Volver una vez más a la habitación: El Diario de Ana Frank en tiempos de pandemia

Volver una vez más a la habitación: El Diario de Ana Frank en tiempos de pandemia

José Luis Rangel Gasperín

El presente ensayo es un recorrido a través de las páginas de uno de los testimonios más conmovedores de la historia reciente. Todo diario es un diálogo del presente que convoca a un futuro, pretende plasmar un instante, revivirlo. Hoy escribo desde mi presente, en un momento de dolor para muchísimas familias por la pérdida de algún ser querido por la Pandemia de la COVID-19. Ha cambiado nuestra manera de vivir y lamento, en ocasiones, que este proceso nos dificulte aquello que antes nos era simple y gratuito: compartir con otros la vida en carne propia. Nunca hubiéramos pensado antes lo que implicaba guarecerse en casa; la escritura de Ana Frank nos enseña un poco al respecto. 

 Un regalo para ser menos vulnerable

En uno de sus textos autobiográficos Paul Auster recuerda un viaje a Ámsterdam en el que de manera no prevista visitó el edificio donde se escondieron por más de dos años Ana Frank y su familia. La habitación, repleta de fotografías, le conmovió profundamente. Allí la adolescente escribiría buena parte del diario que inició un 12 de junio de 1942 como regalo de cumpleaños. No logró Auster contener las lágrimas tras recordar que su hijo Daniel compartía con Ana el mismo día de nacimiento y, a raíz de tal coincidencia, consideró que en todos nuestros recuerdos se repiten algunas experiencias, pues justamente la memoria es “[…] el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez”.[1]

            Para existir, todo diario rememora el pasado, pero a su vez se nutre del presente. Este ejercicio de introspección resulta una de las experiencias más íntimas de comunicación personal. En el Diario de Ana Frank se plasma el testimonio de una niña de trece años tras su encierro involuntario ante la persecución de los judíos. No sólo el inventario de sus días abarca la descripción del miedo más profundo, sino también el registro de una nueva etapa: Ana escribe sus palabras como quien se hace consciente del crecimiento propio. Además de libros, un poco de dinero, chocolates y bombones, el día de su cumpleaños recibirá un interlocutor como obsequio. A partir de entonces, Ana Frank irá escribiéndose a sí misma. Recordar por segunda vez será para ella la actividad más entrañable que podrá tener.

El diario le servirá como un espejo de palabras o como las marcas en la pared donde alguien va registrando su estatura. Se vuelve así una nueva compañía. Sólo será digno de leerlo aquél con quien desee compartir sus secretos.

El diario le servirá como un espejo de palabras o como las marcas en la pared donde alguien va registrando su estatura. Se vuelve así una nueva compañía. Sólo será digno de leerlo aquél con quien desee compartir sus secretos. Desde las primeras páginas, Ana Frank ya supone que esta actividad le traerá muchos beneficios. Habría antes que saber, nos dice, lo que representa escribir un diario y las razones por las que se escribe: “Heme aquí llegada al punto de partida, a la idea de comenzar un Diario: yo no tengo amiga”.[2] Entre sus páginas imagina a la persona ideal que siempre estará allí para escucharla.

        Podría parecernos su Diario la más tierna de las novelas epistolares porque, a los pocos días de encontrar el nombre adecuado, Ana solamente escribirá para Kitty. Su interlocutora ficticia no es sino el refugio desde donde Ana puede escuchar su propia voz. A pesar de disfrutar de su familia, requerirá de alguien más para resistir; alguien que la ayude a ser valiente, porque luchar contra aquello le dejaba un grito hondo que nunca habría salido sin estar cerca de Kitty, la voz a la que escribe en su Diario:

¿Quién otro leerá nunca estas cartas, si no soy yo misma? ¿Quién otro me consolará? Porque yo necesito a menudo consuelo: muy a menudo me faltan las fuerzas, lo que hago no es suficiente, y no realizo nada. No lo ignoro; trato de corregirme, y todos los días hay que empezar de nuevo […] Me vuelvo siempre automáticamente a mi Diario, que es para mí el principio y el fin, porque a Kitty no le falta nunca la paciencia; yo le prometo que, a pesar de todo, me mantendré firme, recorreré mi camino, y me trago las lágrimas.[3]

