Todavía el lloriqueo de los chacales

Todavía el lloriqueo de los chacales

Nestor Alacoque

“Oculto”, en otras lenguas, incluida

la de la mujer, puede querer decir

“descubierto”; en ésta, no comporta menos que tratos

con las huestes

del atraco, el soborno y la impunidad. De ahí que

se produzca el espanto.

 

 

Llegamos antes de la noche en que se difundiera la idea de que la mujer había muerto. Se dijo que unos forajidos, que trajeron la enfermedad a su paso, la habían contaminado. Por otra parte, que era una mujer aficionada a la revuelta, y que tuvo de seguro una disputa en medio de la que perdió la vida. Aunque también se llegó a decir, con meridiana insistencia, que la mujer era una de esas que mantienen comercio carnal con el Engañador y sus trucos. Todo aquello fue dicho: una muerte fulminante la de la mujer, que, no es que fuera merecida, pero sí que había sido procurada.

           La noche de nuestra excursión había sido lluviosa. La brisa nos cubría el rostro y los músculos se nos helaban. Cuanto más nos acercábamos al primer poblado éramos advertidos por el grito estridente de los gallos. Un ambiente somnoliento y a la vez de mucho alboroto sumergían la atmósfera en una bruma cansina, sofocante. Nos conducíamos sin premura y por supuesto no esperábamos pasar inadvertidos. Aunque después se nos tratase como intrusos, como se dijo que lo éramos, que portábamos la muerte con nosotros, y un testimonio para hurgar y desplomar su asamblea de creencias, bajo el entendido de que no llevábamos ninguna insignia que hiciera constar que nuestras palabras no quebrantarían la presencia de la ley. Al tiempo que transmitíamos la enfermedad destrozaríamos la seguridad de la ley. Perjuros de la ley, fue esa la idea que se animó sobre nosotros. Algunas siluetas o el brillo de unos ojos se adivinaban curioseando detrás de las cortinas, con suspicacia. Sólo lográbamos entrever, muy remotamente, en medio de la niebla que amainaba, unas luces rojizas encenderse y apagarse intermitentemente, como si se tratase de la combustión que alimentaba aquel tremendo zumbido sin detenerse. Después sabríamos que se trataba de la máquina que lo procesaba todo con un vasto mecanismo de espejos.

Por momentos nos acechaba esa tentación de no decir nada. Y no precisamente por recelo sino por hastío y una cierta fatiga. Tal era el bullicio de los titulares de la prensa, señales estridentes en las pantallas, cócteles noticiosos, informantes camuflados apostrofando “lo que urgía que se supiera”. A toda prisa. Los agoreros de la información embutiendo ristras de alarma en sus tipógrafos. Carruseles de imágenes arremolinándose en todos los rincones. Opiniones, destacados, alusiones, notas, figuraciones, posturas, apostillas, se hallaban en su elemento predilecto. Los amanuenses y los merolicos se amotinaban para acaparar los micrófonos, igual que pirañas. E inadvertidamente, la gente, como ensoñada o maravillada bajo los efectos de un sortilegio, había encontrado el diapasón para hablar. Hablaba como jamás lo había hecho: se atragantaba con sus palabras. De lejos venía insistiéndose que una enfermedad devoraría todo. Por todos los métodos se escenificaba la peor catástrofe. Este presagio ocupaba las pantallas, recalcando con severidad el infortunio. Vaticinaba muerte, aflicción y desamparo. Además de hambre y precariedad inusitadas. Proclamaba “la verdad” y se cercioraba de que supiera a muerte. La “verdad probada” como en toda época de asedio y acechanza se la hacía desfilar con un atuendo lóbrego y siniestro. Y se tañía una campana contra la mentira. Esparcida, aseguran, por la intriga de la que se sirve el envidioso que, ajeno al poder de la palabra, sólo lo añora para satisfacer su atávica sed de venganza, usurpándolo y retorciendo sus propósitos sublimes, haciendo de la verdad una cloaca. No obstante, se había podido imaginar a las palabras soltarse de la cadena que las sujetaba. Por todos lados se hablaba. A la manera de una insurrección la gente hablaba como nunca: con mucha coherencia o deshilachadamente, no importaba. Hablaba. La gente sencilla, la que había vivido bajo el yugo de la privación constante. Contestaba y amonestaba a la prensa recalcitrante. Nosotros descubríamos que hablar colma, al tiempo que produce fisuras; ensaña, pero también agrieta al poder; y descubríamos que podíamos hablar como nunca pudimos, que las grietas que los poderosos dejaban al hablar, a fin de que fueran holladuras dejadas para ser llenadas por su misma palabra, ahora podían ser asaltadas por la palabra del simple, del inculto, del menospreciado. Lo que producía mucha rabia entre las cúpulas que lucraban con el teatro y la interpretación de la palabra. Era ocasión, entonces, así lo presentíamos, de que fuera vadeada la curia que se adueñó de la verdad por siglos. Una vez más. Blandir sus estragos y las fístulas de pus de su envilecimiento, con lo que un recio atisbo de poder por parte de la gente se volvió irremediable, y el escrutinio de la palabra se transformó en miríada pública, lo que encendió la mecha de una barahúnda ensordecedora en la prensa, antaño servil y supina, y ahora mortificada por crímenes contiguos y amortiguados por sus voces arrulladoras. Con el estallido de la epidemia el bullicio se había exacerbado hasta alcanzar el hervidero propio de un alboroto de tianguis. Ha no mucho tiempo, hablar era una temeridad. Era el reservorio de una muy trillada y especiosa caterva de histriones de la prensa que iteraban órdenes y regurgitaban mensajes en trompos de información, a los que llamaban noticiarios. Otro tanto, algunos diáconos de la ciencia o prestes de la iglesia administraban con recelo el misterio de la palabra. Se sobreentendía que la gente debía esperar alerta sus comunicaciones como se espera el deslumbre de una epifanía para si acaso tener algo que decir, algo sobre lo que pronunciarse. Y de llegar a hablar, la gente simple, se limitaba a hacer eco del estado anímico de la prensa o de estos embajadores que proveían en círculo y entre musitaciones el talego de la verdad. Porque era menester que la gente común no llegase a hablar. Debía estar proscrito para ellos hablar; sus “inclinaciones brutales” y su tozudez  sólo daban lugar a la habladuría y a la distorsión. De esos tiempos recientes aún queda la amarga sensación de la mordaza. Una muy sutil. Monotonal y gris. Un manto de tedio y olvido cernido para solapar la proscripción sobre los simples de hablar. Porque además de emisarios, los ministros de la prensa eran una suerte de censores para acordonar toda aquella voz que no se distribuyera de acuerdo a la perorata que operaba con desdén desde los prontuarios de sus agencias. Hablar llegó a constituir una proeza inalcanzable o una sanción terminantemente perseguida. Función de aquellos que se condecoraban de doctos, avezados, elegidos y, sobre todo, bien nacidos. Esta especie de Asunción volvió impresentables a las personas simples, o más todavía, los tildó de criminales, charlatanes, murmuradores, falsarios, y conspiradores. Paulatinamente, aparecieron como colgando de una rendija la charlatanería de los iletrados, la irrisión de las sabandijas, la escoria de la palabra ínfima y sometida, que no eran sino el vómito de la órbita agasajada. A la par que obligaron con duras maldiciones y convencieron mediante destellos, seduciendo con halagos a los simples a que creyeran que no eran sino eso, simples plebeyos, inferiores e inmundos, y que por contra, aquellos eran de una estatura superior y de un lustro irreprochable. Así la batuta de la doctrina quedaba en sus manos. Inexpugnable.

¿Quién dijo a la mujer que habíamos llegado hasta aquí y que ella debía esperarnos? La puerta cedió abriéndose lentamente hacia el interior. Ella leía, apacible, pero con un gesto de desfallecimiento dibujado en los ojos, cuando nos interceptó con una invitación a no dudar en tomar la estancia como descanso, pero aclaró que no estaba segura de que fuéramos nosotros a los que esperaba. Sin embargo, dispuso todo para recibirnos. Pronunció un nombre, con una suavidad taciturna. Nos dijo: así es como me llaman, aunque cuando se olvidan, despegan los labios con dificultad, y soy llamada con un nombre aún más inerme. Nosotros recordamos que tuvimos que haber hecho un recorrido largo para ser conducidos hasta este sitio, pero que recordábamos incipientemente, que estábamos en realidad aturdidos. Ella nos puso comida sobre la mesa y anunció que era difícil confiar, toda vez que la máquina hambrienta de lenguas mutiladas operó por demasiado tiempo, mientras comprobamos por sus palabras que la denominada Orden del Claustro no era un apodo incongruente. Se la notaba exhausta a la mujer, y nos indicaba que prefería hablar poco, que era agobiante lo que se decía sobre la enfermedad, cosas torpes y angustiantes que sembraban desolación y discordia, además de un clima de falsa confusión. De la Orden nos dijo no saber más que nosotros. Si acaso sólo resabios de un pasado atroz que ahora se dispersaban con antifaces menos ríspidos. Según ella, su apodo lo había granjeado porque propugnaba que la verdad liberaba, pero que la libertad la daba sólo si se habitaba al interior de los aposentos que la protegían y se obedecía a los varones a los que se les confiaba. Si era cierto que más tarde rescindieron de la ferocidad de las ejecuciones a cielo abierto, no fue porque abrazaran la compasión sino porque la libertad acorde a la verdad se volvió un escaparate de amenazas. La libertad podría ser repartida entre cualquiera, pero era un mandato obligatorio, una losa irrenunciable. “O se es libre o se está bajo amenaza”, “O se es libre o se está en contra de la libertad”, “O se conoce la verdad o se blasfema contra nuestra libertad”, “O se es libre o ningún destino conviene más que la cárcel”, “la muerte es la estancia más conveniente para el que abjura contra la libertad”. Pareciera como si se fuera prófugo de la libertad. La Orden nos trajo este estigma de la suspicacia, porque a sus ojos fuimos sólo eso, objetos malsanos de sospecha, nos contaba la mujer. Este exabrupto fue posiblemente lo que hizo que el nombre de la Orden se diluyera, pero que su poder se ramificara, y multiplicara sus cabezas. Se convirtiera en una pura fuerza implacable e inasible en la que acaso no pudiéramos siquiera pensar, porque su poder habría agrietado nuestras cabezas y nos fracturaba de cuerpo entero. Eso es: algo habría cambiado en su poder, llegando a ser nada menos que la fractura misma de nuestro cuerpo. Ahora este poder lo dilapidaba desde todos los meandros, desde sus apéndices y sus mentecatos, desde la fruslería y la diversión anodina, desde el mismo panegírico que promulgaba obligatoria la libertad. No es desatinado imaginar que el nombre de la Orden sea el de Libertad. Desde que se ha difundido que la enfermedad asedia el mundo, profería la mujer en una voz casi apagada, un tropel de resuellos llenan las calles, pulsados por la radio y toda suerte de pantallas y desplegados impresos. Pero la tensión, otrora sepultada, se volvió convulsa ahora que una estampida súbita de personas habla burlando el miedo. Todo aquello que es dicho, siquiera pensado, o reiterado en el incesante manoseo de una creencia, corresponde a un pensamiento que lo preludia, eso explica que el pensamiento sea una pasión, como las demás, inflamada por otra pasión. Y hablemos siempre tomando prestadas nuestras palabras, escuchando los pensamientos y rumiando las creencias de todo aquello que habla en torno nuestro. Que nos enciende una llama muy dentro de nosotros, y nos la apaga, nos la modera, y nos la exalta. Es así como cumple sus funciones de máquina el pensamiento: arguyendo pasiones, devanando otras, y haciendo pulular otras más. Las más elementales casi siempre. Como la inercia, el miedo y la ignorancia. Con lo que puede edificarse el santuario de todas las demás pasiones. Unas veces con la apariencia de un pensamiento desnudo, servido en la platea del lenguaje, y otras veces bajo el aspecto de la tribulación, de la adulteración. Quise reflexionar con ustedes todo esto porque la Orden tuvo a bien hacer las veces de esta máquina de espejos, y sus acólitos de este tiempo, sus capellanes y entenados, voceros y merolicos, contrabandistas que azuzan el charloteo, han querido hacer de fuelle que tenga a su mando el señuelo del pensamiento y las palabras, al igual que de las visiones y de los sueños. Ser su fuente predilecta. Si se puede, amoldando todo lo demás, o ignorándolo, o destruyéndolo. Para que de rigor, así sentida como íntima preferencia, nadie piense o imagine nada por detrás o fuera del pensamiento más piadoso y los vocablos y las muecas con que la Orden murmura sus recitaciones. Haciendo con ello que el pensamiento crezca, y se ensanche como una inflamación en la cabeza y en el pecho, que crezca como un tumor y se imponga. El Pensamiento inmenso, la vastedad del pensamiento. Y todos los lenguajes sean emulsionados y encuentren su maridaje en este Pensamiento. Por ser éste su sutil composición: a la manera de una deformidad siamesa. De igual forma su mansedumbre que sus esfuerzos de insumisión. Que ningún lenguaje se estremezca en la dispersión. La Orden nunca quiso ovejas extraviadas. Ningún lenguaje será anquilosado si encuentra su tónica en este Pensamiento. Su poder de decir será, en este Pensamiento, fraguado. Luego fagocitado. Siendo antes que nada el reino del ocaso. Inhiriendo su poder de los prestigios de la muerte. Donde el poder sea dicho y se graben los modos de decirse el poder. La posibilidad misma de hablar y de inquirir. Hasta habitar el corazón de la conversación. De las luchas intestinas. Lo que yo he querido provocar en ustedes es si todo este alud que ahora nos incita a hablar, en todo este radio donde se habla, desborda ese radio, y representa una avalancha y un desprendimiento, incluso, a toda la báquica licenciosidad de la que sus emisarios modernos se sienten orondos de pregonar, en contraste con la rigurosidad con que la Orden confiscaba, en otro tiempo por demás inverosímil, aseguran, los pensamientos. Tendríamos que desoír el engaño de ese arte del desgaste, que tanto le caracteriza, y que puede, con sofisticación, maniobrar para que hablemos menos de lo que antes nunca pudimos. No lo sabemos aún. Sólo sentimos que se habla con estrépito, imitando un febril torrente que hubiese empujado las alcantarillas del subsuelo. Normalmente, cada de que se agrieta ese radio del Pensamiento, todos los monstruos de los que éste ha defendido la prosapia de su poder, sacuden, en un remolino con reverberaciones insospechadas; hablan, toda la escoria de los inferiores; es del estremecimiento del que les he mencionado ya antes, es la dispersión del pensamiento.

