La heurística y la hermenéutica históricas en tiempos de la posverdad

Marialba Pastor

La distorsión de los hechos ocurridos, con la intención de favorecer los intereses de un individuo o un grupo social, es un asunto que se ha abordado en numerosas obras de forma oral, visual y escrita, y puede rastrearse en reflexiones históricas, filosóficas, politológicas, psicoanalíticas, etc., desde la antigüedad (Aristóteles, Quintiliano, Agustín de Hipona) hasta la época contemporánea (Kant, Nietzsche, Freud, Arendt, Derridá).[1] La vasta atención en este asunto habla de un problema humano central, ya que la cohesión y la preservación de toda comunidad o sociedad requieren de la aceptación común de un sistema de valores, de un conjunto de verdades que permita la comunicación que oriente las conductas de sus integrantes. Es, en primera instancia, un asunto de supervivencia.

      Si hoy vivimos en la “era de la posverdad”, si en la época actual tiende a predominar la idea que considera inútil e imposible la aproximación a la realidad, entonces, en lo que atañe a la Historia (entendida como una ciencia social que busca comprender y explicar lo pasado), nos encontramos frente a una crisis ya quela principal pretensión de esta forma de conocimiento es aproximarse —con todo el peso de las subjetividades— a la verdad de lo acaecido y alcanzar la mayor precisión posible en la representación de lo ocurrido.

      La crisis de la Historia se evidencia en la proliferación de una historiografía que no tiene como objetivo el esclarecimiento de los conflictos humanos y sociales pasados, que contribuye poco a la reflexión o a la transformación de la conciencia subjetiva y social presentes, o cuyos resultados muestran una excesiva apertura para subvertir las convenciones sociales que tradicionalmente valoraron la obra histórica en función de la agudeza y la profundidad de sus explicaciones. Se trata de una historiográfica acrítica fincada en la repetición de las historias oficiales o los lugares comunes, convertida en género literario, o bien, confundida con la crónica que no alcanza a vislumbrar la complejidad de las relaciones sociales.

      Tanto la posverdad como el empobrecimiento del conocimiento histórico parecen encontrar un vínculo estrecho con  la era digital, en buena medida porque los discursos que producen y reproducen los medios audiovisuales tienden a reducir la realidad pasada y presente a un conjunto de imágenes que pocas veces se acompañan de explicaciones claras; a una mezcla confusa de realidad y ficción cuya intención principal es acrecentar los niveles de emocionalidad de los receptores, para conducirlos a un determinado tipo de consumo o de postura política o religiosa. En esta dirección, lejos del “fin de la historia” que el politólogo estadounidense Francis Fukuyama  pronosticara en los años setenta, lejos de la muerte de la historia entendida como conjunto de grandes relatos con objetivos nacionalistas y de propaganda de los bloques capitalista y comunista,[2] los discursos históricos, aparentemente desideologizados, se han convertido en una de las mercancías preferidas de las comunidades de la red y de las industrias de la diversión y el entretenimiento. Estas industrias se encargan de moldear las conductas que corresponden a la nueva fase de un capitalismo, cuyos grandes monopolios venden información para ser procesada por empresas y grupos cerrados que promueven modas y estilos de vida.[3]

      Para nadie son nuevos los múltiples usos de la memoria y las representaciones históricas pues, desde tiempos remotos, las referencias al acontecer pasado han ocupado un lugar cardinal en las distintas lógicas culturales; en las religiones, la literatura, la música, la danza, la pintura, el teatro o el cine. Los magos y las brujas invocaron a los antepasados; las tragedias refirieron episodios de dioses y héroes míticos; las aventuras de los príncipes y las princesas se vertieron en los cuentos infantiles; las novelas recrearon ambientes pretéritos… en fin. Algunas veces los artistas y los escritores persiguieron “hacer historia” intencionalmente para ilustrar situaciones particulares (en Guerra y paz para narrar las relaciones interpersonales de varias familias rusas frente a la invasión napoleónica de su territorio y en los Buddenbrook para abordar los conflictos de cuatro generaciones de la burguesía del norte de Alemania).