En el Diario se leen trayectos en bicicleta, invitaciones por helados, paseos de regreso a casa y algunos temores escolares: el álgebra, las calificaciones y algún correctivo por hablar demasiado en clase. Tal realidad se irá diluyendo, pues a unos cuantos días de empezar a escribir tendrá que mudarse con su familia para ocultarse de los nazis. Ya Ana Frank notaba el peligro: “[…] nuestra libertad, pues, está muy restringida: con todo, la vida es aún soportable”.[4]

         Aidan Chambers nos sugiere que para leer el Diario de Ana Frank lo mejor es sumergirse en el texto por completo y considerarlo “[…] como una novela, desde el principio hasta el final”,[5] pues en sus notas se nos presenta de cuerpo entero junto con las personas que la rodean: sus padres y su hermana Margot, así como sus compañeros de colegio. Su Diario es producto del consuelo que encuentra en la escritura y refleja ese arte de la paciencia que se obtiene con la espera, la observación personal en el periodo de crecimiento y la eclosión de un deseo surgido por esas páginas. Las cartas a Kitty le permitirán soñar un futuro ante un panorama desolador mientras ella experimenta los cambios de la pubertad. Conforme avanzan los días, mayor será su deseo de seguir el Diario y, quizá gracias a él, volverse en algún momento periodista o escritora.

       Resultará ser el mejor de todos los presentes. Ella misma observará lo que significó ese nuevo descubrimiento del interior: “Quienes no escriben desconocen lo que es esa maravilla; antes, yo deploraba siempre no saber dibujar, pero ahora me entusiasma poder al menos escribir”.[6] El Diario se convertirá en un testimonio repleto de emociones, tierno en detalles y sumamente esperanzador, pues Ana Frank conseguirá trazarse al verse acompañada de un regalo de cumpleaños. La suya es una historia sobre la fuerza de las palabras y cómo éstas nos levantan y nos cobijan en los momentos más difíciles.

Habitar un escondite

El 9 de julio de 1942, Ana Frank se mudaría a Prinsengracht 263. Lo que antes era un edificio de oficinas, se convirtió en un refugio donde ocho personas se mantuvieron ocultas. Otto Frank utilizó el inmueble para guarecerse junto con su socio Hermann van Pels y sus respectivas familias; hasta noviembre aceptarían a un último integrante. El Diario de Ana Frank hablará de esta experiencia: ya el título de la primera edición remitía a dicho «anexo secreto», la casa de atrás cuyo acceso yacía oculto por una pared sobrepuesta que encubría las habitaciones donde permanecerían más de dos años refugiados.

         En principio, le resulta a Ana una experiencia emocionante: “[…] aunque húmedo y estrambótico, es un lugar suficientemente confortable, y único en su género”.[7] Es el momento en que ahonda en los encuentros con sus padres, sus peleas con su hermana Margot seguida de calurosas reconciliaciones. El viaje alrededor de la habitación transcurre en las páginas del diario, sin embargo, el mundo de afuera se observa tan lejano, apenas distinguible a través de la ventana. En ocasiones, Ana Frank espiará a dos o tres caminantes mientras escribe con la sensación de ser invisible. Lo mismo ocurrirá por las noches al observar las habitaciones iluminadas de sus vecinos mientras ella y los suyos yacen a escondidas y en penumbras, pues el resto de la gente no debía sospechar que vivían en el interior del edificio aparentemente abandonado:

Tenemos mucho miedo de ser oídos o vistos por los vecinos […] Me siento oprimida, indeciblemente oprimida por el hecho de no poder salir nunca, y tengo muchísimo miedo de que seamos descubiertos […] Durante el día, estamos obligados a caminar despacio y a hablar despacio, para que no nos oigan.[8]

Ana deseaba volver a casa al poco tiempo, ver de nuevo a sus amigos, regresar al colegio: “Pienso en todo eso como si hubiera sido vivido por otra persona que no fuera yo misma”.[9] Cada que escribe lo hace con la esperanza de llegar a ver al día siguiente el fin de la guerra. De hecho, la primera vez que celebran Navidad lo hacen con un pastel adornado con la palabra «Paz». El día de Janucá festejarán en silencio, como si se tratase de un ritual prohibido: la fiesta de los judíos que les motiva a ocultarse con el inmenso temor a ser descubiertos.