            Íbamos pensando en todo esto no sólo como si permeara una permisividad sin precedentes sino que, además, un borboteo inaudito, un magma de sentidos agobiara la atmósfera, con el que, indiscutiblemente, las masas de personas tuvieron material para bordar sus pensamientos. De repente hablar dejó de ser el diminuto archipiélago mercenario y de bandidaje, por un lado, y la excusa clandestina y plebeya de las mayorías, por el otro. Pero esto exacerbó las glosas. Soliviantó los ánimos. Y precipitó una descarga de entramados de la manera más tendenciosa. “Nosotros ejercemos el oficio de la verdad”, entre codazos marrullaban unos. “Nosotros ejercemos el oficio de la verdad”, despotricaban otros. Unos restituían su negativa a hacerse llamar de la Orden del Claustro, afirmaban sólo respaldar su feudo con su antigüedad ecuménica en la escena de la verdad. Los otros eran vistos como advenedizos, con recelo y repulsión, pues, según esto, nunca forjaron un orden que les amparara para hacerlos depositarios de alguna confianza, y su “cochina” verdad sólo bastardeaba el oficio. Mientras aquellos invocaban una necesidad de hermetismo, para el que lógicamente, era menester variados ritos de iniciación; los últimos, se esforzaban por romper diques y cerrojos, y por rasgar los velos. O la verdad emana de una trama de iniciados o no concierne sino a historias falsas y berreos, aducían los primeros. O la verdad se extrae desde la justicia que atraviesa los velos o no es sino embadurnar más las estafas y los miembros gangrenados tras el tinglado de las sombras, asestaban los segundos. Éste constituía, quizá, su mayor distingo entrambos. La mujer hacía muchas pausas mientras nos contaba, volvía a aducir su cansancio y recuerdos borrosos. Inclusive, nos mencionó la aparición de un hombre de rostro pálido y ojos crispados, vacilando en sus pasos, que imploraba: “no crea nada de lo que alegan los que custodian con los dientes aquellas palabras que consideran un tesoro”. No era casual la secrecía, ni la censura derivada, entre los de la Orden, pues éstos se andaban entre murmuraciones, remilgos, apropiaciones, traveses, escandaleras, segregaciones y todo un rubor palaciego en el que aliñaban la verdad;  y fustigaban con saña al desacatado. Con el paso del tiempo, para la Orden, sin proponérselo, ponderó el afeite y la fruslería. Sus pronunciamientos, a los que asumían apodícticos, eran una operación de escondrijo, de veladura y de sellos. Siguieron una ruta de publicaciones copiosa, a lo largo de siglos, pero empañada de misterio y prevaricación. Erigieron monumentales instituciones, artillerías de conocimiento, voceros, escuelas para ocupar el Estado y corporaciones para capturarlo, cabinas, panfletos y editoriales a través de los que se diseminaba su sistema, el esqueleto de sus dogmas, sus costumbres, y, una rara argucia de inseminarse con contradicciones un tanto oblicuas, para crear complacencia entre las multitudes, criadas a su manera, reposadas en pasiones edulcoradas, que a menudo se encienden ante excentricidades de disenso, aunque sea sólo fingido, de modo que pronto pasaron a practicar con asiduidad la veladura, lo lóbrego, la persecución del plagiario; el fingimiento se volvió imprescindible, jugarle al inquisidor de documentos, a escudriñar cada palabra y clasificarla, azuzar una sombra de murmuraciones, y quemar al murmurador e insurrecto. Profunda, arcana y secreta, la verdad para ellos acabaría enfundándose de vanidad y frivolidad. Por eso unos los conocían como “filibusteros de la verdad”, porque la congraciaban entre amagues y múltiples rapiñas, y otros los identificaban como “proxenetas de la verdad”, pues entre soeces flirteos y cotilleos crematísticos y criminales la apalancaban.

La bruma de rumores que se había esparcido para cuando nosotros llegamos esa mañana de otoño, sumergía nuestras palabras en un terreno demasiado cenagoso, haciendo de ellas una especie de mímica pringosa, vertiginosa a la vez, pero lenta, chiclosa, aturdida. De pronto nuestras palabras habían dejado atrás todo aquel espesor del que la Orden les creía dotadas. Ahora sólo se las sentía en los labios, humedecidas con saliva si acaso. A veces era la única sensación, y nos desconcertaba. Definitivamente nuestras palabras podían ser turgidas, pero eran lo menos pletórico que existía. Llegaban como en tropel, sacudiendo aquella antigua comunión con la Orden. Era la experiencia atribulada del tiempo escanciando nuestras palabras, hiriendo nuestros cuerpos cuando hablamos, desdoblándonos en farfulleos, alaridos, vociferaciones, aullidos y rumoreos. En verdad, hace no muchos siglos, un cofrade de la Orden, que tuvo a bien increpar a la Orden en numerosas ocasiones, pero sin conseguir separársele del todo, decía que dado que el tiempo era humano y la eternidad era de Dios, el lenguaje era necesariamente inconcluso, y estaba forzado a entrar en escondrijos a veces sin salida, a desdecirse, a fragmentarse, a dejar lagunas a su paso, a malograr su sentido a cada tanto y nunca abarcarlo todo, y reiniciar la marcha, para rumiar todo de nuevo, como si nada se hubiese dicho, pero en un incansable afán por decir; en cambio la palabra divina, debía suponerse, acontece de una sola vez y para siempre, con un sentido absoluto, sin grietas ni percances. Para este reputado cofrade de la Orden, lenguaje y tiempo se entrelazan y se confirman, y hablar es ineluctablemente dejarse afectar con retazos de tiempo, de ahí que no sea ninguna vanidad la tentativa, el esfuerzo por decir todo lo que se quiere decir,  todo lo que el querer no sabe que quiere decir, toda esa demasía, y lo que sabe que no puede decir, con satisfacción. La única conformidad que tenemos con nuestro lenguaje, es estar alejados de él y de su dominio. Pero igualmente abismados en un lenguaje inveterado, del cual, nos asombra que no podamos escapar. En el magma de un lenguaje que no lo llena todo, ni lo abarca todo. Pero que a menudo provoca la sensación, bochornosa, de que nada hay fuera de él. El lenguaje de la Orden, que por siglos pretendió consumar toda la obra de su poder, agotar todo lo que ese poder podía en cuanto podía pensar o decir, hacerse de todos los huecos y llenarlos en un gesto bombástico de su poder, subrepticiamente experimentaba un desmoronamiento, que a su vez era incipientemente aprovechado para que su poder no se escapara por el tubo de la cañería. Al tiempo que los de la Orden refunfuñaban acusando que sobrevendría un cataclismo, que estábamos próximos al fin, que la enfermedad, que se contagiaba como el fuego, cobraría vidas innumerables y que se extendería insólitamente por la impericia de los necios; que el deturpe de las palabras por parte de los forajidos, los ignorantes y levantiscos, sólo ahondaría la impiedad, y advendría la muerte, cabalgarían los jinetes de la muerte, sin coto ni límite, embravecidos, a causa de la estupidez de los beocios. Se les estremecía el corazón a los que siempre consideramos taimados volatineros de las palabras cuando constataban que la verdad se les rehusaba y que no sería conducida ya por ellos. Entonces desataban una tromba de sevicias. Mandaban hacerse manicura aserrada para hacer jirones las palabras que atentaban contra su liturgia. A toda prisa sus amanuenses escribían improperios, palíndromos, muecas salaces y propalaban sus animadversiones en tono profético, intimidatorio. Hacían tronar un pandemonium de amenazas.