      Sin duda, de la mezcla de ficción y realidad, de memoria y fantasía han resultado obras esclarecedoras, en parte porque a nada de lo imaginado le faltan pies en la realidad y porque la realidad no puede ser concebida sin imaginación. Pero los bestsellers, los filmes, los programas y las series de televisión (History Channel, National Geographic Channel, Netflix series and documentaries) transmitidos cada vez más en soportes digitales, han logrado ocupar el lugar de las obras artísticas y científicas que en otros tiempos perseguían marcar las fronteras entre lo real y lo imaginado, lo verdadero y lo falso, lo experimentado y lo soñado. Sus discursos convierten el acontecer pasado en objetos vinculados a la oferta del mercado (el glamour de las aristocracias, el horror de las batallas, los declives de los grandes imperios, las intrigas palaciegas, la vida privada de los magnates, los  héroes y los artistas), para lo cual —como sucede con las “historias oficiales”— exageran, dramatizan o eliminan tanto lo “políticamente incorrecto” como las razones profundas de los conflictos. A su grandilocuencia contribuyen los efectos especiales, la música y las imágenes que realzan la violencia, la acción rápida, las escenografías espectaculares, la magia y la fantasía, esto es, que abusa de la epidíctica, que recurre al elogio y el vituperio, a los vicios y las virtudes, a los buenos y los malos, y continuamente reinventa el anacronismo en los lenguajes: los emperadores romanos hablan como empresarios primermundistas, los reyes medievales se expresan como burócratas del siglo XX, los mendigos decimonónicos se comportan como pordioseros de las urbes actuales y las damas de la nobleza del antiguo régimen se visten, peinan y maquillan como las modelos de las pasarelas. De este modo, la formación intelectual y el trabajo de reflexión que el acercamiento a las obras científicas y artísticas demandaba antes de sus auditorios han quedado mayormente marginados. Pero el éxito de estos discursos no puede atribuirse a la perversa manipulación oligopólica de unas masas inermes —aunque las más atractivas películas, series y videos sean diseñadas y distribuidas por pocas empresas—, pues en todo acto de intercambio, en toda relación do ut abeas, la satisfacción y gratificación las esperan y reciben ambas partes. Si los medios audiovisuales abusan de la ensoñación y recurren a los trucos, los engaños y las mentiras, es porque sus consumidores los aceptan gustosos, aún más, los demandan para colmar sus deseos de evasión, para disfrutar la comodidad de ser conducidos y posponer la molestia de “tomar el destino en sus propias manos”.[4]

      Pero volvamos a la crisis de la historiografía para preguntarnos en qué medida los historiadores formados profesionalmente son responsables de ella; cuál es la parte de la crisis que toca a los productores de la historiografía que son o deberían ser los hacedores de los relatos históricos que se comunican. Entonces nos encontramos con un hecho histórico interesante: el paulatino abandono de la crítica como método de investigación (que a menudo resulta del miedo de los historiadores a su exclusión del mainstream de la élite intelectual, académica o del consumo) parece avanzar por la vía de la incertidumbre y amenazar con la destrucción de la historia como un saber cuyo fin es aportar conocimientos útiles para la transformación de las relaciones humanas, sociales y con la naturaleza en algo satisfactorio para todos.

      Hace medio siglo conocimos pronunciamientos respecto del abandono de la crítica como consecuencia de la desconexión de los historiadores con los conflictos del presente, con su desinterés en configurar proyectos comprometidos con el futuro de la sociedad, con su tendencia a la hiperespecialización y al desaprovechamiento de los saberes de las artes y otras ciencias y humanidades para avanzar en sus preguntas y problemas. Hace décadas, conocimos también los cuestionamientos a “la historia en migajas” y a los conocimientos fragmentarios que presenta la historiografía más difundida: la presentación de las manifestaciones humanas separadas en compartimentos estancos y la subutilización de conocimientos diversos, especialmente sociales, para profundizar en la comprensión histórica, el análisis, desde la perspectiva histórica, de fenómenos sociales perceptibles cotidianamente: el deterioro ambiental, la violencia, el autoritarismo, la corrupción o la mentira.[5] En efecto, las crónicas — las cuales a menudo se confunden con las obras historiográficas—, limitadas a ordenar (cronológicamente) los acontecimientos y extraer partes convenientes de las fuentes escritas, los testimonios orales y los restos materiales, no alcanzan los niveles de comprensión, interpretación y explicación necesarios para descubrir el sentido profundo de los conflictos humanos,[6]para adentrarse en las relacionas complejas que establecen los seres humanos con la naturaleza física y con sus congéneres.[7]