         En algunos rasgos de su escritura se siente el riesgo a ser privada para siempre de la libertad que ha conseguido a pulso con su Diario: “Ya no concibo siquiera que el mundo pueda volver a ser normal para nosotros”.[10] Pero, a pesar de todo, Ana Frank también imagina futuros: se vislumbra con hijos, ansía ser buena madre. Se enamora de Peter Van Pels, que en un principio le resultaba antipático. A pesar de las peleas con su madre, ella le enseña sobre el arte de vivir. ¿Pero se puede hablar realmente de vida en dichas circunstancias?

            El Diario nos lo revela: lo que allí fluctúa en efecto es la vida, los gestos y las complicaciones de dos familias necesitadas de un refugio. Y a pesar de las dificultades, resultará más entrañable su convivencia. Ana Frank, que más que nadie ama a su padre, anotará algunos gestos del hombre que más quiso: que lee a Dickens en ocasiones, que le surge una arruga cada que coge un libro, pero ésta desaparece, por ejemplo, a la hora de pelar las papas para el almuerzo. “Con una expresión semejante —nos dice al espiar al padre y ver su rostro perfectamente concentrado en quitar la cáscara a los alimentos— la imperfección es inconcebible”.[11]

              Al año siguiente, su padre le hará un poema como regalo de cumpleaños. Ana lo transcribirá en su diario como el mayor de los tesoros. En él, le pide paciencia, pues comprende la dificultad de las circunstancias, el acoso desmedido de los adultos hacia ella que se encuentra emocionada con el estudio y la escritura, la desesperación ante la imposibilidad de salir a hablar con otros jóvenes. La única ventaja que parece encontrar es que su hija en el encierro ha ganado de aliados a los libros. Y Ana Frank, posteriormente, en el cumpleaños del padre le regalará uno de sus cuentos, titulado «Ellen, el hada buena». Además de escribir su Diario, elaboró varios relatos breves sobre la vida en el Anexo; veía factible la opción de escribir una novela en el futuro: “¡Oh, cómo lo deseo! Pues, al escribir, yo puedo concretarlo todo: mis pensamientos, mi idealismo y mis fantasías”.[12]

              Su actividad literaria adquiere gran importancia hasta tornarse paulatinamente un oficio; ya no dudará en continuar su diario, nutrido de las lecturas que van motivando ese despertar. Ana Frank nos hablará de sus libros y cómo paulatinamente va llegando a aquellos destinados sólo a los adultos, mientras su padre acuerda con ella en leer fragmentos de Goethe y Schiller por la noche. Se apasiona por la historia y la mitología: “Cuando leo un libro que me impresiona, necesito hacer un gran esfuerzo de readaptación antes de ir a encontrarme de nuevo con los humanos de nuestra casa”.[13] El estudio y la lectura serán parte de sus obsesiones a pesar de las peleas con Fritz Pfeffer por una mesita de trabajo que ambos desean ocupar y que ella requiere tan solo durante dos días a la semana.[14]

          Apoyada de un diccionario, Ana Frank solía leer en inglés y en francés mientras su padre y su hermana tomaban un curso de latín por correspondencia. El Diario sería escrito en neerlandés, aunque en ocasiones usaba palabras del alemán. Según Aidan Chambers, el registro en la lengua original muestra un estilo pulido, una mezcla entre el lenguaje literario que observaba en sus libros y un tono coloquial que probablemente se acercara a su manera de expresarse, al flujo de sus palabras a la hora de platicar con cualquier otro.[15] El lector sabe que el Diario ha sido para Ana un mayor refugio que las paredes ensombrecidas del escondite encubierto. Ella misma logra notarlo: “Mi último hallazgo, en la mesa, me hablo a mí misma en vez de hacerlo a los demás”.[16]

            En los últimos meses nos narrará su enamoramiento de Peter, el hijo de los Van Pels. Acabará por ser correspondida: mientras ambos se observan y se gustan ella siente que con él comparte un secreto. Al recibir un halago, lo anotará en su Diario, aunque también distinguirá que la emoción contagia su lenguaje, que aquella emoción nunca antes experimentada la toca y la siente en su escritura: “Por más que busque las palabras, no las encuentro; a tal punto soy dichosa. Perdóname, querida Kitty. Mi estilo, hoy, se ha venido muy abajo”.[17]