           Con un ritmo tenue, casi insensible, la mujer adoptó un tono cada vez más punzante, y su semblante adquirió una belleza táctil, mineral, que era indistinguible de sus palabras. Era presumible que su boca exhalara un suave olor a sándalo. Nada había, en el plano de lo concreto, ni siquiera los profundos suspiros, que la hiciera vacilar: el cielo se había enrarecido con un hálito beligerante, que provenía de ese hostil vaivén entre el “chismorreo” y la “verdad probada”. Se puede decir que la prensa en su conjunto, con extrañas salvedades, por años, había fungido como marioneta o soldado de la Orden. O más bien, que hubo heredado la estafeta y el liderazgo de la legión de la guardia que escoltó a la Orden. Vástagos mimados de la Orden, se erigieron, pues, como vigilantes, veladores, con pleno derecho. Y por lo mismo, como verdugos de los díscolos que “confabulasen” sembrando la disidencia. Las harpías de la prensa, de talones afilados, habían tenido a su cargo el vilipendio, la maquinación, y a menudo la desaparición de los irreverentes. Pero sobre todo la entronización de la “verdad probada”. Surgieron inmediatamente como comisionados para orquestar su leyenda. Hasta el punto de que se volvieron indiscernibles las proposiciones de la prensa con las posturas de la Orden. Con cierta socarronería se le ha llegado a identificar como la “liga nacional del crimen”. Caracterizada por su voz voluminosa, aplastante, con ínfulas almidonadas de omnipotencia. Adicta a la sospecha. Y todo lo que no constituyera sus líneas de comunicación era sobajado a simple barullo, una vocinglada de mentiras. Asolados por la fiebre que había venido con la epidemia, la burbuja de susurros y albures se había vuelto incontenible, había crecido tanto que un nuevo oleaje de peligros azotaban a la verdad de la Orden. Los diarios no toleraban que voces extrañas al cónclave incursionaran en la confección de la noticia. Nunca se los había conocido posicionarse con aquella agresividad. Era notorio que desesperaban ante aquel temible arrebato. Los que habían sido hasta hace no mucho calificados de “pequeños diletantes”, o incluso “insectos de la palabra”, y que se les tachó con anatemas que satirizaban sus palabras reduciéndolas a minúsculos rumores, o se les había silenciado o exterminado. Les despreciaban como advenedizos trepadores y supersticiosos; ajenos a la estricta tradición de vicarios en que la Orden había formado a sus secuaces de la prensa. La verdad se desparramaba, pues se volvió flagrante que aquella verdad soberbia, era apenas, verdad de la Orden. Una transacción cupular, aerostática. Una dupla de halagos y canonjías. Para la Orden era un incómodo devaneo que voces ajenas tuvieran el atrevimiento de prorrumpir con otras apuestas. Equivalía a husmear, a lanzar esputos en las aguas claras del río, a profanar el honor de la “verdad probada”. Pero también su cuerpo de mujer incólume y casta. Bajo la conducción de la Orden y sus acólitos discipularios, siempre fue de suma importancia estos roces entre la verdad y la mujer intacta. Veritas y pulchritudo se emulsionaban en la misma tinaja de la pudicitiam. La polución y la sombra, no sólo causaban recelo, sino la distorsión propia de la enfermedad (morbus), la contorsión de la fealdad (turpitudinem) y el espanto (timore). La mendacidad (mendacium) se engendraba como producto de arrastrar la verdad y someterla a las caricias de la sodomía: es su inversión en meretriz. La verdad doblegada y arrastrada en manos de plagiarios. La Orden se servía de la mofa como mueca predilecta para sobajar el estruendo de las voces que alentaban el desafío. Entonces los diarios arreciaban con una salmodia de ataques, de rencillas, llenaban su buche del odio de sus vísceras, escupían denuestos, admoniciones. Este era su atávico castigo. Revolcar la desventura y hostigar con lo funesto. La expansión de la enfermedad y la diseminación de la muerte les excitaba. Se les veía con la cabeza escondida, asomando sólo las lenguas puntiagudas, lúbricas, retorciéndose, cada vez que se hacía un conteo escalonado de fallecimientos. Se acicalaban las garras en el desastre. Había que sacarle el mayor de los réditos, al desastre, a la destrucción, a la ruina; sobre los escombros y el humo de la sangre derramada la Orden ha visto siempre un caudal de prosperidad. Es el meollo de su doctrina. Mas si no es el desastre el que arrasa, hay que inventarlo entonces, que la crisis sobrevenga y devaste, hay que desatar a las hienas para que cunda el horror en la piel. Es la ciencia del periclitar imperativo. Cada mañana sus emisarios se encargaban de urdir un escándalo, acechando la llegada atroz de la muerte con ovaciones. Entreverando ciertas rimas de lamento e infundio, alzaban la fetidez de los cadáveres. Empezaron no sólo a saquear las tumbas sino a embalsamar con limo y heces a los vivos. Que escociera las narices la peste de la muerte, que partiera las tumbas. Que los muertos desfilaran entre los vivos confundiéndose. Muertes impalpables,  instigadas por una fantasía carnicera. Muertes inatestiguables. Estos vesánicos sepultureros merodeaban hambrientos y frotaban sus vientres venéreos contra los hoyos de tierra vacíos. Las fotografías que se retocaban para que los pasillos de los nosocomios instalaran el desamparo, la desolación y la muerte irremediable. La prensa abanderó las truculencias de ultratumba. Rebobinó y replicó hasta el fastigio la cacofonía del peculio que engorda a los ministros de esta necrópolis sin fosas y de fosas sin despojo. Teatralidad especulativa o fábrica de occisos. Morgues retratadas como almacenes de cadáveres ocultos; médicos sádicos profanando los cuerpos, hurtando los vestigios de sus huesos; operaciones tétricas a cargo del Estado adulterando las cifras de los despojos. Porque la realidad de la muerte sólo se palpa con el dolor, ¿no es cierto? La ausencia que acompaña a la muerte sólo puede tocarse por el desgarro de dolor que produce el recuerdo y la fantasía. “El recuerdo y la fantasía”, repetía la mujer suavemente, entre los dientes, extraviando la mirada. Y retomaba el curso: así lo hacían, con un regocijo que sacaba a la luz sus encías bruñidas del brillo de la lascivia. Embalsamando su fantasía en la pira de la atrocidad y de lo fútil. El tablero de juego de esta prensa adicta al sarcoma, en los días que transcurren es una suerte de conflagración que irriga la fantasía y que atiza el desgarramiento de la pérdida. Aunque los muertos no existan. Para que existan, para que borboteen. Para que se apiñen por montones retando a la mirada. Ha llegado el punto en que se vuelven irrelevantes los restos cadavéricos a menos que solivianten la fantasía y ayuden estofar la maraña del dinero. La desgracia de los otros es transformada en gelatina mórbida por las encías desdentadas de la máquina de prestidigitación. Intrigas y apetitos componen las suculencias mortuorias para esta fantasía del esperpento. Y el corifeo de la prensa celebra así todo remedo de muertos hasta trivializarlos, vueltos ya en artículos célebres, enseres descompuestos, mercadería de divulgación. “!!Muertos, muertos, muertos!!”, mascullaban estos adoradores redomados de la muerte. La fantasía de su apetito les ha sorbido los sesos hasta hacerles creer que esta muerte vuelta vejación especulativa saldría de su carácter yacente para colmar su glotonería. En seco, la mujer detuvo su relato, sus mejillas se humedecieron de lágrimas pero sin llanto; los sollozos que se escuchaban provenían de otro lado, quizá de la habitación contigua, pero no pudimos saberlo. Ya pueden ver ustedes que las lágrimas corren solas, he llegado a presentir que la muerte es de todos, que todos morimos y que todos estamos muertos al lado de los dolores que yacen con los muertos. La muerte, que sabemos pública, y que no puede ser sino pública, es atrapada y revertida en lucro privado, como obsesión venérea y contumaz, hurgando el morbo del cadáver como hurgar su carne lívida, para llevar, envanecida, sojuzgada, mercantilizada, la muerte hasta la butaca del deleite constipado por los buenos modales. Yendo más lejos, para esta prensa de la podredumbre, el despojo mortuorio, que es dolor público, lo estabiliza y lo traslada al orden de lo comunicable como contigüidad de lo vendible. Nada público nos es ajeno, pero por esa razón, tampoco puede eximirse de ser tomado y escrutado. Desesperada, la prensa se apropia, aunque exiguamente, de la imposibilidad de que el despojo exangüe no sea tomado, escarbado, revuelto, bajo el modo de la mercancía, ofreciéndolo, con ayuda de su panel de espejos, como la muerte en sí misma, embadurnada de sangre, chorreante, ofrendada como trofeo, cual estatua monumental de poder. Una insignia de poder, lista para el intercambio y el contrabando, circulante en el tráfico de las transacciones. El medio que más fascinación acumulara en torno al dolor de la muerte, más cotizaba en la bolsa. El dolor de la muerte, difundido como aparato de artillería publicitaria. Un traste fiduciario: la muerte. Los circuitos de la prensa que controlaba la Orden, impresa y televisada, se habían convertido en un tráfico de cadáveres y una vitrina de contagiados. Era inevitable, esta prensa se había infectado de aquello con que alimentaba sus alegatos y su desprecio. Ahora falseaban a sueldo, retorcían, enredaban, vituperaban. La “superchería” con la que habían acusado de “innobles plagiarios” a sus enemigos, reventaba las secreciones de sus páncreas.

