 2019-2020, es a partir de la llamada ‘era de la posverdad’. McIntyre[1] señala que el término “posverdad” acaparó la atención pública en 2016 cuando el diccionario Oxford la presentó como la palabra del año. La razón para concederle ese título fue que se registró un aumento del 2000% en su uso en comparación con 2015.[2] Lo anterior como resultado de la evaluación de diversos hechos políticos sucedidos a lo largo de ese periodo y, particularmente, su recurrencia en los análisis referidos a dos fenómenos que presumiblemente marcan época, a saber, la campaña previa y la final victoria del denominado Brexit[3] y las elecciones presidenciales estadounidenses que dieron como resultado el triunfo de Donald Trump. Según el diccionario Oxford, la posverdad es un fenómeno relacionado con circunstancias en las cuales los hechos objetivos son menos influyentes para moldear la opinión pública que apelar a las emociones y creencias personales.[4]

         Sin embargo, antes de los acontecimientos del 2016, autores como Steve Tesich en 1992 o Ralph Keyes en 2004 ya anunciaban el arribo de esta época caracterizada por la propagación de información donde las fronteras entre verdad y mentira, honestidad y deshonestidad, ficción y no ficción se borran.

         Algunos autores[5] que se han dedicado a reflexionar en torno a la posverdad buscan diferenciar este fenómeno respecto del acto de mentir por parte de políticos, líderes de opinión o ciudadanos de a pie como nosotros. Dichos autores señalan que, si no marcamos esta distinción, entonces «posverdad» no resultaría otra cosa que un nuevo término para hablar de la condición del ser mentiroso. Por ejemplo, Villena[6] plantea que aquel que miente tiene la intención de engañar y suele ofrecer pruebas en favor de la verdad de sus afirmaciones (aseveraciones que él o ella ya piensa que son falsas). Realiza esfuerzos para demostrar que lo que dice se corresponde con la realidad. El que miente busca que sus mentiras pasen por verdades. Pone en acto una industria del engaño, sea esta grande o pequeña. La posverdad, por el contrario, está marcada por la irrelevancia de la verdad y de los hechos a la hora de comunicarse. A eso nos remite el prefijo ‘post’, a la irrelevancia de la verdad y no a la mentira:

Se hace afirmaciones y no se ofrece pruebas. Se apela a la emoción del receptor y a reforzar sus prejuicios. No importa la evidencia, lo que cuenta es conectar con las obcecaciones. Se confunden los deseos con la realidad. Impera el pensamiento desiderativo. El receptor, asimismo, permanece sordo frente a opiniones que difieran de la suya e incluso, expuesto a evidencia en contrario, aumenta el grado de seguridad que tiene en relación con sus propias creencias […].[7]

Por su parte, McIntyre plantea que la posverdad es una falsedad con una intención de poner en duda ciertas creencias. Incluye además un elemento nuevo que va más allá de los límites conocidos actualmente por la falsedad: en lugar de funcionar en ausencia de la verdad, precisamente actúa en su presencia y con el objetivo de deslegitimarla.[8] El método por el cual ejerce su influencia es la selección restrictiva de hechos y su interpretación intencionada. La posverdad no se refiere a la negación de la verdad ni al abandono de los hechos, sino a una corrupción del proceso en el cual éstos son subjetivamente seleccionados y usados con consistencia para poner en duda las creencias de las personas sobre un determinado tema.[9] No consiste en afirmar que la verdad no exista, sino que ésta y los hechos están subordinados a nuestras emociones y opiniones. Se produce así una inversión entre lo falso y lo verdadero, y los receptores de un discurso posverdadero terminan creyendo en una perspectiva falsa.[10]

        La llamada era de la posverdad es resultado de una crisis de la veracidad y la confianza en nuestra época que se manifiesta en áreas como la política, la democracia, la ciencia, entre otras. Ahora que más necesitamos de la ciencia para comprender y enfrentar las problemáticas que enfrentamos en la actualidad, es cuando sentimos mayor desconfianza hacia ella. La crisis de la veracidad que caracteriza al mundo en que vivimos, la falta de fundamentos, la ausencia de referentes claros que proporcionen legitimidad en nuestra vida, así como la falta de interés por construir lo “verdadero” son elementos que constituyen la llamada era de la posverdad.