            Peter se volverá su nuevo confidente: lo irá a ver a su habitación y se encuentra dispuesta a leerle algunas páginas de su Diario. Trata de inspirarle más confianza en sí mismo, lo cual demuestra que su escritura ha ocupado un sitio especial en la conformación de su identidad y en la expresión de sus emociones. Pero aun con ello, ni el amor de Peter logrará que Ana abandone las conversaciones con Kitty. El escondite de palabras le ha permitido salir al exterior, encontrarse con otro y tratar de ayudarlo.

            Por eso su historia nos conmueve: porque Ana Frank nos ha transmitido la forma en que ella y los habitantes del Anexo trataron de volver habitable un espacio en el que debían guarecerse de los peligros del exterior. Sin su Diario, que nunca sería leído por los habitantes de la casa, no sabríamos nada de ellos: ni sus costumbres, ni sus manías ni que por un momento habitaron el mundo como nosotros lo hacemos en estos momentos. 

Amenazas del exterior

El Diario es la huella de un camino, la mirada de una observadora inquieta que no puede dejar en el olvido sus vivencias. Ciertamente Ana Frank narrará momentos de incertidumbre, noticias imprevistas y poco claras. Las novedades de la guerra aparecen con el deseo de ver más cercano el día en que podrán ser libres y salir del escondite. Lejano se encuentra ese saludo exaltado y sorprendido de la casa de atrás como un lugar extraordinario: “Querida Kitty: ¡las personas escondidas adquieren experiencias curiosas!”.[18] Se siente paulatinamente el nerviosismo de Ana Frank por adaptarse a un nuevo sitio repleto de zonas oscuras y con el riesgo de que ese mundo apenas construido se caiga a pedazos al instante:

Me dan todos los días valeriana para calmarme los nervios, lo que no impide que al día siguiente me sienta todavía más fastidiada. Conozco un remedio mejor: reír, reír de buena gana; pero nosotros casi nos hemos olvidado ya de la risa. Si esto dura aún mucho tiempo, temo mucho verme con una larga cara seria, de labios colgantes. Decididamente, las cosas no mejoran.[19]

Los bombardeos son tan intensos que Ana prefiere reunir sus pertenencias en una maleta.  Al verla, de inmediato, su madre se sorprende: le pregunta que adónde piensa huir. El diario mismo será un escape lo suficientemente poderoso como para oír a todos ellos, tanto a los internos como a los salvadores, quienes apoyaban a los Frank y a los Van Pels con suministros, medicinas y noticias del exterior.

          Ana describirá la red comunitaria que les mantendrá con vida hasta el último momento: quienes les llevan provisiones y se vuelven su contacto con el mundo de afuera. Según los testimonios, los Frank habrían huido hacia Bélgica, aunque realmente yacían ocultos en el Anexo gracias al apoyo de Miep Gies y Bep Voskuiji, quienes descubrieron el Diario varios días después del encarcelamiento. No logró la policía y sus informantes encontrar el testimonio escrito; de haberlo hecho, posiblemente hubiese sido condenado al fuego. Afortunadamente no fue así, y podemos revivir sus vivencias.

          Los habitantes del Anexo poco a poco se quedaron sin contactos, porque cualquiera que ocultara judíos acababa apresado junto con ellos. Si atravesaron complicaciones por la escasez de alimentos, el espacio restringido y la imposibilidad de salir de casa, la opinión de Ana resulta muy sensata en relación con la vida de los demás, en quienes piensa:

Y nosotros sí, nosotros estamos bien, mucho mejor huelga decirlo, que millones de otras personas. Nosotros estamos aún a resguardo y nos comemos el dinero que pretendemos nuestro. Nosotros somos a tal punto egoístas que nos permitimos hablar de la posguerra, regocijándonos de la perspectiva de ropas nuevas y de zapatos nuevos, cuando deberíamos economizar cada céntimo para salvar a los afligidos después de la guerra, o al menos, todo lo que quede por salvar.[20]

Ana Frank se preocupará por el exterior mientras atiende las novedades de la guerra. Se alegra del Desembarco en Normandía, aunque sienta todavía muy lejana la liberación de Holanda. Se mantendrá el peligro acechante de desmoronarse en cualquier momento.