                En tiempos como estos habría que saber recordar, proponía la mujer, que en los albores de la Orden, la verdad que anunciaban sus amanuenses y sus voceros, exigía de genuflexión. El miedo que inspiraba pensar en la advocación de una verdad-meretriz y el castigo de que se componía la violación, inclinaban a casi cualquiera a la obediencia. Porque a los falsos promulgadores, violadores y execradores, se los liquidaba. Después, la Orden tuvo aliados a conveniencia, para los que el miedo no fue suficiente, sino lo pecuniario, y se convirtieron rápidamente en amanuenses a sueldo, propagandistas, periodistas, escritores profesionales, cineastas, fotógrafos, juglares e intelectuales. Rompieron el oscurantismo del miedo a la transgresión, por el esoterismo del dinero. El dinero,  que envuelve en una espiral de decadencia lo que toca,  para someterlo y dejarlo como un cascarón vacío, sólo tiene probidad cuando con un aura de utilidad infinita se lo siente arrullado. Cuantos más bártulos, legajos o efectos que azucen la avaricia, el dinero será más venerado y codiciado. Insuflando por su parte el cretinismo más avieso y la más cínica lambisconería. Y por qué no, si “nada hay que se esconda al dinero, si el dinero puede atraerlo todo, desvelarlo todo, desdivinizarlo todo, no hay secreto que se le resista”. Aunque la fuente del dinero, su valor específico y mordaz, su petulancia, sea el secreto. En virtud del dinero, el secretismo de la doctrina de la verdad pasó a ser parte del abigarramiento publicitario. El secreto, el aire sibilino, se propaló en lo público, pero sostenido por el dinero. Con lo que la verdad se abrió paso como doctrina pública. Pero para que el descalabro a la Orden, cuya monserga predicaba tras las espesas cortinas de lo enigmático, lo impenetrable y profundo, no rasgara sus velos, el dinero se hizo no solo necesario, sino recipiente de las voluntades. La “verdad probada” tuvo pues su precio. Y la gente, aglomerada en grandes masas, en un asiento abullonado con una mano en la frente como visera, miraba; tenía que pagar su pequeña cuota si es que quería atestiguarla. Más exactamente, si quería no ser “transtornada” y “engañada” por el cúmulo de “rumores” que se hacinaban en torno, liberada del chisme y los estribillos de “falsarios”. “Lo que puede mirarse desde aquí, desde este ángulo concreto, mediante un agostamiento del espacio y una compresión absoluta del tiempo, es lo que ocurre en la lejanía que la mirada no puede alcanzar”, “ese maravilloso acercamiento hace que el ángulo se rompa y brote la verdad probada, proporcionada por nuestra maquinaria”, “abriéndose la visión, la comprobación, la testificación de la verdad sin limitación ni restricciones, contra la mancilladura del rumor de la plebe”, “la verdad probada es, pues, indiscutiblemente, una proeza de nuestros instrumentos deslumbrantes”. Cada compromiso que se contrajera con el artilugio de la verdad, al mando del sínodo de la Orden, en su mayoría periodistas, varones de letras, juristas y hombres poderoso de variado pelaje, ya era un casus belli registrado contra la ignorancia y una asunción de las funciones de velador y vigilante empedernido de la verdad. Médula de la verdad como doctrina, fue el que la gente cualquiera pugnara como litigante contra el farfulleo. Y arremetiera contra la ignorancia. Crédula, que asumiera la función de ese cargo, de librar la batalla contra la ignorancia, pero sobre todo, de hacerle la guerra a los intrusos que deliraban con hacerse de la verdad mediante revueltas y usurpaciones. La gente entendió que había que constituirse en defensa predilecta de la “verdad probada”. Se hizo sentir que la cruzada contra la ignorancia no era ya una llana empresa auspiciada por la Orden, sino comandada en especial por la turba de gente, para su beneficio. “La ignorancia es la carga más pesada. Pero quien la lleva no lo sabe”, se debió volver un proverbio de uso corriente. Lo que no fuera “verdad probada”, proporcionada por la Orden, deglutida por la Orden, mendrugo de la Orden, debía ser desechada y exterminada. A fin de cuentas, toda esa pasión por la trampa, el balbuceo, el abuso, la fullería, la habladuría, la anarquía, era lo que debía desollarse y extirparse de las inclinaciones de la plebe, de la mano de la misma plebe. Ese túrbido afán por embrollar, según los entenados de la estirpe de la Orden, tan propio de la brutalidad de las masas, que tenía la osadía de presentarse como auténtico, revocatorio y rebelde, debía desenmascarse de mano de la misma gente, en concordancia con preceptos de la Orden, porque la insumisión había engordado como un mantra de mentiras y marrulleos. Se había esparcido como una gresca del lenguaje. Masculladuras infames, levaduras verbales, volutas vanas que excitan la sorna. La Orden ha llamado “fábulas de la palabra” a toda esta anarquía porque, de acuerdo a su solemnidad para sopesar “lo que sucede en la realidad”, esto ya no era sino fingido por las palabras. No era pues un mero atavío el que la existencia de la Orden se negara con más vehemencia. “No es que exista algo como la Orden, hemos recorrido un camino accidentado, en el que las masas toman el control de la verdad y de lo que les atañe saber”. Por estos tiempos la existencia de la Orden llegó a ser vista como un espectro del pasado, un vestigio anodino, y si acaso, no había más abismo que separara los intereses de la Orden, de los intereses de las masas. Razón de sobra por la que la gente común se tomó muy en serio y personificó la batalla contra la ignorancia y su expresión epigonal: el embuste de los cuchicheos. “Todos contra los degeneradores de la verdad, crapulosos jumentos”, coreaban dándose de empellones. Mas, cuando la Orden fue tocada por la desgracia, y entró en una cierta crisis irreversible, de las múltiples en que ejercita sus prácticas hematófagas, se hizo palpable que la jerga del chisme, el espionaje y la conspiración, tan recusados por la Orden, ponían de relieve no simplemente lo que la Orden condenaba de sus detractores, sino la argucia con la que la Orden se hacía de sus chapuzas, se deslindaba de enjuagues, reptaba entre la bulla, enviscaba sus celadas, y presumía incólume su prestigio. Era la perorata que hacía las veces de muleta para la verdad. La clandestinidad fue, pues, en todo tiempo, la convulsión; y la falsificación, una emboscada que traficaba con la codicia de una verdad impoluta, indefectiblemente la verdad de la Orden. Fue la Orden la que puso en un principio en circulación la ponzoña de la insidia, las acechanzas del engañador, las trampas del antagonista, la traición del cismático, con la ambición de una verdad recalcitrante y casta. Este vocabulario fue confeccionado a la medida por sus rétores y sus filósofos. Así el chantaje, la prohibición, la persecución, era inevitable que se convirtieran en el proscenio de una verdad que tiene sus propios capataces, sus expedientes, sus peritos y sus gendarmes. Ya dijimos que la verdad para la Orden se hizo objeto del fervor, y se aposentó entre los emblemas de lo virgíneo, lo alabastrino y lo puro. El culto a la verdad, con todo y sus ceremonias universitarias, librescas, periodísticas, científicas y religiosas, se encaramó en cenáculos de gente atufada que prefería la penumbra. La Orden no es conocida porque no se deja conocer. Se la conoce porque no se deja conocer, porque impugna su propia existencia, porque nunca está donde se la señala, y porque no hay reclamo de credibilidad más sediento que el suyo. El único espectáculo que brinda es el de la impostura: gozando de ubicuidad se sustrae de todos los espacios negando su existencia. “La Orden no existe”, “¿Cómo habría de existir la Orden?”, “es de conspiracionistas fantasiosos creer en la existencia de la Orden”, “en todo caso la Orden no somos ninguna de nuestras cofradías, ninguna de nuestras corporaciones bancarias, ninguno de nuestros consorcios”, lo que existe es la verdad, y como se dice que la verdad es enunciada por todos y jalonada y reñida y escupida y sembrada como arma y hurtada y soterrada y desnudada por todos, “a nosotros nos mueve la verdad, nuestra voz es la voz de la verdad”, “¿No es acaso lo que ustedes anhelan: la verdad?; nosotros les hemos dado la verdad y nada más”, “nuestro emporio es para que la verdad sea dicha y garantizada”, “es un negocio securitario para la verdad”, “no, la verdad no está a la venta, lo que vendemos es la posibilidad de asegurar que sólo la verdad sea pronunciada”, “los que maltratan la verdad son los revoltosos, que quieren la verdad a toda costa y por eso se la arrogan, la enturbian, la ensucian, cuando nosotros hemos despachado en el tribunal de la justicia, dirimiendo casos graves de verdad manchada, custodiando la verdad inmaculada”, “hay difamadores por supuesto, los que arman tumultos para apoderarse de la verdad”, “lo que más desean saboteando la verdad es drenar la libertad”. La consigna que tuvo la Orden fue negarlo todo. Fue así que pervivió, —-atravesando cualquier impedimento—, como el macilento poder de la negación. Alegado como inocencia. Esa habrá sido su mejor defensa. De modo que los que intentan delimitar su poder, o perseguir sus felonías, jueguen en la red de una trampa, un papel delirante y persecutorio, obcecado, fútil. Y los aludidos que caigan incriminados en el camino, se exoneren de sus vínculos poniendo rostro de humillados y ofendidos, y devolviendo la acusación en contra de aquellos que cuentan entre cerriles enemigos, se apoltronan como bastión antagónico del crimen. Una muy refinada hipocresía les precede, adosada en su cantera del Derecho y penalidad. Se trata de la mordedura del círculo. O del veredicto sentencioso de su ley. Acicateada y vuelta designio por la ralea de emisarios de la Orden.

Espontáneamente la mujer tuvo que levantarse y cubrirse el rostro. Prorrumpiendo con un atisbo de ansiedad declarado en sus ojos yertos, externó: se dice mucho acerca de la verdad y acerca de la mentira. Pero la verdad es lo último que les importa. Se lanzan conjuras e imprecaciones, se repite la palabra mentira, hasta causar náuseas, para que la verdad tenga mártires, y enarbolar el exterminio de sus enemigos en su nombre. De pronto, con esfuerzo, la mujer quiso recordar el título de un libro; se interrumpía dando vueltas alrededor de la mesa, decía que era importante, pero que por ahora sólo venía a su memoria la silueta de un libro muy viejo, uno que había conservado hasta que un grupo de asaltantes irrumpiera y secuestrara los libros de cierto talante para quemarlos. Se escuchaba crujir los dientes de la mujer cuando se refería a ello. Unos granujas que se autodenominaban decentes y piadosos, se habían reunido en las plazas para execrar los libros que abrasaban la tentación en sus páginas. Según predicaban, el propósito era prevenirnos de la mentira y acompañarnos en atravesar la espesa selva del engaño a que conducían los libros infames y los líderes obtusos. Penetramos tiempos oscuros, era lo que decían, en que se hace apología del vulgo y de los excesos de que es culpable, se enaltece su suciedad, su ignorancia, su perfidia se concilia, su lujuria, junto con su estupidez para reírse de sandeces y creerse de todo se glorifican. No permitiremos que la peste del pobre y el surco de su ignorancia nos sepulte a nosotros que somos de buena posición y que Dios nos asiste. Sólo en la cabeza de un inepto cabe que habríamos de descuidar la grandeza de los valores que por siglos, gracias a que se amasan en nuestras manos, hemos hecho prosperar. Concederle un ápice de poder al pobre ignorante, con su incontinencia y avidez, que sólo alimentan su estulticia, es zanjar el camino para aprobar el gobierno de la superchería. Para ello, —continuaba la mujer—, el grupo de truhanes que abominaban los libros, exaltados por el frenesí, destruyeron todo, enardeciendo con efigies de vírgenes e invocando la pureza de la verdad. Ya que ni un solo libro que espetara su procacidad contra el rostro ebúrneo de la verdad sería objeto de bienvenida. Nada parecido se había vuelto a ver en cosa de un siglo. Que asaltaran así, sin escrúpulos, con motivo de que las enseñanzas de ciertos libros fueran olvidadas. Muy estremecida la mujer, sin dejar de rodear en círculos la mesa, tomó una fuerte bocanada de aire, si acaso pudo rescatar de la mancha del olvido para nosotros su frase predilecta de aquel libro: “Ahora vemos a través de un espejo, veladamente, en enigma”. Es presumible que palabras como éstas pusieran a temblar a la Orden, hemos de reconocerlo, a pesar de que las profiriera alguien muy encomiado por la Orden en otro tiempo, porque sin proponérselo ni mucho menos desearlo, auguraba que el embuste ebullía como reflejo de la verdad, un reflejo que atrapaba al que tenía la osadía de caminar en esa vereda hecha de espejos. Como si no pudiera tener escapatoria todo aquel que encumbrara la verdad de esa manera. Un artilugio de reflejos. Un nicho de hechicería. Un precipicio peligroso. Esta verdad consignada a las sombras, a la celada, el escondite, y sus custodios que la preservan de la charlatanería de los espejos, la falsedad y el oprobio de las marejadas de susurros y murmuraciones que provoca en torno a ella. A reserva de la plebe. Se encuentra con que, al igual que la morada inaccesible de aquella deidad antigua, secreta y a resguardo de los legos, esta verdad que forcejea con sus espejos, yace vacía, no esconde nada sino su codicia y la vergüenza culpable que le produce este vacío. Y que sin embargo tiene que ocultar, que no puede dejar al desnudo si lo que procura es hacer de esa verdad el núcleo de sus pretensiones de embalsamar su poder. Y si descorriéramos el velo, y si viéramos detrás de este desbarajuste causado por reflejos, y si nos asomáramos más allá del rumoreo en los entresijos de la verdad hecha enigma, y no encontráramos sino una mueca rígida, y el choque de más reflejos desvaídos, pero eso sí, transidos de ambiciones desenfrenadas, nos convenceríamos que esta verdad promulgada por la Orden no es sino el mayor de los embustes. Por si fuera poco, que una verdad ataviada de solemnidad y tremendo fausto no ha sido de mayor utilidad sino para bautizar a la plebe, ultrajarla, designar la bajeza, y mantenerla acallada, intimidada, acobardada. La mujer detuvo su marcha en torno a la mesa y retiró los mechones espesos de cabello con los que había cubierto su rostro. Dijo que estaba a punto de ya dejarlo, que pronto no podría proseguir. Hizo señas con las manos de cierto desgaste en sus palabras. Sólo añadió: nadie se hubiera atrevido a negar que la gente ordinaria, a la que llaman escoria, por ser la que entabla tratos carnales con el enemigo más aborrecible de la falsificación, es al mismo tiempo la que enzarza el rumor y hace hormiguear la mentira. Sus inclinaciones desmedidas al vicio no le permiten tomar otra dirección. Nadie negaría, porque nada había con mayor importancia que empujar el consenso en torno a ello, que las masas actúan de acuerdo a que se les engaña con meridiana facilidad. Tropiezan con un emblema que las seduce y corren detrás de él, como vendadas de los ojos. Lo pueden ver ustedes, se asegura que nosotras las de la plebe tenemos un instinto fanático, que nos atenaza a todo lo bajo, incluida la resistencia a la “verdad probada”. Por ello la propensión a que los “líderes falsarios” nos encorseten livianamente a su rebaño. Y en masas nos arrastren, ensordecidos y sonámbulos por su vocabulario incendiario y redentor. Así se asevera que acontece. La gente ordinaria queda ensortijada a su “verdad cochina” como un objeto de lujuria que deforma a manoseos para de tal suerte atraer las voluntades de los más incautos y subyugarlas al grosero capricho de las masas. A ello se debe que la Orden embistiera tan viperinamente contra la plebe, que a trompicones entre multitudes pertinaces tenga, la muy blasfema, el descaro de atribuirse verdad alguna. Ante esta “verdad grotesca”, consorte de la falsedad y aborto de burdel, sólo se prosternan las masas. ¿A quiénes sino a la plebe podría la lujuria inducirles a hollar la verdad? Se atropellan abalanzándose. Son ellos, qué no, los que arden engolosinados en los vicios de su cuerpo, la glotonería, el apareamiento y el pillaje. ¿Qué no hacen con la verdad siendo como son conducidos torpemente por este deslizadero de lubricidad? Son ellos, qué no, los proclives a embriagarse inmoderadamente y apalancarse en el farfulleo. Son ellos los que tienen por dios a un papagayo. Además, poner en riesgo la verdad, afirman los que niegan efusivamente la existencia de la Orden, comporta hacer peligrar la libertad. Y a eso nadie debería estar dispuesto. La libertad es la prueba contumaz de la extinción de la Orden. Pero es incontrovertible que la libertad jamás abrigará la palabra de los brutos, sus chanzas y clamoreos, que parodian la ley y se ufanan del torbellino de sus ocurrencias. Nos han querido entregar la certidumbre de que la libertad sólo puede residir para aquel que profesa la verdad y lo hace al interior del recinto de su ley. Afuera sólo es trastabilleo, matraquería, murmullo y en último término, blasfemia. Una borrasca calamitosa. Cuentan que por fuera de la ley sólo se escuchan voces enredadas que a hurtadillas hablan, voces en destierro que desacatan la severidad de la ley e intempestivamente arrancan la palabra, o sea que hablan con una palabra robada, criminal, por eso es que arrojan eructos y balbuceos, equivocándose constantemente, contaminando el aire de rumores, trastocando con imágenes irrisorias, revueltas, impías. Un chiquero inmundo. Sí, porque, a todo esto, se conjuga la bajeza de la embriaguez, las agruras y el servilismo de sus dichos. La ley se hace obedecer o se queda a merced del jadeo y los rumores incontrolables. Aquí nos hemos percatado que, si bien el miedo es una percepción anticuada de la ley, la ley se ejecuta como disolución del miedo, o para decirlo con mucho mayor acierto, como disolución de la ley. Y que la amenaza flamígera de su cáscara tangible llega a ser las más de las veces obsoleta. Sus recursos se despliegan por lo que toca a la percepción de un muy renovado traje de benignidad ilimitada, que obliga a percibirla como imperceptible y al mismo tiempo como recusable. Es como si hubiese sido destronada de su solio, despersonificada, y su aparataje represivo se hubiera ablandado, volviendo olvidadizos a sus súbditos de que su ejecución es inquebrantable. Se diría que la verdad de la ley se percibe a manera de incertidumbre, de tal suerte que puede caber la sensación de que hay impedimentos para que se cumpla o que puede desdeñarse su cumplimiento, sin no obstante percatarse de que en su incumplimiento, la ley relumbra como ineluctable. Otro tiempo hubo en que el filo de la espada nos persiguió en nombre de la ley. Actualmente la ley se consuma permitiéndonos escapar de ella en nombre de la libertad. La aventura de la ley es la libertad. Aunque la libertad sea apenas lo que gotea por un embudo de cuello ancho. Vean ustedes, es casi constatable que la atrocidad de, se diría, la figura inexorable de la ley agoniza, pero en repetidos reveses se nos confirma que la atrocidad coagula inexorable del lado de la libertad. Rehusarse a la libertad o impugnar que la ley es la única dispensadora de la libertad, es en sí misma la tiniebla del castigo. Para la gente ordinaria ceñirse muy devotamente a lo que está proscrito para ellos, es lo que mayor satisfacción trae para su libertad. No en andar enzarzando la palabra y engatusando al populacho. Su palabra debe ser muy humilde y temerosa, en especial para la plebe. Que se encoleriza rápidamente, y se enreda en galimatías, esputos y la anarquía del pensamiento. “Sé libre, adhiérete a la verdad de la ley, adhiérete a la ley hecha verdad”. “Escapar de la ley es parte de tu libertad, pero no podrás escapar de las masculladuras que someterán tu libertad privándote de la verdad probada”, “O repones la ley o incurres contra el predicamento de la libertad”, “La libertad ordena: sé libre, la verdad apremia”, “No es posible acariciar la libertad si la palabra es baja y bestial como la de la chuzma, que en vez de asirse a la verdad, se entrampa en regurgitaciones”, “Se es libre acaso si la palabra bestial es su propio túmulo”. Los labios de la mujer, que eran de un tono bermejo, palidecieron y se tiñeron suavemente de violeta. Se le escuchó decir para sus adentros unas cuantas palabras ininteligibles, después siguió contándonos: A estos tiempos aciagos de enfermedad se le han asociado todos los vaticinios. Nunca tantas anécdotas, tantas fábulas, leyendas, cuentos, interpretaciones, críticas; nunca la ciencia había proveído tan a sus anchas, nunca la gente ordinaria había sentido en su carne el torbellino incontenible de hablar, nunca la prensa había podido elegir entre ser veraz o mendaz sin peculio como carroña para amancebarse, nunca. Sin embargo se precipitó la discordia y las sevicias se desataron cuando el populacho blandió sus palabras e hizo la disputa contra la Orden. Toda la prensa alquilada se alineó para sembrar con lujo de detalle la percepción de que la calamidad había llegado en la forma de una plaga apocalíptica. A veces queda ese remanente de que la Orden influye demasiado, como lo hizo en otro tiempo; tal vez ya no lo haga, tal vez ni siquiera exista como se asegura con tanto ahínco. Aun con todo, el tufo de sus costumbres nos estalla en las narices. Su defenestración no necesariamente implicó su desaparición sino un escurrimiento muy extendido de sus mañas. Una precipitación diluviana. Todo menos la Orden, sólo su parodia. La parodia de la Orden.

