La modernidad y lo barroco. La figura de San Hipólito en la Ciudad de México

Miguel Adrián Sánchez Arrieta

Este trabajo tiene por intención realizar un análisis estético y filosófico de la figura de San Hipólito en la Ciudad de México, durante la época de la Colonia. Todo ello, en virtud de mostrar que el barroco se engendró como una cultura que confrontó al proyecto civilizatorio moderno. Para ello, se revisarán los estudios sobre la modernidad y lo barroco que realizaron Echeverría, Deleuze y Soldevilla; además, se indagará en la filosofía de la historia y los estudios de estética de Kant. Para estudiar la figura de San Hipólito, se consultan los trabajos de Pierantoni y Tateiwa sobre el Santo, así como la investigación de Ragon acerca de los santos patronos del México central durante la época colonial. 

El proyecto civilizatorio moderno

San Hipólito es una figura enigmática, ya que, como señala Pierantoni, tres personajes diferentes que pertenecieron a la Iglesia cristiana adoptaron el mismo nombre.1 El San Hipólito que llegó a Nueva España es un santo de guerra, fue conocido como el mártir y sus registros provienen de Roma, Italia. Según Ragon, San Hipólito fue elegido santo patrono de la Ciudad de México antes de la llegada de los colonizadores europeos a la ciudad. De esta manera, Nueva España se funda religiosamente con un santo guerrero. Su fiesta patronal era celebrada el 13 de agosto, fecha que coincide con la caída de México-Tenochtitlan.2 

  La conquista de América y su posterior colonización aconteció durante los inicios de la modernidad europea. Echeverría entendió por Modernidad “[…] un proyecto civilizatorio específico de la historia europea”.3 El proyecto civilizatorio moderno tuvo la capacidad performadora y conformadora más decisiva en el contexto latinoamericano. Este proyecto comenzó con un “etnocidio”, esto es, un homicidio indígena y la destrucción de diversas culturas. El etnocidio que los europeos cometieron tenía por objeto instaurar el proyecto civilizatorio moderno en América. Como apuntó Echeverría, los europeos deseaban recomenzar la historia de Europa en América; la Modernidad quería la metamorfosis de América en Europa,4 de modo que este proceso civilizatorio “[…] no habría sido sólo un proceso de repetición modificada de lo mismo sobre un territorio vacío, sino un proceso de recreación completa de lo mismo, al ejercerse como transformación de un mundo preexistente”.5 

  La instauración del proyecto civilizatorio moderno en América influyó en los textos sobre filosofía de la historia de algunos pensadores europeos. Entre ellos, Kant denotó que la Modernidad contiene dentro de sí una teleología; “[…] la naturaleza persigue en este caso un curso regular, de conducir por grados nuestra especie desde el plano de animalidad más bajo hasta el nivel máximo de la humanidad”.6  El plano máximo de humanidad es aquél en donde el ser humano ha perfeccionado su razón hasta engendrar “[…] un estado de ciudadanía mundial o cosmopolita”.7 El proyecto moderno buscó desarrollar la razón en civilizaciones consideradas salvajes e irracionales para conducir a la humanidad a un estado cosmopolita. El instrumento que utilizaron los europeos para racionalizar al continente americano fue la evangelización en la fe cristiana. Echeverría apuntó que la Iglesia cristiana cumplió en la historia de América un papel regulador y socializador fundamental para desarrollar la cohesión social y la identidad propia de este territorio.8 

  En un principio, la identidad cristiana-americana fue impuesta mediante la designación de San Hipólito, el mártir, como el santo patrono de la Ciudad de México. Como un santo de guerra, San Hipólito expresaba el dominio europeo sobre América y prueba de ello son las fiestas que se organizaban en su honor. En dichas fiestas cívicas, toda la comunidad se reunía alrededor de la conmemoración de sus orígenes y celebraba la hispanidad, rezando por su permanencia. De acuerdo con Tateiwa, se suspendió la conmemoración de la fiesta de San Hipólito después de la consumación de la Independencia.9 