         Aunque generalmente se aborda a la posverdad con relación al ámbito político, en este ensayo nos interesa abordarla desde la esfera epistemológica, por lo cual, la postura que defendemos es que aquello que se ha llamado como era de la posverdad se trata simplemente de un fenómeno que se caracteriza por adoptar determinadas declaraciones, afirmaciones, ideas, puntos de vista o creencias y asumirlas como verdaderas, aunque carezcamos de evidencia y razones suficientes para otorgarles tal estatus epistemológico.

         Con base en lo que hemos dicho hasta aquí, la desconfianza en la ciencia y la gran proliferación de las llamadas teorías de la conspiración que han marcado el contexto de la emergencia sanitaria por el nuevo coronavirus pueden ser comprendidas como parte del fenómeno de la posverdad. Las personas están adoptando determinadas posturas como verdaderas sin tener razones suficientes para ello.

 Pluralismo y pragmatismo

Las sociedades se caracterizan por la diversidad, nunca encontraremos dos personas o dos grupos que sean completamente idénticos. En este sentido, en varios momentos de la historia hemos sido testigos del surgimiento de movimientos sociales que luchan por la justicia social, el reconocimiento de lo diferente, la igualdad de oportunidades y desvanecer la exclusión y la discriminación. Una manifestación de esta pluralidad son precisamente las diferentes opiniones y perspectivas que hemos escuchado y que muchos están adoptando frente a la pandemia actual, sin embargo, no todas pueden ser asumidas como verdaderas, pues implican riesgos para la salud pública. Frente a este contexto necesitamos adoptar una postura que reconozca, defienda y promueva la diversidad, pero que al mismo tiempo establezca límites. Hemos encontrado que desde la propuesta filosófica del pluralismo es posible plantear una respuesta a esta problemática.

        De acuerdo con Villoro, ‘creer’ significa ‘asumir un enunciado como verdadero’ o ‘tener algo por existente’, en otras palabras, implica aceptar algo como real y a la proposición que lo expresa como verdadera.[11] Cuando consideramos a algo como existente, en mayor o menor medida lo adoptamos como parte de nuestro mundo. Cabe aclarar que el pluralismo entiende a las creencias como disposición a actuar, es decir, son guías que disponen a las personas a comportarse de determinadas formas y no de otras en diversos contextos. En consecuencia, las prácticas presuponen creencias, aunque también es importante reconocer que una creencia no debe necesariamente expresarse en acciones. Si se presentan ciertas circunstancias, las personas se comportarán de un modo tal que haga suponer la existencia de una disposición a actuar que llamamos ‘creencia’. Dicho de otra manera, las creencias son guías de posibles acciones. Sostener una creencia ‘p’ significa la conjunción de dos proposiciones: “1) Me represento p […] y 2) tengo una disposición a actuar como si p fuera verdadera”.[12]

           El pluralismo que defendemos debe ser entendido a la manera de Olivé, es decir, como una posición intermedia frente al dilema entre absolutismo y relativismo.[13] El primer cuerno de este dilema sostiene que: “sólo puede haber «un único pensamiento correcto», una única manera correcta de entender el mundo, por consiguiente, un único conjunto correcto de criterios de evaluación epistémica (criterios para evaluar las pretensiones de conocimiento) […]”.[14] Este punto de vista considera que sólo puede haber una única forma correcta de comprender el mundo, entonces se trata de una posición intolerante de la diversidad y que fácilmente posibilitaría respaldar y justificar ciertas relaciones y prácticas de poder y dominación.

          Una posición absolutista aplicada al caso de la pandemia actual se negaría totalmente a escuchar diferentes propuestas respecto de cómo enfrentar la emergencia sanitaria y evitar los contagios. Desde este punto de vista alguien podría pensar que sus estrategias para salvaguardar la salud son las únicas válidas y buscaría implementarlas por medio de la fuerza y la coerción, no tendría la apertura de escuchar lo que otros tienen que decir. En tal caso se estaría perdiendo la posibilidad de intercambiar conocimientos y encontrar soluciones más creativas para afrontar el desafío tan complejo que representa la pandemia.