           La mujer se puso a mirar por la ventana. El vaho tibio de su aliento empañaba los vidrios cuando hablaba. Algo quiso mostrarnos: los grupos ostentosos de la prensa propugnan por imponer como moneda corriente el denuesto, la amenaza cobarde, la instigación, el trapicheo, la difamación, la intriga, el trapaceo, una amalgama de drama porfiado y calumnia. Uno difícilmente llega a un comercio en busca de alimento, sin que las discordias se sientan ya diseminadas de la manera más insidiosa. La noche anterior a que ustedes llegaran, un hombre tosco, con el rostro como remolacha, aunque pulcramente aliñado, en un acento algo terrible, estuvo aquí para advertir que alguien vendría, que no era conveniente recibir a nadie excepto si portaba un aditamento o una insignia, posiblemente un número, que no se trata sino de la cifra del nombre de la verdad. La Orden actúa por senderos inciertos, diríase misteriosos, como si estuviera corroída de nervios. Los espías, reales o inventados, las mandíbulas amenazantes, resurgen cada de que la Orden experimenta el vilo de su ruina, o el pedestal vacío de su ausencia es experimentado con nostalgia. Reemerge el clima, muy revisitado y prescrito en muchas páginas de viejos libros, de sospecha de que alguien anda al acecho husmeando. Por eso hacen enviar a sus capataces y lacayos, que son en realidad agentes de la prensa agusanada o mercenarios que manotean y disparan armas por implantar sus dogmas. Insisten en su “verdad probada”, doctrinaria, despreciando como lo han hecho siempre cuando la gente ordinaria habla. Pues desde el primer instante que la Orden tuvo que justificar el contenido de sus entrañas, se volvió inocultable que aquello a lo que despreciaban como habladuría y chisme, y que condenaban como rebelde murmullo, distorsión y ruido, amorfo parloteo y amenaza contra la verdad, estaba por todos lados, y que el fanatismo por la verdad no era sino una palinodia para acabar por velar solapadamente las murmuraciones, la pantomima delictuosa, las concupiscencias criminales, los disfraces propicios a una verdad misteriosa, esclerótica y aterida de mañas. Esta vez el parloteo se las arreglaba para agolparse en todos los rincones. Incontenible. Rompiendo incluso los más parcos silencios. Subía con la efusividad de las entrañas ardientes de la tierra. Pero como buena fábrica de fermento, la Orden tritura pensamientos y engendra percepciones, a guisa de seducción y disuasión, no dejando pasar la oportunidad de explotar el parloteo que bulle alrededor. Si se habla con promiscuidad, si lo que hay es una eclosión de imágenes, la Orden pugna porque ese parloteo rumie sus pensamientos en la doctrina de la Orden. Toda vez que la Orden es lo que ya no existe de ella, y su doctrina, la trampa de su ubicuidad. Que el extravío sea reconducido, esa es su voracidad, que el estiércol sea redimido. Que el rumor sea deglutido y ceñido con el sello de la “verdad probada”. Que la insolencia turbadora del rumor sea lo que se intercambie por aquello que lleve su marca tranquilizadora. Hemos comprobado que lo que más aborrece, lo que más repudia, los objetos que con más violencia desprecia, los licua en una pura crisálida de imágenes espejeantes, disolviéndolos y restituyendo de los escombros de la ignominia su abolición purgada. Contrahecha. Con un tamiz transfigurado. Lo bajo hace pasarlo por elevado, lo disperso por unificado, lo indignante por jubiloso, lo vergonzante por exultante. Pero igualmente a la inversa. Y ni siquiera es que tuviera un vocabulario extendido, o un vasto repertorio de visiones, sino más bien series de combinaciones, con muy pocas variables, alusivas a la cavidad tímica, es decir, proyectoras de efectos, alusivas a la reverberación de los amores y los odios y la producción del recelo, la ambición y la querella. Un puro mosto para el deseo, que éste por consecuencia trabaje solo, derrengado. Con la fuerza de un revulsivo. Lo que hace más fácil para que la gente quede prendada al instante, reclutada, anegándose involuntariamente en una suerte de letanía bufonesca que empuja a la gresca del lenguaje, y detonando el rumor que a partir de ahora, imperceptiblemente, adora como “verdad probada”, en medio del tiberio de las repeticiones, como una ecolalia ensordecedora. Mientras la Orden tiene que recurrir a las argucias más rancias que le caracterizaron desde sus comienzos para resolver esto que ella encuentra como “insumisión servil”, esparce una suma de lenguajes acerbos y hace larvar la palabra con chantajes. La sedición, como no es difícil narrar, no es en absoluto algo que desconozca, y que bien puede aupar, como desencadenar una fiera rabiosa, para que le resulte en un parapeto. Encomienda tareas sucias de distorsión y amputación de imágenes y palabras, instila trabalenguas henchidos de pus, profiere invectivas que promuevan pasiones acibaradas entre el pueblo al que, por cierto, ellos humillan. Aprovechándose de aquello que dice que el humillado se convenza de ser humillador. Para que la impunidad prevalezca y se preconice en un arreglo de unión postrada. No debemos dejar de aludir a la promoción profesional de que sean amados los verdugos del pueblo, desde luego no como verdugos sino como benévolos alcahuetes, y enseguida, como alacranes jorobados, desde entonces el pueblo puede hacerse cargo, en nombre propio, de la crueldad y de la fechoría. Al final, se trata de inocular en los corazones el gusano de una desavenencia, con la que el mendigo odie al mendigo cual culpable de todas sus miserias y desdichas. Como buenas fieras de zopiloteo, los entenados de la Orden, fieles únicamente a ese estilo elusivo, sórdido, beligeran incluso en contra de la gente común que auguran un día adopte sus doctrinas a cabalidad. Casi siempre son despiadados, en especial cuando sus órdenes se sienten acosadas, pero hacen malabares para mostrarse clementes. Algo muy congruente con la gazmoña de sus pasos: se fingen vulnerados y en peligro para empuñar la excusa de contraatacar. Vuelve a oírseles rasgar sus vestiduras, enfurruñados, enseñando el tamaño de su indignación, e implorando que la plebe a la que odian, los acompañe en su derrota. Se atacan clavándose un puñal en el pecho para en lo sucesivo levantar la alarma de que es la libertad la que está siendo bestialmente atacada. Diré otro tanto que cargan sobre sus lomos una torre de delitos, edificada por ellos mismos, para erigirse, con ablución de derecho, en sentenciadores calificados del crimen y promotores fervientes de la libertad. Aducen que no falta, quizá, nada, sino alguien que hiciera que pareciera que era así, y anidando en la umbría, alguien que sabe y que no quiere que otro sepa. Asimismo, siembran legiones de espías y se declaran bajo acecho, rodeados de la plebe enfebrecida, entonces despliegan su ejército de peritos para ir tras la excusa propensa a insuflar la idea de que el vulgo se lía con espías, si no es que se trata en sí mismos de espías. De entrometidos, mejor dicho. Se nos conduce hasta el pantano de la encrucijada, buscando diluir la lasciva sed de iniquidad, implantar la consigna de que todo es abuso por igual y absolver a sus catedráticos, mientras su más valiente escrúpulo reposa en aducir que pareciera que alguien está contra la “verdad probada”. Se columbra la verdad como reino, y por ser éste, reino de infamia y perversión. No simplemente una puesta en escena, sino una escenificación de la apariencia. Con la que se hace efervecer el hedor de la sospecha. “No se ve nada, por más tumultuoso que se diga que es, nada hay para ver”, es seguido sin pausa por un “se ve todo; nada hay, por minúsculo que sea, que se escape a la vista”. Se entiende que se erige como inquisidor de la repartición de verdad. Con tal de frustrar el avance del populacho. Convertirlo en ruidos y rezongos y gemidos dispersos. “Ciertamente, alardean, ya no caben los efectos de la censura, el populacho puede decir verdad, nadie les priva de ese obsequio, pero será acaso una verdad procaz, una desfachatez, un mugido. No así la verdad probada”. Al mismo tiempo el tono de sus sermones para proteger los acosos contra la libertad: destripar al que no acoja sin más la libertad. Aun con su defensa irrestricta de la libertad, no soportan la libertad de la gentuza. Por lo que recurren indefectiblemente a los métodos que condenan. Es su celo excesivo lo que les lleva a declarar culpable a cualquier ingenuo. Cualquiera puede tomarse como rehén para que cargue con el fardo de la culpa. Y liquidarlo en presencia de todos para que se vea el portento de su poder. La exacerbación de fuerza mortífera como poder. Al fin y al cabo su poder lo ha reunido al precio de inmolaciones y torturas. Nunca sino arrebatándolo y esgrimiendo mil coartadas para eludir las arremetidas en su contra. Perpetrando la muerte, como  la excusa de la vida, y única cara visible de ese poder oculto. Y por si fuera poco, engreyéndose de lo que puede llegar a hacer todo su poder, que es poder de muerte. Sin esa muerte, sin la fetidez de la matanza, y sin el dolor enconado de la muerte, su poder no podría ser enaltecido a virtud, tal como lo creen. La matanza realiza pues el milagro expiatorio de ese poder de atrocidades inauditas. Multiplicándolo, reiterándolo, propalándolo. La masacre del traidor, que real o no, anima ese poder de los ardores de la venganza; la oblación del testimonio del rebelde, deposita el furor de la sangre en la intriga marcada por sus obsesiones. Necesitan de cadáveres para que la mocedad de estos cadáveres se lleve consigo la culpa de otros cadáveres. Buitres que circundan el espacio desocupado de la muerte, para ocuparlo con el fango de sus estafas, de la grima de su lenguaje. Anhelan una sola cosa: que el vulgo, ya que tiene la osadía de hablar, hable como ellos, replique sus máximas y sobre todo, no tema al miedo que se agazapa a la vera de la “verdad probada”. Así quizá se vuelva su adorador. Quizá deberíamos decir: que se olvide del miedo, para que así penetre más ampliamente en su carne. Que inunde su carne. Y que cuando pronuncie libertad, sin cansarse, ignore que a lo que teme más es a la libertad.