El barroco como pensamiento antiimperial en Nueva España

Echeverría entendió por barroco “[…] una ‘voluntad de forma’ específica, una determinada forma de comportarse con cualquier sustancia para organizarla, para sacarla de un estado amorfo previo o para metamorfosearla; una manera de conformar o configurar que se encontraría en todo el cuerpo social y en toda su actividad”.10 A partir de su definición, se puede indicar que Echeverría concibió al barroco como una fuerza performadora que puede dar origen a la cultura de una sociedad. Para entender el concepto de cultura, es preciso remitirse a Kant, quien la entendió como “La producción de la aptitud de un ser racional para cualquier fin, en general (consiguientemente en su libertad)”.11 De modo que la cultura es producto de la razón. Por todo lo cual, se puede concluir que el barroco es una cultura que performa la realidad social de un determinado contexto. 

el barroco es una cultura que performa la realidad de un determinado contexto.

  Kant se percató que la performación barroca surgió dentro de la estructura moderna del yo, la cual comprende una dimensión moral y estética. Para Kant, la estética y la moral guardan en el ser humano una intrínseca relación que se construye mediante las disposiciones de un particular. Sin embargo, Kant señaló la posibilidad de encontrarse fuera de dicha estructura: “[…] se ve movido al mismo tiempo por un impulso secreto de tomar mentalmente un punto de vista fuera de sí mismo”.12 Esta posibilidad se manifiesta en la contemplación de aquello que es sublime: “Lo sublime es, a su vez, de distinta naturaleza. El sentimiento que lo acompaña es a veces de cierto horror y melancolía; en algunos casos, meramente una admiración silenciosa y en otros de una belleza que se extiende sobre un plano sublime”;13 lo sublime es causado por aquello terrorífico, noble o magnífico. Sin embargo, lo sublime que afecta a los seres humanos se presenta en un primer momento de forma irracional, pues es un acontecimiento más fuerte que cualquier otro sentimiento. Lo sublime causa shock en el sujeto que lo experimenta, es decir, el suceso rompe con la subjetividad de un ser humano al incorporarlo y envolverlo dentro de sí. El suceso del shock que causa la sensación de lo sublime destruye o rompe con el yo. 

  El acontecer de la ruptura del yo moderno se traduce en la posibilidad de originar lo barroco como una nueva y diferenciada posibilidad de racionalidad. Como apunta Deleuze, el barroco aparece como una expresión y liberación sin límites porque abandona toda disposición anterior y entra en un curso infinito de desarrollo.14 De forma similar, Soldevilla sostiene que el barroco es una línea de pensamiento activa y elocuente de resistencia frente al paradigma moderno.15 Por tanto, el barroco, por su propia naturaleza, no se instaura como una racionalidad definitiva y determinada, sino que le corresponde la tarea de encontrar líneas infinitas de desarrollo. Su función es alterar la cotidianidad de la estructura del yo moderno.

  El barroco encontró en América un lugar para desenvolverse, pues en este continente el proyecto moderno no logró fundar una re-creación de Europa. Por el contrario, apunta Echeverría que los colonizadores europeos edificaron “[…] algo diferente a lo propuesto; se descubrirán poniendo en pie una Europa que nunca existió antes de ellos, una Europa diferente, latino-américa”.16 Siguiendo esta línea de interpretación, Soldevilla señala que el barroco ayudó a la región de Latinoamérica a performar una identidad frente a la globalización desidentitaria y centrífuga. Dicho en términos kantianos, lo barroco frenó el desarrollo de la humanidad como un estado cosmopolita.17 El barroco es una posición contestataria y reaccionaria hacia un dominio dado, por tanto, es posible afirmar que el barroco es una expresión antiimperialista del pensamiento latinoamericano. 