      Por otra parte, el justificado rechazo del realismo ingenuo, del empirismo pretendidamente aséptico y delcuantitativismo desplegado sobre todo a partir de los años ochenta del siglo pasado, ha favorecido la eclosión de una nueva historiografía que, partiendo de la historia de la cultura, se ha concentrado en la historia de la simbólica, los imaginarios, las emociones, los sentimientos, los conceptos, etc., entendida como discurso de prácticas exclusivamente subjetivas e intersubjetivas. Esta nueva historiografía ha tendido a prescindir del análisis de la concreción de las relaciones sociales y a desconectar al sujeto, sus lenguajes y manifestaciones espirituales de la vida material. Si bien las incursiones en los terrenos de las motivaciones psicológicas, la mente, el pensamiento, los impulsos, la semiótica, etc., así como la mayor atención en el uso espacio-temporal de los conceptos han aportado conocimientos indudables para acrecentar la comprensión de la complejidad histórica y han contribuido a poner mayor atención en la forma literaria de la narración histórica, una parte de esta historiografía ha recurrido a la interpretación libre, prescindiendo o minimizando la preocupación por el proceso documental y lógico seguido y, sobre todo, por la constatación de los hechos en pruebas.

      Respecto de lo antedicho, resulta paradójico recordar el sentido que el movimiento ilustrado y el cientificismo alemán del siglo XIX confirieron a la imbricación indisoluble de la heurística y la hermenéutica como aspiración para alcanzar nuevo conocimiento histórico. Este recuerdo constituye un objetivo central de este texto, porque, desde nuestro punto de vista, la crisis actual de la historiografía encuentra una de sus principales causas en la desatención de “la puesta en crisis” del conocimiento adquirido como posibilidad única para la generación de nuevo conocimiento. Esta “puesta en crisis” incluye a la misma historiografía ilustrada y cientificista decimonónica, no para quedarnos con “su lado malo”, es decir, con las limitaciones que marcan algunos manuales de historiografía en cuanto a sus inclinaciones a la tecnificación y la burocratización del conocimiento événementielle, sino para retomar el método crítico que propuso.

La imbricación de la heurística y la hermenéutica históricas

 La ausencia de sistematicidad en la manera de acudir, seleccionar, comprender e interpretar las fuentes escritas, los testimonios orales y los restos materiales para fundamentar o sustentar la argumentación histórica, constituyó el centro de la crítica de la historiografía ilustrada y cientificista. Esta historiografía, deudora de las filologías inglesa y alemana del siglo XVIII, advirtió cómo las obras clásicas de los autores griegos y latinos habían sido traducidas en forma tendenciosa, debido a razones religiosas y políticas, y por ignorar sus horizontes culturales, sus sistemas simbólicos y sus contextos de producción. Entre otros defectos, los filólogos observaron que dichas traducciones presentaban inconsistencias y contradicciones, omitían datos, yuxtaponían citas de autores que disentían entre sí, incluían citas parciales destinadas a ocultar hechos o tesis inconvenientes, tergiversaban lo informado por los actores y testigos, consideraban plenamente fiables los documentos oficiales, plagiaban ideas o párrafos enteros, transcribían mal los escritos y aceptaban sus tergiversaciones y mutilaciones. Asimismo, cuestionaron las supersticiones y los dogmas, así como los textos que fincaban la verdad de lo sustentado en la sola opinión de las autoridades reconocidas (magíster dixit); una crítica importante del proyecto ilustrado que no prosperó en virtud de la sustitución de un tipo de religiosidad por “la religión de la razón”.[8]

      La pretensión de restituir a los discursos su sentido original impulsó cambios significativos en la investigación, la interpretación y la estructuración de los discursos históricos. En varias obras de Niebuhr, Savigny, Ranke y Droysen, el pasado se coloca al servicio del proyecto de la unificación de los reinos alemanes, de la exaltación del nacionalismo, del elogio de las grandes personalidades y la confianza en el progreso y el destino providencial. Algunas de ellas quieren descubrir, a la manera hegeliana, las dotes de las “grandes personalidades”, el “espíritu de los pueblos” y las “tendencias universales”. No obstante, cabe subrayar, que en sus obras teóricas y metodológicas, estos mismos autores cuestionan el empleo de la narración histórica con fines de propaganda política y religiosa, e insisten en el tratamiento especial que deben recibir los textos censurados y adaptados a las exigencias morales, los imperativos sociales y las conveniencias doctrinarias.[9]Esto quiere decir, recalcan la necesidad de la práctica cotidiana del análisis crítico de los documentos (entendidos como objetos de los cuales el historiador extrae evidencias o pruebas), es decir, de su “puesta en crisis” al someterlos a duda y compulsa, y al valorar los alcances de su procedencia y autenticidad.[10]