Por momentos daba la impresión que la mirada de la mujer se perdiera a la distancia y todo su cuerpo se alejara. La mirada con la que miraba, y la mirada con la que no miraba. La mirada con la que nos acogía y la mirada con la que nos abandonaba. La mirada, invariablemente dulce, que algunas veces se adivinaba rozando sus ojos, y otras veces, repeliéndolos. Confieso que no era fácil seguir los vericuetos de lo que nos contaba como arduo era permanecer en cada una de sus palabras. Nosotros escuchábamos con atención: Sólo seguirle la pista al apetito desmesurado de pendencia a los que han proclamado que las masas de gente ordinaria son pendencieras desde la cuna. Acaso con eso puede una aproximarse al estado de ánimo de su beatífica “verdad probada”. No es de extrañar que casi siempre se trata de hombres irascibles los que insisten machaconamente con la “verdad probada”. Aconsejo escudriñar la conducta y saldrán las triquiñuelas de entre las obras que se aclaman virtuosas o que nadie se atrevería a desmerecer aquellas que se jactan como elevadas, de los abogados, los cardenales, los políticos, los periodistas más reputados, los médicos, los filósofos. Aquellos que espumarajean de codicia ustedes podrán distinguirlos porque se ocupan de disimular sus vísceras. Para eso les sirve su prédica de la verdad. Y haríamos mal en no dirimir estos relieves. Pero por más empeño que pongan, sus palabras penden de la amargura, el odio y la frustración. Hablan con la brutalidad de esas pasiones. Les cuesta mucho ocultar el ceño sumido y la digestión descompuesta. Ningún traje ni garbo ayuda para edulcorar su bilis. Ustedes podrían creer que dejó de interesarnos la verdad, que no tiene mayor importancia para nosotros, o que la verdad dejó de dolernos. Estos hombres funestos de los que hablo son los testaferros taimados de rijosos tramoyistas que por la fuerza buscan imponer no ya la verdad, escúchese bien, aunque sea ella en lo que más se empecinan, sino la fatalidad de su ley, en la que engastan su boato y privilegio, y a la que revisten de los oropeles de la libertad y del imperio disoluto de la verdad. Nadie puede negar que los mueve su voluptuosidad y su hedonismo. Ni siquiera ellos, que han escalonado los placeres y han decidido que la cima les pertenece. “La verdad probada es imperiosa porque libera pero a nadie obliga”, “lo que obliga es el deseo de que la libertad tenga su imperio”, “Sólo la gentuza vive en el estercolero de la palabra y por lo mismo separada de la libertad”, “Una franca riña contra la libertad es sublevarse al imperio de la verdad”, ”¿quién querría no querer la libertad si es la esencia de la verdad como imperio?”. Inadvertidamente, pudimos percatarnos que los labios de la mujer estaban inmóviles, y ello no obstaba para que su voz vibrara en la habitación completa. Nos dijo: Habrá sido en ese forzamiento hacia la verdad, o más bien, esa suerte de condena de cara a la verdad, lo que se ha dado por llamar “verdad probada”. Y nada más. Les he advertido antes de que la verdad es lo último que les importa. En algunos libros antiguos se decía que la verdad estaba entregada por entero al tiempo, que era en virtud del tiempo que una podía enunciar verdad alguna. Mas para los traficantes de la Orden es menester que el tiempo se compacte y a lo que aspiran es a deshacerse de la interrupción y la dilación, que son las únicas que atestiguan la verdad del poder de la lengua. La acelerada continuidad, pretendidamente sin lagunas, sin espacio, sin aliento, hace pasar la interrupción por continuidad magra, la muerte interminable por inmortalidad constante, fingiendo la anulación del tiempo para que nada sea capaz de ocurrir. Y de este modo nada sea capaz de saludarse con verdad. Traficar con la vorágine del tiempo emborrona el que algo sea capaz de ocurrir y anhela hacer creer que bastan los emisarios de este régimen para saberlo todo en su integridad. Es igual a indemnizar las fisuras que están abiertas, como llagas, en la piel de nuestra lengua, cauterizar el tiempo, sellar los símbolos y amordazar toda posibilidad de que surja el que algo sea capaz de ocurrir. Conforme a derecho, de la mano del gran aparataje judicial, enderezar el naufragio de las palabras y de las visiones, remedar la abolición del tiempo, para que ya nada pueda ocurrir. Es la leyenda de la “verdad probada”. “La realidad se ha evaporado con la sustracción del tiempo, la verdad probada es el relato que hacemos de dicha desaparición”. Abrogar el tiempo de la palabra, para que nada acaezca, y todo sea acrisolado por un aparato de imágenes espejeantes que rescinden del tiempo y entregan la alucinación de la continuidad sin ruptura. Nada más que eso es a lo que se les da por llamar “verdad probada”. O dicho de otra manera, la rabia, el fermento de sus intestinos, los estertores en el pecho, el rechinar de sus dientes, la sudoración, sólo invitan a pensar que eso que les ha dado por llamar “verdad probada”, es el instinto de posesión más furioso, por el que se derraman todos los jugos del cuerpo y se delata que no soportan, que son intransigentes, no soportan el más mínimo percance, ni insolencia por parte de los que consideran inferiores cuando hablan. La verdad se les desvanece en esta pugna rastrera por esconder las vísceras expuestas o no es sino eso, un asunto de glándulas, de entrañas, de orificios. Un desfiguro que se busca desesperadamente hacer pasar por elegancia, a golpe de fuerza. Entronizaron la mentira, el cuchicheo, el misterio, el embeleco, la complacencia, el deliquio, en honor a la verdad, con el protagonismo encubierto de sus jugos gástricos, y a eso les ha dado por llamar a toda costa “verdad probada”. A la que llaman con desdén gentuza, plebe, populacho, se les conmina a entrar a esta vorágine balbuceante, extirpada del tiempo, garantizándoles que sólo allí es lícito portar el sello de la verdad, si no quieren que se les desacredite con agrias intrigas ni se les condene a la errancia del rumor y la falsedad, despojados de esa marca que ostenta el nombre de la verdad, y que se precisa para llevar a cabo toda suerte de intercambios. Sin pertenencia pues, ni complicidad. Desasistidos. Lo mismo en el desamparo que en la bastardía: hablar, entre el vulgo, no pasa de ser una convulsión que riñe aviesamente por usurpar la “verdad probada”. Con lo que se nos imputa de abjurar contra esta verdad. Si han visto ustedes, hemos vuelto al comienzo de nuestra conversación. Los que presumen ser amantes de la “verdad probada” son los mismos que difunden el rumor con avidez y se sirven de él para alentar la proliferación del rumor que a su vez hacen pasar por “verdad probada”, en nombre de la cual instrumentan las redadas contra los “vicios criminales” de la palabra. Es la emergencia de la verdad como ascesis. Repito: ésta ha sido su originalidad mayúscula, esparcir el rumor, calificarlo moralmente, condenarlo, hacerlo pasar por la máquina de imágenes espejeantes, que es realmente una máquina  trituradora de carne, para que toda vez que sea exaltado como “verdad probada” se vilipendien sus morusas, y se extermine finalmente sin indulgencia. Es el único recurso para saciar su pasión y libar el botín de su avaricia. En realidad, es la mejor artimaña para justificar la tracción de su fuerza. El juego de espejos, la difamación, la calumnia, el sojuzgamiento, inspiran sus costumbres, pues son acróbatas estercoleros conducidos ad libitum y enviciados por la fuerza. Su más alabado cacumen es ser consortes del disfraz y la pantomima, por lo que nada les resulta más familiar que emponzoñar el ánimo y embarullar el pensamiento, a fin de divulgar el gruñido de sus tripas, el odio, la consternación, y el miedo. Eso explica que sean fanáticos de la reyerta y adeptos de la pendencia, pues se mueven con las vísceras de fuera. Han desarrollado un odio que gangrena sus miembros. Una tiranía más que una idolatría incluso. En la que efervesce el bullicio de sus palabras. De este modo todo puede, con ayuda de su maquinita de imágenes espejeantes, basta que así sea querido, por el hecho de una declaración caprichosa, hacerse pasar por “verdad probada”.