         En la última entrada del Diario, tan solo tres días antes de que la policía encontrara el Anexo, escribirá sobre las distintas Anas que existen y cómo la gente nunca conoce del todo a una persona: “Sé exactamente cómo me gustaría ser, puesto que lo soy […] interiormente. Pero, ¡ay!, soy la única que lo sabe”.[21] El fragmento nos habla de la construcción de una identidad nutrida por su ánimo interno pero modificada por la opinión de los demás. Pareciera como si ella misma observara las distintas etapas a lo largo de sus días, amparada por un nuevo amor, deseosa de construir una novela, y sin embargo deseando siempre volverse otra. Pues no solo el mundo de afuera parece sofocarla, sino también el que se encuentra dentro de la casa y que, a pesar de todo, ella nos presenta como un territorio propio.   

La historia interrumpida

El Diario de Ana Frank concluye de manera brusca debido a los acontecimientos que imposibilitan la continuidad de su escritura. El relato se ve silenciado por el descubrimiento del Anexo secreto y la detención de los ocho refugiados, quienes serían enviados a campos de concentración. Ana Frank pisaría Auschwitz y sería trasladada junto con su hermana a Bergen-Belsen, donde finalmente fallecería de tifus pocos meses antes de que liberaran a los prisioneros en 1945. Otto Frank sería el único sobreviviente de todos los habitantes de la casa. Tras publicar el testimonio escrito de su hija, se dedicó a viajar por el mundo para difundir el mensaje de Ana Frank. Lucharía por recuperar el edificio en Prinsengracht 263, donde fundaría un museo en memoria a los espacios narrados en el Diario.[22]    

           Como señala George Steiner, el Diario de Ana Frank impide conocer del todo la historia a pesar de que logra conmover enormemente al lector, pues hay escasos registros sobre Ana Frank tras su detención.[23] Incluso hay que admitir que el cierre abrupto del libro nos deja inquietos y consternados, pues no es posible para nosotros hacer nada por esa niña que nos ha abierto su corazón de manera tan generosa. La Shoá o catástrofe judía sigue siendo uno de los episodios más lamentables del siglo pasado, y tras leer el libro, nos deja con una sensación de impotencia.

           Günter Grass dedica un ensayo a la dificultad de hablar sobre el tema a las generaciones futuras, pues él perteneció a esa sociedad que indirectamente participó en la condena de millones de judíos, entre los que se encontraron los casi ciento cincuenta mil radicados en Holanda.[24] La pregunta sigue siendo válida: ¿Cómo narrar estos acontecimientos y desde qué horizontes nos posibilita evitar caer en las filas del odio? He encontrado en las palabras de Hannah Arendt una respuesta ante esta problemática: 

El mundo no es humano por el simple hecho de estar hecho por humanos, y no se vuelve humano por el simple hecho de que la voz humana resuene en él, sino sólo cuando se ha convertido en objeto del discurso […] Sólo humanizamos lo que está sucediendo en el mundo y en nosotros cuando hablamos de ello, y es al hablar que aprendemos a ser humanos.[25]

 Ana Frank consiguió que los acontecimientos sucedieran en otras partes; es decir, en la mente del lector, quien revive las sensaciones del encierro, del terror y de la esperanza con cada día que pasa esperando volver a la normalidad. Lo más especial del Diario, nos recuerda Aidan Chambers, consiste en distinguir el mundo que Ana Frank y los suyos habitaron, pues “[…] como todos los grandes libros, El Diario de Ana Frank crea su propio mundo”.[26] Entrar de nuevo a la habitación será, a partir de entonces, la actividad disponible para todo lector que quiera sumergirse en sus páginas para hallar consuelo. El Diario se encuentra repleto de actitudes sinceras, concesiones sobre la propia imperfección humana, a mi parecer una de las razones por las que el libro resulta sumamente fresco.