La unidad indisoluble de la heurística y la hermenéutica tendría que suministrar las pruebas empíricas y lógicas de la argumentación […] moldearían la narración histórica para permitir al lector-receptor verificarlas o refutarlas para responder la pregunta o “resolver” el problema originalmente formulado

      Una de las mayores aportaciones del método crítico, aplicado al conocimiento histórico, consistió en distinguir la narración histórica de otros géneros narrativos al exigir fundamentar en pruebas los argumentos, es decir, al aplicar la crítica filológica a la heurística y hermenéutica históricas como parte fundamental del proceder científico y, junto con ello, desarrollar la anciana función del “aparato crítico”, de las glosas, las notas y los comentarios añadidos al texto central, la cual, lejos de pretender la erudición banal,[11] aspiró a constituirse no sólo en un conjunto de aclaraciones al lector, sino en la corrección de errores y la conformación de preguntas históricas nuevas para futuras investigaciones. En adelante, la unidad indisoluble de la heurística y la hermenéutica tendría que suministrar las pruebas empíricas y lógicas de la argumentación. En este sentido, moldearían la narración histórica para permitir al lector-receptor verificarlas o refutarlas para responder la pregunta o “resolver” el problema originalmente formulado.[12]

      Si bien en una parte de la historiografía decimonónica el llamado a analizar interna y externamente lo plasmado en los documentos —contempladas las variantes relacionadas con el autor, el horizonte cultural, las intenciones y el problema abordado— apuntó a una aproximación a la verdad como correspondencia con la realidad pasada, ésta no dejó de reconocer que la subjetividad condiciona tanto el punto de partida como el punto de llegada de la investigación y la escrituración de cualquier obra. En este sentido, su búsqueda de cientificidad no puede reducirse al intento de trasladar la aplicación de un único método de las ciencias naturales a las ciencias humanas, de buscar “la verdad objetiva” y rechazar todo tipo de subjetivismo, aunque en pasajes de la obra de Ranke, por ejemplo, sacados de contexto, se puedan encontrar frases que hayan permitido interpretarlo así.[13]

      Los historiadores han desarrollado —aunque a menudo se olvide— sus propios métodos para intentar alcanzar los altos grados de fiabilidad que la explicación de los hechos y los procesos históricos reclama. Lo anterior puede constatarse en Histórica, el manual escrito por Johann G. Droysen hace más de un siglo. En éste, el historiador alemán reconoce que cada hecho histórico ocurre en circunstancias particulares y amerita un tratamiento propio, que no existe un método de investigación que se condense en una fórmula o se sintetice en una receta mágica, y que el historiador debe trazar y rectificar continuamente el camino, indagar una y otra vez, para vislumbrar las vías que lo conducen a la resolución de la pregunta inicialmente planteada.

      Droysen analiza las distintas etapas de la elaboración de la obra historiográfica (la pregunta histórica, la heurística, la hermenéutica, la estructuración y la narración), que no siempre siguen ese orden sino que casi siempre se abordan en forma simultánea.[14] Los métodos y las técnicas para seleccionar y valorar los documentos, es decir, la heurística (del griego εὑρίσκειν= hallar, proceder, inventar, crear), y los métodos y las técnicas para reflexionar en torno a ellos, comprenderlos e interpretarlos, esto es, la hermenéutica (del griegoἑρμηνευτικήτέχνη= traducir, conocer, comprender, interpretar), buscan ‒según esta obra‒ perfeccionar en él y desprender las intenciones, los prejuicios y las filiaciones tanto de los testigos oculares, presenciales o directos, como de los testigos contemporáneos no presenciales y de sus intérpretes. Además, la crítica permite desarrollar la capacidad del historiador para tomar distancia del objeto de estudio y descubrir sus propias limitaciones e inclinaciones, esto es, cultivar su autognosis, su autoconciencia y autocompresión.[15]