            Sentíamos lo inquietante de sus palabras, sin que por ello la mujer se desencajara un instante, ni su voz mostrara quebranto, sobre todo porque, como nos decía, los tiempos experimentaban una sacudida, las represalias contra los insumisos a los que la Orden se refería vehementemente como “traidores de la verdad” y “saboteadores de la libertad”, se han intensificado. Aunque se dice que soplan nuevos vientos, depositados en la constitución del Estado desde hace un par de siglos, y que de haber ocurrido las persecuciones, las ejecuciones, es algo que no tiene ya actualidad. “La disolución de la Orden conllevó la disolución de estos abusos”, “de haber ocurrido algunos abusos y de haber existido algo tal como la Orden”, “Por supuesto nos atrevemos a dudar que pudieran haber ocurrido abusos como los que ciertos petimetres están empeñados en no olvidar”, “precisamente porque una nueva jurisdicción nos rige, en la que se apela a la abolición de los pactos de silencio y se abren las puertas de la verdad para los pedestres y los rústicos”, “La sospecha y la venganza no se emparentan con la libertad”, “¿cómo no habrían de tolerarse las acometidas contra la verdad, si a ellas se debe en parte el que la verdad se ilumine en su magnificencia?”, “para eso trabaja todo este desfile inagotable de imágenes, para desmoronar la sospecha y plisar la verdad a su imagen y semejanza, confirmada, incontrovertible”, “Si algo desbarata la verdad vuelta imagen es su oscurantismo”, “puesta a hablar, la imagen resuelve la controversia, se atina con la verdad probada”, “Nunca pudo la verdad ser más benevolente de como lo es ahora, que puede creerse en ella o pisotearse, como por lo demás, siempre han procedido a tratarla los que tienen alma de cucaracha”. Igualmente, las cadenas de imágenes exclaman que nunca llegarían a emprender una guerra. “La época de las grandes guerras está concluida, quizá hoy sólo seamos partícipes en defensa de la libertad y magnánimas intervenciones para transportar la verdad probada a los más recónditos confines; humaredas y escaramuzas inevitables, pero no más guerras que pertenecen sin duda a un pasado tumultuoso”, “Los altos estipendios que la máquina de imágenes espejeantes cobra se designan por brindarle protección y seguridad a la verdad probada, que ella, en efecto, transporta sin obstáculos”, “No hay cabida para lo oculto, tampoco para la secrecía y mucho menos para el castigo”, “el castigo se ejerce a sí mismo en la disputa de los que rechazan la verdad probada y dan la espalda a la libertad”. Los más afamados y que llegaron a hacerse del aplauso, figurines, saltimbanquis parlanchines de tupé y maquillaje, aunque como se sabe, sólo entre ciertos grupos muy lisonjeados por sus canonjías, eran los primeros que escondían sus manos enlodadas detrás del pódium. Y modulaban su voz para no provocar entre las multitudes aquel estremecimiento que produce el repulsivo silbido de una mosca panteonera. Para a base de recortes y retoques hacer aparecer lo que era propicio a su poder ahíto de diatribas y premoniciones. Lo que mucho comenzó a enojarles a estos funámbulos que se soban el vientre con sus imágenes y remachan las palabras al antojo de lo que sus bienhechores manden sea la “verdad probada”, era la intrépida pasión por arrancar el velo y exponer definitivamente las entrañas de lo que otrora se custodió celosamente bajo las sombras, incluido el contubernio que era propiciatorio a esta regla del secreto. O siendo más solícita en mis dichos, una sublevación del populacho, que habla indómito y que clama. Que sabe cada vez con más ímpetu que descorrer los velos, abrir las palabras, rumiar las imágenes, evitará que la verdad sea agenciada una vez más por los potentados. Pero lo sabe aun exiguamente, dispersamente, sin demasiada sistematicidad, que acabar con las veleidades es ultimar con el régimen del oprobio y de disimulaciones cobijadas por un manto espeso de lo pecuniario. Es presumible que siempre existan voluntades que harten su gula de sobornos, y que no se les conozca más que por su codicia desesperada y el sigilo de sus pasos para infatuarse a como dé lugar, victimas acarameladas de lo fútil, que para su fortuna, su inteligencia hace ascender la mentira hasta ser venerada como verdad, y borra cualquier rastro, de modo que a fin de cuentas, los velos sean insuplantables, todo esto con los auspicios de la máquina de espejos. Al interior de esta sed y esta hambre, en el sofoco infinito de la pasión, es presumible que siempre existan hienas voraces y obsequiosas a las que un manojo de tripas les conmuevan tanto como para que sean portadores del nombre que darán a cambio de expectorar la “verdad probada”. Si algo les molesta, entonces, es que sus rictus queden exhibidos, porque nunca destetarán sus labios de las sombras, porque las sombras añudan sus lenguas ensalivadas por el dinero. Les molesta en demasía que el silencio se resquebraje. Sobre todo he de decir que pierden el quicio cuando el oficio de su palabra tildado de santo queda rebajado a iniquidad y la verdad en la que se encumbran de pie sobre un catafalco de silenciados y torturados, queda triturada en pulpa de hígado. Entretanto, la “verdad probada” se disuelve en el alarido de una tortura, en la displicencia volcada en hiel, o en el lameteo de una lengua insaciable. En nada. Sus rostros se tiñen de rabia con la “verdad probada” derrumbada en rescoldos de fábula pecuniaria. Lo que equivale a que el pueblo, al que estiman de lengua golfa, ignorante, salaz y perniciosa, resquebraje sus pactos de silencio, los invada, los infeste con su palabra roñosa y vacua. Como pueden ustedes comprobar, la Orden propugna sus exequias, y es por esa urdimbre suya, que nosotros llegamos a, por un lado, su gandulería y facilismo, y por el otro, a sus más ruines instintos, que por patéticos que son, se obstinan en negar. Los intestinos están que se les revientan y solamente se escucha el gorjeo de sus palabras para cubrirse. No llegamos a ningún lado, ustedes y yo, es cierto. Pudiera sentirse que todo esto fue hablado en vano. Que no traspasamos ningún enigma. Y es cierto. Ya que el enigma fue procurado para que el embrollo y las confusiones falsas se hicieran posibles. Reverenciando, por un lado, la que les dió por llamar “verdad probada” y acorralándola por todos los medios. Engendrando simultáneamente sus aduladores, sus emisarios, sus guardianes facinerosos, irguiendo sus detractores, y patrocinando la miseria entre los apestados. Acercándonos, por otro lado, a lo falso y a su confirmación, como solemos hacerlo con lo verdadero, en el rumbo de pistas, evidencias, informantes y penitencias. Y sentenciando con que lo falso es tan comprobable como lo verdadero. Tan verdadero como lo verdadero. Mediante una aliteración crematística. Una reverberación del verbo. Luego, aprobada como sacramento. Para que la ilusión emerja y el control prevalezca, escondido, arrebujado en las sombras. Como preservadores del enigma, son aduladores de lo maravilloso, lo extravagante, lo increíble y lo espectacular. Se columpian de opacidades que expelen licores acidulados para apañarse todos los epítetos en el entrecejo de un mareo generalizado. No hay un adjetivo que no les convenga. Apuestan por una masa prendada, parasitaria, cautiva de la ansiedad del levantamiento del velo. Al borde de la expectación, en el abucheo, la aclamación de lo admirable o el estupor. A la que además le han prometido que es por obra suya que el velo hubo de ser retirado. Más aún, que no hay velo que levantar, que el enigma resplandece ya no como oculto, resplandece sensible, disponible a las traducciones, las preguntas, las ablaciones, a ser incluso reprobado, o no tomado en cuenta. Es un enigma, hendido y traspasado, sin velo ni trama. Y de su poder dimana una desilusión y la alucinación de que todo puede ser bruñido por la mirada, y acariciado, otro tanto, por la palabra. Nada hay que se retire a las sombras, son las sombras las que comienzan a estar entre nosotros y a velar por nosotros. Sin embargo, agitan el enigma, que se ha vuelto sombra él mismo. Hay una obcecación por mantener el enigma, sin duda más bien lo que queda de él, su holladura, incluso su recinto desocupado, por lo que, hay los que ofuscados, presas de una manía que no encuentra sosiego, resistiendo una vergüenza y una culpa que quieren inimputable, repelida, nos remiten a que sea ya no el enigma sino una impostura de enigma lo que nos domine. Que sea de un poder dominador portador de cualquier cosa el que nos conduzca; sobre todo, que sea un poder que augure la libertad para que su eficacia de sometimiento sea implacable. Esta es la mofa de enigma preservado por una prensa ulcerada y sus merolicos. Un enigma desahuciado, agónico, al que se le rinde pleitesía con el esófago escocido, en pleno desfiguro de la la incuria, y que les ha dado por llamar, incesantemente, “verdad probada”. Mucho más como una afición aviesa que instala la libertad como sinónimo de las dotes más prominentes de la abulia. A la abulia, como estado anímico, o como la imagen de un afecto, y a la portadura de aquel aditamento del que les he hablado, presentado a veces como nombre, otras como número, pero invariablemente como insignia de verdad, útil para llevar a cabo cualquier intercambio, y que este intercambio sea juzgado una transacción viable, permitida, legal, es a lo que se denomina, con demasiada sorna, libertad. A este ajado enigma, inflamado aun por la brasa del rencor, pues delata el fracaso de su máquina de repeticiones y, muy concretamente, la comprobación de ser el miasma de su corrupción, el despacho de sus estafas, el tugurio de sus chantajes, esta prensa enmohecida lo sigue consultando como a un oráculo. El sótano de lo indecible se desmorona en mil pedazos, y se lo mantiene aún, señorial, invocado como autoridad. A lo sumo, del enigma tienen que extraerse los nimbos de poder que se cuelgan de su portento deslucido. El poder está nimbado con el enigma, en estratos, en filas, en alianzas, en arborescencias, en herencias. Antaño se lo retrató como un bloque monstruoso al enigma para que fuera impenetrable y el poder perdurara intacto. Inasible. Sagrado. Lo que significa, como consecuencia de esta apoteosis de la secrecía, apartado de los mendigos y del pueblo. Eso hizo de la Orden, su renombre, su centralidad, un entramado perfecto, compacto, plomizo. Ciñendo todo a un presunto programa de la Orden para, por lo bajo, a expensas de la Orden, lavar sus manos del estupro continuado que estaban cometiendo. La Orden ha fungido como el parapeto. Una túnica de absoluciones. De la fuente de donde dimanaba el misterio, la “verdad probada” y las operaciones de justicia de esa verdad, era en realidad la caverna de las componendas, los latrocinios, las violaciones, los abusos de esas fauces famélicas. A la postre, una reticencia palmaria recae sobre la existencia de la Orden. No la reconoce casi nadie, ni como vestigio siquiera. Los tiempos que corren se retractan de haber admitido una vez su existencia y otra ala, muy intelectual, se limita a que esos tiempos pretéritos están muy distantes. Pero en general de la Orden nadie quiere saber y se niega su existencia contundentemente. No obstante, los manjares se siguen celebrando. El tono del jadeo y el susurro no se ha ido nunca. Aun con todo aquello de que el silencio ha sido avasallado y se han desterrado los suplicios. Ni los cerrojos han caído. Ni la petulancia ha caducado. La libertad de la que se predica con tanta severidad está basculada por la usura y la amistad impertérrita por el dinero. Los limosneros que se saciaron de la Orden y que hoy desquitan el cáliz de su inexistencia, exhibidos a la luz de sus secretas alianzas e intereses, con su intriga de poder desvelada hasta la náusea, sin que por ello hagan a un lado sus ademanes sibaritas, siguen cosechando las colusiones de un enigma del que ya no ostentan nada que impresione, una lánguida sombra nada más, y no resignados, aspiran a que sea su desgaste y su tedio lo que sobrecoja y mantenga a la multitud embebida, interconectada, pero embotada, narcotizada, ejerciendo su libertad como una especie de sopor aturdido y ansioso. Sentir en exceso para sentir deficientemente, si acaso, sólo la punzada de que no se puede sentir todo aquello que se dice se debería. Basta ver que se trata de una empresa de la libertad o de la libertad vuelta empresa. En la que la única carnada para salir del letargo es una ambición metálica que devuelve al letargo. Pero les pido que no caigamos en esa que sería…