        Por su parte, el relativismo, como segundo cuerno del dilema, plantea que “no hay criterios ni procedimientos absolutos para fundamentar las evaluaciones morales y las creencias, así como las normas jurídicas, cualquier principio moral o cualquier principio metodológico y epistemológico puede fundamentarse con tal de que se ponga en relación con un contexto adecuado, y a su vez, cualquier práctica o cualquier creencia podría justificarse, desde el punto de vista de los principios apropiados”.[15] Si aceptáramos este punto de vista, entonces quedaríamos inermes ante los casos que resultan atroces e indignantes (por ejemplo, la tortura, los homicidios, los feminicidios, las violaciones, entre otros) siempre y cuando se trate de una práctica o costumbre de otras personas o culturas, desde cuya perspectiva esté justificada según sus fines, valores, intereses y creencias, entonces no habría ningún problema y no tendríamos razones para ponerles límites.

        Por poner un ejemplo, ante la gran especulación y la proliferación de las llamadas teorías de la conspiración que han marcado la emergencia sanitaria actual, una posición relativista tendría la apertura total para escuchar cualquier opinión sin establecer límites. Pensemos por ejemplo en un sujeto ‘S’ que sostiene una creencia ‘p’ de que el coronavirus no existe o no es tan grave como se ha planteado y sólo es una estrategia de un grupo de poder para controlar a la población mundial. Puesto que las creencias son guías que disponen a los sujetos a actuar de determinada manera, cuando ‘S’ asume ‘p’ como verdadera procederá en consecuencia a no seguir las recomendaciones para prevenir contagios, tales como uso de cubrebocas, conservar una sana distancia, entre otras. Como hemos visto a partir de las reflexiones de Olivé, desde el relativismo cualquier creencia, postura o práctica podría estar justificada y no habría forma de establecer límites, empero, en este caso, eso implicaría muchos riesgos para la salud pública, tales como un aumento exponencial de los contagios, los fallecimientos, la saturación de los servicios de salud, entre otros.

         El pluralismo es muy similar al relativismo en el sentido de que también reconoce, promueve y defiende la diversidad, sin embargo, se distingue por sostener que existe una realidad que impone límites, es decir, que hay hechos que delimitan lo que es posible concebir como moralmente correcto y lo que es posible creer acerca del mundo:

El punto de vista pluralista coincide con el relativismo en rechazar que los estándares de evaluación sean absolutos e inmutables. Pero mientras el relativismo considera que no tiene sentido plantearse el problema de la corrección de los estándares de validez, y más aún propone que la evaluación de creencias o de acciones depende sólo del grupo humano cuyas creencias o acciones han de ser evaluadas, es decir, depende sólo del propiosistema de creencias, valores y fines de ese grupo, desde el punto de vista plurali sta los estándares de validez sí son susceptibles de considerarse como correctos o no, es decir, se conciben como corregibles, y se reconoce que eso obedece a que hay restricciones que impone la realidad para las normas metodológicas (en el terreno epistémico), y también para las normas morales.[16]

Esta realidad que impone restricciones se infiere a partir de las consecuencias prácticas (acertadas o no) que generan nuestras acciones y decisiones.

         Al igual que el relativismo, la posición pluralista que defendemos, tendría la apertura de escuchar con respeto las diversas ideas y opiniones generadas en torno al coronavirus. Se permite y respeta la diversidad porque sostiene que la única manera de desarrollar y fortalecer la racionalidad, así como la verosimilitud de las opiniones es a través de la controversia y la confrontación dialéctica. Sin embargo, el pluralismo reconocería que algunas o muchas de ellas no estás suficientemente justificadas y que no pueden ser consideradas como verdaderas debido a la realidad que impone límites. De modo que la mayoría de las prácticas derivadas de creer en especulaciones y teorías de la conspiración no resultan acertadas, pues no evitarán que nos enfermemos ni ayudarán a evitar contagios.

         Esta idea está vinculada a su vez con el pragmatismo, corriente filosófica que entiende a la verdad como un acuerdo con la realidad y a la falsedad como un desacuerdo con ella.[17] Que la verdad sea adecuación a la realidad significa que la verdad es algo que acontece a una idea, es decir, una idea llega a ser cierta por los acontecimientos. En términos de James, “[…] la verdad de cualquier tesis consiste en sus consecuencias, y en especial que sean buenas consecuencias”.[18] Que una idea se haga verdadera, significa que ha logrado orientarnos satisfactoriamente en el conjunto de nuestra experiencia, sin omitir ninguna transición ni entrar en insuperable contradicción con ningún otro sector de la vida práctica. De acuerdo con lo anterior, pluralismo y pragmatismo son dos propuestas filosóficas que se complementan.