         Ana Frank escribió muchísimas impresiones valiosas sobre lo que es ser adolescente, pero podrían aplicarse para la experiencia humana en su conjunto; es decir, cómo somos seres contradictorios y cómo nuestra forma de ver el mundo puede fluctuar con el paso del tiempo. Por otra parte, su escritura sirve de guarida, nos cobija su manera de entablar un diálogo consigo misma; nos hace pensar para qué sirven las palabras y qué tan importante es tener a alguien que nos escuche. Nos presenta la posibilidad de soñar con un mañana. 

            Lo que vive de Ana Frank no es lo que hicieron con ella sino lo que ella hizo con sus palabras y cómo éstas le sirvieron de hogar para presentar tal cual quién es y seguirá siendo, pues el testimonio siempre la mantendrá con vida a diferencia de tantos verdugos ahora condenados al olvido. Habrá de vivir mientras haya un lector que quiera volver a sentir sus pasos, revivir por segunda vez lo que se encontraba en su habitación para tal vez refugiarse a través de su historia. En otras palabras, habrá de vivir mientras persista la esperanza.


[1] Paul Auster, La invención de la soledad, pp. 117-118.

[2] Ana Frank, Diario, p. 2.

[3] Ibid., p. 37.

[4] Ibid., p. 3.

[5] Aidan Chambers, “La pluma de Ana Frank” en, Lecturas, p. 18.

[6] Ana Frank, Op. Cit., p. 156.

[7] Ibid., p.16.

[8] Ibid., p. 17.

[9] Ibid., p. 91.

[10] Idem.

[11] Ibid., p. 83.

[12] Ibid., p. 156.

[13] Ibid., p. 91.

[14] Fritz Pfeffer, nombrado en el Diario como Dussel, llegó al Anexo secreto el 17 de noviembre de 1942. Fue el último en ingresar y compartía habitación con Ana Frank. Tenía más de cincuenta años cuando argumentó lo siguiente a la diarista en su disputa por la mesita del cuarto: “Yo también tengo que trabajar. Si no trabajo por la tarde, no trabajo en absoluto. He de terminar mi tesis, que aún no está ni en su comienzo. Y tú, no tienes nada serio que hacer. La mitología no es trabajo; tejer y leer, tampoco. Yo he reservado la mesita, y me la quedo”. Ibid., p. 69.

[15] Aidan Chambers, Lecturas, p. 16.

[16] Ana Frank, Op. cit., p. 81.

[17] Ibid., p. 143.

[18] Ibid., p. 28.

[19] Ibid., p. 87.

[20] Ana Frank, Op. cit., p. 51.

[21] Ibid., p. 207.

[22] Desde 1960 abriría sus puertas La casa de Ana Frank. Actualmente es posible hacer un recorrido virtual por todas las habitaciones del Anexo secreto: en él se encuentran la estantería sobrepuesta, el cuarto de los Van Pels, el compartido por Margot, Otto y Edith, así como el dormitorio de Peter y el que habitó Ana Frank con Fritz Pfeffer. El recorrido permite al lector imaginar con mayor viveza los acontecimientos narrados en el diario; incluso pueden distinguirse algunas de las fotografías de estrellas de cine que coleccionaba Ana y que tanto conmovieron a Paul Auster. Para entrar al museo virtual cf., <https://www.annefrank.org/es/ana-frank/la-casa-de-atras/>.

[23] George Steiner, Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, p. 128.

[24] Cf. Günter  Grass, “¿Cómo se lo decimos a los niños?” en, Ensayos sobre literatura, pp. 169-188.

[25] Hannah Arendt, Hombres en tiempos de oscuridad, p. 24.

[26] Aidan Chambers, Op. Cit., p. 13.

 


Bibliografía

 

Arendt, Hannah, Hombres en tiempos de oscuridad. Traducción de Claudia Ferrari y

Agustín Serrano de Haro, Sevilla, Gedisa, 2009.

Auster, Paul, La invención de la soledad. Traducción de Ma. Eugenia Ciocchini, Barcelona, Anagrama, 1994.

Chambers, Aidan, Lecturas. Traducción de Ana TamaritAmieva, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

Frank, Ana, Diario. Prólogo de Daniel Rops, Ciudad de México, Porrúa, 1995.

Grass, Günter, Ensayos sobre literatura. Traducción de AngélikaScherp, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2014.

Steiner, George, Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Traducción de Miguel Ultorio, Sevilla, Gedisa, 2006.