Alguien llamó a la puerta con una pronunciada impaciencia. La mujer hizo un gesto silencioso con la mano, sin inmutarse, para indicarnos que no abriéramos de inmediato, que había que esperar. Oímos un estruendo agudo, sin que lográramos identificarlo, enseguida una exhalación. En la estancia se hizo un silencio ominoso. La mujer quiso añadir algo, bajando la voz: La enfermedad puso su peso en bruto todo el cinismo de estos agoreros, palpable; la jauría resopla embravecida, es como si hubiese encontrado la carroña en la que cebar su luto inacabado. Vienen los custodios del régimen del enigma a indicarnos cómo escuchar y qué palabras proferir. Las imágenes a las que no hay que prestar acogida y las que hay que replicar a toda prisa. Saben muy bien de ese tono de reprobación y de vaticinio. Han destacado por esta rapiña, que por lo demás, es del todo dineraria y especulativa. El espejo del dinero encuentra su azogue en la voluntad: se alquila la voz o el recuadro de imágenes, para que por un lado, se multiplique la voz deseada y, del otro lado, el dinero se incremente con sólo frotar el deseo. Al espectro de lo que solemos llamar ganancia, puede bien seguírsele la huella a partir de la excitación que causa esta rapiña. En una convulsión difuminada. Pero su más eminente trampa es que buscan que censuremos, que cada uno de nosotros apliquemos y nos apliquemos a nosotros mismos la censura, por lo bajo, con un consentimiento nuestro desconocido, y sin la participación suya, es decir, sin coerción alguna evidente, cuando pocas cosas han hecho con más fogosidad, montados en sus tribunas omnipresentes, que condenar la censura y encumbrar la libertad. Ya vemos todo esto. Y vemos otro tanto lo difícil que ha sido poder llegar a verlo. Dicen: “censuremos al que censura”, “censuremos a todo aquel enemigo de la libertad”, “es lo que más queremos, que todo sea ventilado, con excepción de lo que transige la libertad y atenta contra la verdad probada, eso no debe ventilarse”, “de ventilarse tendrá que ser sofocado por la penumbra de las sombras, habitar la noche, el yerro, el rumor”, “Las sombras cuidan de la verdad, en los nimbos de su misterios, no nos sorprendamos de las aserciones que nos recriminan que las sombras son el habitáculo de la verdad probada, o que la verdad probada misma es una sombra”, “puede que lo sea, es cierto, una sombra, la verdad probada”, “Impidamos que la luz del fuego se extienda, sería mucho más noble una tiniebla que la luminaria de los bárbaros”, “mantengamos tomado el mando de la máquina de repeticiones, de tal suerte todo habrá sido controlado, y la verdad probada no habrá sufrido sino aquellos entuertos que la confirman”. Porque ser amo de la máquina de imágenes espejeantes es también ser amo de la evasión. Quieren que echemos todo por la borda, que claudiquemos. Para que sean sus sermones los únicos que se implanten. Viven atados a la nostalgia de un pasado en que la voz de sus coristas y cacatúas era la que apagaba cualquier intento de que cedieran los diques que, por siglos, custodiaron con sigilo y celo eso que se preció socarronamente como el régimen del enigma empuñado por los doctos. Su desgajamiento los ha transtornado. Son capaces de ensangrentarse las manos y enfangarse las lenguas, sin temor a que el acierto popular los abomine. Ellos querrían que la enfermedad nos devorara a todos, para arrogarse haber sido acudidos por la única razón posible. Sus miradas se inyectan de irritación y sus semblantes palidecen, alistan lenguajes ofensivos y amenazadores, cuando ellos daban por cierto que esa gesticulación morbosa tan desagradable sólo llegaba a observarse entre la masa ruda y andrajosa, en la que todo se aprecia ofensivo.

            Abruptamente, la mujer se calló y pareció sumirse en una honda meditación. Puso sus manos sobre mis hombros y me miró como no lo había hecho hasta ese momento, dijo: deben marcharse también ustedes, deben salir para que el hombre que aguarda en la puerta pueda entrar. Ha venido creyendo que es él a quien yo debía esperar, con ello busca amedrentarlos a ustedes.

         Nos acercábamos a la salida cuando un hombre, a la vez huraño y prepotente, torvo y lisonjero, con muchos signos de angustia en sus gestos, y un brillo clavado en sus ojos que se mezclaba otro tanto con rasgos inocultables de lascivia, nos preguntó, algo tembloroso, si habíamos solicitado su asistencia. No entendimos a qué se refería, pero le preguntamos si era de la policía, a lo que respondió que la policía era inútil. Luego preguntamos si venía de parte de las oficinas del gobierno, y el muy timorato hizo un ademán de sentirse contrariado; nos percatamos de que su voz era gangosa y babeaba mientras hacía un arduo intento por proferir unas que apenas si podía decírseles palabras; rápidamente arregló su postura e infló el pecho, nos dijo, ya sin escupitajos y con una voz sumamente atiplada, como si hubiese estipulado la máxima corrección en sus formas, que el gobierno era el único dueño del sopor que estaba matando a la gente; apresurado, se ajustó el pañuelo que llevaba cubriéndose la boca y se limitó a mover la cabeza con desesperación; dijo por último, mordiendo las palabras, “pero es verdad, no puedo más con esta mentira”, deslizándose a tropezones para alejarse a hurtadillas. Entonces supimos, que aquel hombre esbelto y lo necesariamente elegante como para disimular el sudor de sus manos y su lengua tullida, era uno de los agoreros e informantes de la prensa. Era harto difícil constatar, pues, que la Orden no hubiese hecho crecer sus raíces, que fuese en verdad la que argüía ser otra cosa, porque precisamente la extrañeza de su inexistencia era una existencia atípica, una desaparecida que disimula sus efluvios de venganza en venerables obras de filantropía, que promueve la sapiencia de su engaño, monumental, en pergeñar la idea de su inexistencia, es decir, de la libertad. Ya no sabemos distinguir si sus prácticas perversas se la habían tragado, o si la subversión de los insumisos la había pulverizado, como tanto se repetía, y que lo que se pergeñaba ahora, en efecto, era la libertad, y que a lo sumo eran sus informantes e infiltrados los que merodeaban encorvados y cobijados por idénticas simpatías por el enigma, la umbría y el escondite, tan propias de aquellos que se satisfacen con que el mundo niegue su existencia, solapando su constante evasión, para que nadie sea capaz de reconocer en sus obras el rastro de su charlatanería. Sobre todo, que todos coincidan en que su existencia es nula, o de menos, que ha sido abolida, y de la que sólo queda el espectáculo de su mueca, al que asistimos como testigos inefables, como confirmación de aquella pertenencia a las sombras que ocultan el timo, el embaucamiento y la estafa, deleites éstos a los que, de hecho, nunca admitirán sentirse estrechamente atraídos, poderosamente propensos. Lo mismo por lo que la murmuración les sentó siempre tan bien y ha sido de su estimación más predilecta. Este poder gusta de que su inexistencia sea declarada. Puede lo que sabemos que puede, y aún más, lo que no sabemos que puede, sólo porque está muerto, y porque muere una y otra vez cada tanto de tiempo.

De la mujer no supimos más. Si decidió terminar con todo aquello e irse. O si aquella noche que nos pidió que la dejáramos, fue haberla dejado, en realidad, como carnaza para los chacales. El ulular del viento volvía hacer sentir su fuerza indómita. Nosotros habíamos perdido la noción del tiempo; ante nuestros ojos se había disuelto un cielo que era del color del cobalto y el estaño. La  mujer, con aquella ternura de su voz, casi al salir, no perdió oportunidad para decirnos estas palabras que resuenan en mí sin medida: cuando es la ocasión de que la justicia no persigue al débil y esconde al potentado; cuando la prensa, sus aparatos y sus apéndices no se adueña de los silencios; cuando las lenguas no se infunden desde las alturas, el lugar que tenía la “verdad probada” como doctrina burocrática se abate. No hay lugar para el fingimiento ni el escondite. La verdad pierde el parentesco con el recurso al sometimiento, pero ante todo, tampoco dispensa una promesa de libertad que tiene por dogma el derrumbamiento de obstáculos para el apetito crematístico. Y pasa de ser sordera, o lo que se sopla como murmuración, para ser escucha denodada. Porque deja de ser la treta para esconder los jugos que las vísceras de la pasión producen. Al contrario, si la verdad no nos confiesa el desgarramiento del dolor de los que han sido invalidados y desaparecidos con los instrumentos de la “verdad probada”, para que la rueda de la máquina funcione reforzada, esa verdad es otra más de sus emblemáticas astucias de acallamiento y estupro.

             Nos pusimos al paso, sin mirar atrás, tal como la mujer nos lo había precisado, tal como nos había dicho que no temiéramos por ella. Sin que ningún mercader, ni ningún contrabandista del nombre de la verdad consiguiera meternos miedo. El camino era escarpado y a la hora que el sol brillara, se asomaría plúmbeo y lancinante. Apenas avanzamos, el zumbido volvió a tomar relevancia, haciéndose sentir; retumbaba con un ronquido agudo, una suerte de pistones rezumando un chillido y un cloqueo, desabrido y hostil, lubricados por una tirria despiadada. Era igual que si el viento soplara con las revelaciones. Rápidamente nos enteramos de la noticia sobre aquello que se anunciaba con demasiado alboroto sobre un infortunio que había sufrido la mujer. Y todo lo demás que de ella se dijo. Como era de esperarse, se hizo un llamado subrepticio de alarma a la población. Furtivamente, entre señas funestas y gesticulaciones. Una ristra tras otra de imágenes con múltiples orificios, muecas grotescas, que eran como cadáveres disfrazados y como cerebros trepanados. Las aguas se revolvían por lo bajo, es cierto, pero se revolvían enervadamente, con la saña del despechado. La cobardía ha depositado savia envenenada y hiel en sus venas, conduciendo disquisiciones funambulescas, por todos conocidas, para dar paso al soborno de la codicia y hacerse de adeptos. Adeptos energúmenos de lo inane y de lo execrable. A estos accionistas de la verdad nada más incumbe que macerar el miedo, agregar el disturbio, el estruendo y untar el malestar de la usura. Hablarle a ese gran pozo para que se ahueque y se perturbe con toda suerte de descontento.

            Por nuestra cuenta, no nos restaba más que la confianza irresignable que compartíamos con la mujer. Su nombre, bisílabo, acuoso, de un continente remoto, pronunciado con el sonido indeleble de dos fuegos, habita este lugar, el lugar de la memoria, inmenso.

La enfermedad no habrá sido aquel espantajo del que tanto canturreaban para extorsionarnos, ni el limo escabroso para ahogarnos en las oscuras aguas del miedo. A estas horas se dejaba apreciar una tensa calma. Escuchábamos batirse las alas de algunas aves que volvían. Las hojas de los árboles ni siquiera se mecían y en el cielo restallaba un azul con incrustaciones cupreas. Lo demás, —ya no la Orden sino su parodia, de la que se le extrajo de su superficie el componente mistérico, pero no precisamente para apearse del enigma sino para formar una vasta laguna ocupada por su embuste, su compulsión y su mezquindad—, podía perderse en el tugurio de imprecaciones y de mandíbulas grotescas, en el lloriqueo amanerado de los chacales.