Pluralismo, pragmatismo y emociones frente a la pandemia

Los movimientos antivacunas son diversos y han surgido prácticamente desde que se desarrollaron las primeras vacunas, pero quizá un hito histórico hay que situarlo en 1998 con la publicación de un artículo donde se afirmaba una correlación entre el autismo, padecimientos del sistema digestivo y la vacuna contra sarampión, rubéola y paperas. Desde entonces, se registró un descenso en las tasas de vacunación, principalmente en Europa y Estados Unidos provocando nuevos brotes de enfermedades que se consideraban erradicadas.

En el marco de la especulación y la proliferación de las llamadas teorías de la conspiración, es de especial interés la cuestión referente al desarrollo de una futura vacuna efectiva contra el nuevo coronavirus SARS-CoV-2. Al mismo tiempo que se han realizado esfuerzos para proteger a los seres humanos de determinadas enfermedades mediante remedios preventivos, es posible identificar diversos grupos que se oponen a la vacunación. El hecho de que estos grupos continúen avanzando trae consigo riesgos y afectaciones a la salud pública. Los movimientos antivacunas son diversos y han surgido prácticamente desde que se desarrollaron las primeras vacunas, pero quizá un hito histórico hay que situarlo en 1998 con la publicación de un artículo donde se afirmaba una correlación entre el autismo, padecimientos del sistema digestivo y la vacuna contra sarampión, rubéola y paperas. Desde entonces, se registró un descenso en las tasas de vacunación, principalmente en Europa y Estados Unidos provocando nuevos brotes de enfermedades que se consideraban erradicadas.[19]

        La oposición a una futura vacuna contra el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 se inscribe dentro del surgimiento de movimientos antivacunas. Por mencionar un ejemplo, miles de personas se han manifestado en Alemania en contra de la futura vacuna bajo el argumento de que solo satisfará los intereses económicos de las grandes compañías farmacéuticas.[20] Asimismo, hay quienes han manifestado su rechazo bajo el supuesto de que la eventual vacuna se trata en realidad de un señuelo para implantar un microchip en las personas con el propósito de manipularlas con fines económicos y políticos.[21]

         Hay múltiples motivos por los cuales las personas rechazan la vacunación, empero, en relación con la llamada posverdad, el motivo principal puede resumirse en que la gente no se vacuna porque siente miedo de que las vacunas, lejos de ser una protección contra enfermedades, resulten contraproducentes, causen enfermedades o incluso la muerte: “[…] hay varias razones por las que la gente no vacuna a sus hijos, la principal es que creen que ese proceso es dañino, lo cual es erróneo. Actualmente hay evidencia científica que demuestra que aquéllas son seguras y efectivas”.[22] En el caso de la futura vacuna contra el nuevo coronavirus podríamos agregar dos nuevos temores, a saber, que detrás de la vacuna haya intereses oscuros, tales como acabar con el problema de la sobrepoblación mediante la aniquilación de millones de personas o implantar un microchip con fines de manipulación económica y política.

            Retomando la propuesta pluralista-pragmatista que hemos esbozado anteriormente, podemos decir que si decidimos rechazar la vacunación, entonces debemos esperar un aumento exponencial en el número de contagios, fallecimientos y colapso de los sistemas de salud, pues hay una realidad que nos impone límites y que nos indica que tales decisiones y acciones no tendrán buenas consecuencias prácticas. Asimismo, contamos con evidencia suficiente para sostener que hay un alto grado de certeza de que la vacunación evitará que enfermemos gravemente y que otras personas sean contagiadas. En la llamada era de la posverdad las acciones y creencias están basadas en razones subjetivas insuficientemente justificadas, así como en motivos y emociones personales, por ello se requiere de razones cuyo fundamento sea las acciones acertadas de las que tenemos una amplia experiencia.