  El pensamiento barroco latinoamericano, dada su naturaleza antiimperial, causó el deterioro de la relación entre San Hipólito y los habitantes de la Ciudad de México y ocasionó la pérdida de la fiesta patronal de la ciudad. Para los habitantes de Nueva España, San Hipólito simbolizaba el poder colonizador europeo. La ruptura que aconteció con este santo patrono fue muestra de la potencia del pensamiento barroco antiimperial como un proyecto de racionalidad plural y móvil. Esta ruptura de sentido, es decir, la destrucción del yo colonial europeo es la génesis de una cultura barroca que crea nuevos ideales identitarios para performar, a partir de lo establecido, una nueva nación con fines y aspiraciones propias. 

Para concluir

La intención de este trabajo fue caracterizar al barroco como un pensamiento que rompió la estructura moderna del yo y, de igual forma, se buscó resaltar el carácter antiimperial del pensamiento barroco dentro del contexto latinoamericano. La instauración de la figura de San Hipólito, el mártir, como el patrono de la Ciudad de México, y la celebración de su fiesta son muestras de las intenciones del proyecto europeo para colonizar América mediante la racionalización evangélica. Asimismo, el pensamiento barroco contribuyó al abandono del patronato de San Hipólito, pues su figura y su fiesta fueron expresiones colonizadoras que no eran coherentes con el desarrollo del carácter emancipador, plural y móvil propio del contexto latinoamericano. De todo ello se concluye que Latinoamérica fue el lugar en donde el pensamiento barroco encontró su expresión como una razón emancipadora del dominio europeo y como una razón performadora de una posible identidad regional. La tarea de examinar el desarrollo y cumplimiento efectivo de la identidad latinoamericana le corresponde a otro ensayo.  

Notas

1 Cf. C. Pierantoni, “El enigma de los dos Hipólitos”, p. 61.

2 Cf. P. Ragon, “Los santos patronos de las ciudades del México central”, pp. 363-365.

3 B. Echeverría, La modernidad de lo barroco, p. 58.

4 Cf. Ibid., p. 61.

5 Ibid.

6 E. Kant, “Idea de una historia universal en sentido cosmopolita”, sección 7.

7 Ibid., sección 8.

8 Cf. B. Echeverría, op. cit., pp. 69-70. 

9 Cf. R. Tateiwa, El cabildo de la ciudad de México y la fiesta de San Hipólito, siglos XVI y XVII. Simbolismo y poder español, p. 23.

10 Ibid., p. 58.

11 E. Kant, Crítica del Juicio, Ak. v, 431.

12 E. Kant, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, p. 28.

13 Ibid., p. 5.

14 Cf. G. Deleuze, El pliegue. Leibniz y el barroco, p. 50.

15 Cf. C. P. Soldevilla, Ser barroco. Una hermenéutica de la cultura, p. 38. 

16 B. Echeverría, op. cit., p. 82.

17 Cf. C. P. Soldevilla, op. cit., p. 45.

Bibliografía

DELEUZE, Gilles, El pliegue. Leibniz y el barroco, trad. José Vázquez, et. al., Barcelona, Paidós, 1989. 

ECHEVERRÍA, Bolívar., La modernidad de lo barroco, México, Era, 2000. 

KANT, Emmanuel, Crítica del Juicio, trad. Manuel García Morente, Madrid, Gredos, 2010. 

————, “Idea de una historia universal en sentido cosmopolita” en Filosofía de la historia, trad. Eugenio Ímaz, México, FCE, 2015.

————, Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, trad. Dulce María Granja Castro, México, FCE-UAM-UNAM,  2006. 

PIERANTONI, Claudio, “El enigma de los dos Hipólitos”, en Teología y vida, Santiago, UC, Vol. 47, 2006, pp. 55-75.

RAGON, Pierre, “Los santos patronos de las ciudades del México central”, en Historia mexicana, Vol. 42, No. 2, México, COLMEX, Octubre-Diciembre 2002, pp. 361-389. 

SOLDEVILLA, Carlos, Ser barroco. Una hermenéutica de la cultura, Madrid, Siglo XXI, 2013. 

TATEIWA, Reiko, El cabildo de la ciudad de México y la fiesta de San Hipólito, siglos XVI y XVII. Simbolismo y poder español, México, Consejo editorial de la H. Cámara de Diputados, 2017.