          Ahora que hemos llegado a este punto, sería conveniente recordar las reflexiones de Hume sobre la relación entre pasión y razón, en la que se le otorga preeminencia a la segunda planteando que toda criatura racional está obligada a regular sus acciones mediante la razón:

Nada es más corriente en la filosofía, e incluso en la vida cotidiana, que el que, al hablar del combate entre pasión y razón, se otorgue ventaja a esta última, afirmando que los hombres son virtuosos únicamente en cuanto que se conforman a los dictados de la razón. Toda criatura racional, se dice, está obligada a regular sus acciones mediante la razón. Y si algún otro motivo o principio desafía la dirección de la conducta de esa persona, ésta tendrá que oponerse a ello hasta someterlo por completo, o al menos hasta conformarlo con aquel principio superior.[23]

Dicho lo anterior, cabe hacer una aclaración: no es que las emociones y los sentimientos sean un problema en sí mismos, empero, la dificultad se presenta si justificamos nuestras creencias únicamente con base en ellos, sin considerar otras razones. Asimismo, la imaginación también influye fuertemente en nuestras emociones, en las decisiones que tomamos y en nuestras acciones. Hume[24] plantea que si esperamos recibir de algún objeto ya sea dolor o placer, sentimos una emoción consiguiente de aversión o inclinación, y somos conducidos a evitar o aceptar lo que nos proporciona ese desagrado o satisfacción. Asimismo, nuestras emociones pueden hacer que nos concentremos en todas las direcciones y posibilidades con el fin de encontrar qué cosas o situaciones están relacionadas con el objeto original mediante causa y efecto. Nuestra capacidad de razonamiento tiene lugar para descubrir esta relación y, según varíe nuestro razonamiento, nuestras acciones tendrán una subsiguiente variación. Pero, de acuerdo con este autor, en este caso, el impulso no surge de la razón, sólo es dirigido por ella. “De donde surge la aversión o inclinación hacia un objeto es de la perspectiva de dolor o placer. Y estas emociones se extienden a las causas y efectos de ese objeto, tal como nos son señaladas por la razón y la experiencia”.[25] No nos importaría en lo más mínimo el saber que ciertos objetos son causas y otros son efectos, si tales causas y efectos nos fueran indiferentes.

         Podemos afirmar que las emociones también pueden conducirnos a tomar una decisión a favor de la vacunación, pues el hecho de no vacunarnos podría producir miedo a que algo malo nos pueda pasar. Así, ante la pregunta de por qué deberíamos seguir vacunándonos a pesar de que sentimos o creemos que las vacunas son dañinas (y que de hecho hay casos que refutan la seguridad de una vacuna), podríamos responder que convendría hacerlo porque de lo contrario, aumentaría el riesgo de que nosotros mismos y nuestros hijos enfermáramos. En realidad, muy pocos se vacunarían en nombre de la justicia, o por cumplir un deber, o por respetar a las políticas públicas e instituciones de salud. Tenemos buenas razones para considerar que, si nuestro cuerpo no desarrolla inmunidad a través de una vacuna, hay mayor posibilidad de contraer una enfermedad e incluso morir. Si otras personas tampoco se vacunan, aumentaría el número de enfermos y, por tanto, el riesgo de ser contagiado. Decidimos confiar en las vacunas como medio protegernos de las enfermedades porque es el camino de menor riesgo y dolor posible para quienes más queremos (hijos, nietos, padres, hermanos, amigos, etc.), incluyéndonos a nosotros mismos como los primeros que no quisiéramos padecer una enfermedad, o la de un hijo o cualquier otro ser querido ni su muerte. En tanto somos sujetos sociales, también es el camino de menor daño para la sociedad de la que formamos parte y de la que depende nuestro bienestar personal.


[1] Cf. McIntyre, Post-truth, p. 1.

[2] Cf. Ana Laura García Luna, et al., “Posverdad: ¿una construcción alternativa de la realidad o una ajironada forma de mentir?”, p. 109.

[3]Brexit es una abreviatura de las palabras inglesas Britain (Gran Bretaña) y exit (salida), y es el término acuñado para referirse a la salida del Reino Unido de la Unión Europea. El Reino Unido se sumó a la Unión Europea el 1 de enero de 1973, sin embargo, en junio de 2016 los británicos decidieron abandonarla y poner fin a una relación de más de cuatro décadas.

[4] “Relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief”. Oxford Dictionary, “post-truth”, [en línea] <https://en.oxforddictionaries.com/definition/post-truth>. [Consulta: 1 de julio de 2020.]

[5] Por ejemplo, cf. David Villena Saldaña, “Era posverdad: comunicación, política y filosofía”, pp. 17-26.

[6] Cf. Ibid, p. 18.

[7] Ibid, pp. 18-19.

[8] Cf. L. McIntyre, op. cit., p. 9.

[9] Cf. Ibid, p. 11.

[10]Cf. Idem.

[11]Cf. Luis Villoro, Creer, saber, conocer, p. 15.

[12] “1) I entertain p […] 2) I have a disposition to act as if p were true.” Richard Bevan Braithwaite, “The Nature of Believing”, p. 30.

[13] León Olivé, “Multiculturalidad, interculturalismo y el aprovechamiento social de los conocimientos”, pp. 58-59.

[14]Ibid, p. 58.

[15] L. Olivé, “El fundamento filosófico: absolutismo, relativismo, pluralismo”, p. 65.

[16]Ibid, p. 71.

[17] William James, El significado de la verdad [trad. de Ramon Vilà Vernis].

[18]Ibid, p. 60.

[19]Emilia Lopera Pareja, “Perspectiva histórica”, pp. 19-29.

[20] Rosalía Sánchez, “El coronavirus reactiva los movimientos antivacunas”, [en línea] <https://www.abc.es/sociedad/abci-coronavirus-reactiva-movimientos-antivacunas-202005252120_noticia.html>. [Consulta: 15 de julio de 2020.]

[21] Alejandra Contreras, “Desinformación: de las dosis letales a los chips de control”, [en línea] <https://www.eluniversal.com.mx/mundo/coronavirus-desinformacion-de-las-dosis-letales-los-chips-de-control>. [Consulta: 15 de julio de 2020.]

[22] Leticia Olvera, “Riesgo de epidemias por no vacunarse”, p. 6.

[23] David Hume, Tratado de la naturaleza humana [trad. de Félix Duque], p. 558.

[24]Ibid, p. 560.

[25]Idem.


Bibliografía

Braithwaite, Richard Bevan, “The Nature of Believing”, in Allen Phillips Griffiths [ed.], Knowledge and Belief, London, Oxford University Press, 1967, pp. 28-40.

Contreras, Alejandra, “Desinformación: de las dosis letales a los chips de control”, en El Universal [en línea] <https://www.eluniversal.com.mx/mundo/coronavirus-desinformacion-de-las-dosis-letales-los-chips-de-control>, consultado el 15 de julio de 2020.

García, Luna, Ana Laura, et al.Posverdad: ¿una construcción alternativa de la realidad o una aggiornada forma de mentir?”, en Labate, Cecilia, et al. [comps.], La comunicación digital. Redes sociales, nuevas audiencias y convergencia: desafíos y oportunidades para la industria, el Estado y los usuarios, San Salvador de Jujuy, Argentina, Editorial de la Universidad Nacional de Jujuy, 2017, pp. 103-120.

Hume, David, Tratado de la naturaleza humana [trad. de Félix Duque], Madrid, Tecnos, 1992.

James, William, El significado de la verdad [trad. de Ramon Vilà Vernis], Barcelona, Marbot, 2011.

Lopera Pareja, Emilia, El movimiento antivacunas. Argumentos, causas y consecuencias, Madrid, Catarata, 2016.

Mcintyre, Lee, Post-truth, Cambridge, Massachusetts, The MIT Press, 2018.

Olivé, León, “El fundamento filosófico: absolutismo, relativismo, pluralismo”, en Interculturalismo y justicia social, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004, pp. 59-86.

——————, “Multiculturalidad, interculturalismo y el aprovechamiento social de los conocimientos”, en RECERCA. Revista de pensament i anàlisi, publicación semestral de la Universitat Jaume I, departamento de filosofía y sociología, núm. 10, 2010, pp. 45-66.

Olvera, Leticia, “Riesgo de epidemias por no vacunarse”, en Gaceta UNAM, México, núm. 4963, 17 de mayo de 2018, p. 6.

Villena Saldaña, David, “Era posverdad: comunicación, política y filosofía”, en Psicopraxia, vol. 1, núm. 1, 2019, pp. 17-26.

Villoro, Luis,Creer, saber, conocer, México, Siglo XXI, 2008.


Fuentes electrónicas

 

Oxford Dictionary, “post-truth”, [en línea], <https://en.oxforddictionaries.com/definition/post-truth>.  [Consulta: 1 de julio de 2020.]

Sánchez, Rosalía, “El coronavirus reactiva los movimientos antivacunas”, en Diario ABC [en línea], <https://www.abc.es/sociedad/abci-coronavirus-reactiva-movimientos-antivacunas-202005252120_noticia.html>. [Consulta: 15 de julio de 2020.]