      De acuerdo con Droysen, la respuesta a la pregunta histórica impone al historiador recurrir a la materia prima legada por quienes vivieron los acontecimientos y hechos históricos, a los documentos de primera mano o fuentes primarias (escritas, orales o materiales), como sustentos imprescindibles de la argumentación, sin ignorar que el acto de dejar o no dejar constancia o memoria también conlleva una intencionalidad. En este sentido, subraya la importancia de detectar los silencios y las omisiones, de no abordar de forma igual productos con formatos y soportes distintos (cartas, diarios, informes oficiales, testamentos, libros) y de calibrar siempre el grado de fidelidad al que pueden aspirar los testigos ya que, con frecuencia, la ubicación espacio-temporal, las propias vivencias, los intereses y las presiones impiden que los mismos actores y testigos oculares tomen conciencia de lo ocurrido. La compulsa de los testimonios, incluso con los testigos no presenciales pero contemporáneos de los hechos, los dimensiona y puede descubrir hechos históricos no relatados directamente. En este proceder, la crítica del corpus documental, su puesta en duda, valoración, comparación, comprensión e interpretación son operaciones necesarias para extraer y presentar el corpus probatorumque exigen las explicaciones históricas, para aproximarnos a la realidad pasada, a lo verosímil o plausible de lo acaecido.[16] Indudablemente, además del cuerpo de pruebas que remiten a objetos, imágenes y discursos, los propios razonamientos que articulan la exposición de los resultados son pruebas, si en un determinado momento los receptores las admiten, como las ciencias formales lo subrayan.

      La teoría de las pruebas, que jueces e historiadores comparten en algo,[17] muestra con claridad las múltiples funciones del corpus probatorum: contribuye a responder preguntas o solucionar problemas pertenecientes a un amplio espectro (individuales, psicológicos, filosóficos, sociales), posee su propia historicidad (unas pruebas pueden ser válidas hoy y mañana ya no), contiene un valor diverso (pruebas verdaderas, plausibles, absolutas, relativas, etc.), se ubica en objetos que emplean lenguajes distintos (un poema, una pintura, un edificio, una frase, un texto) y su mayor o menor relatividad depende de las decisiones subjetivas de quienes los organizan, lo cual no quiere decir gozar de libertad para falsear la realidad ni contribuir a alimentar el clima de “posverdad” que en nuestros días invade o amenaza con invadir los canales de información y comunicación.

      Las relaciones que el historiador establece con los datos, los hechos, los personajes y las ideas; las deducciones, las inducciones, las inferencias y las analogías, en suma, la lógica con la que desarrolla su argumentación pretende ser, como la del juez, irrebatible en su momento, aunque ambos son o deberían ser conscientes de su parcialidad, de sus posibles errores y falsedades inconscientes. De ahí la pobreza de la profusa producción historiográfica que todavía en el siglo XXI trascribe como verdad lo asentado en los documentos oficiales de los archivos de las instituciones estatales y en las “historias oficiales”; que ignora la compulsa o el “cruce de fuentes” y acepta como verdadero lo afirmado por un único testigo o lo asentado en testimonios distintos pero coincidentes por proceder de un mismo partido o clan.

El clima de posverdad que promueven algunos líderes políticos y empresarios de los mercados actuales se caracteriza por hacer no solo atractiva sino asombrosa y fascinante la desaparición de las fronteras entre verdad y ficción […] la recuperación de la heurística y la hermenéutica críticas deberá contribuir a percibir mejor la complejidad de los problemas humanos y sociales.

Reflexión final

 El clima de posverdad que promueven algunos líderes políticos y empresarios de los mercados actuales se caracteriza por hacer no solo atractiva sino asombrosa y fascinante la desaparición de las fronteras entre verdad y ficción.[18] Con tal finalidad, unos supuestos hechos pretéritos se trasladan a los discursos, sobre todo en los campos de la divulgación, del entretenimiento y la diversión, y son distribuidos por los medios audiovisuales que sirven al mercado, con el peligro que entraña, tanto para el sujeto como para la sociedad en su conjunto, “la pérdida del principio de realidad”. Por eso la recuperación de la heurística y la hermenéutica críticas, es decir, del método crítico (incluida “la práctica permanente de la sospecha”) para la producción del conocimiento histórico fincada en un cuerpo de pruebas deberá contribuir a percibir mejor la complejidad de los problemas humanos y sociales, y permitirá al sujeto acceder a aquellas “experiencias vitales” que desde el mundo pasado enriquecen su presente.[19]

      *Este artículo es uno de los resultados de los trabajos que realizan los proyectos de investigación Problemas heurísticos y hermenéuticos para la producción de la prueba histórica (PIFFyL 01/016/2019)  y Problemas para la construcción de la prueba histórica (PAPIIT- IN401820), cuya responsable es la misma autora. Ambos proyectos están adscritos a la Coordinación de Investigación de la Facultad de Filosofía y Letras  y el segundo también a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico Programa de la UNAM.


Notas

 [1] Aristóteles, Retórica; Marcus FabiusQuintilianus, Ausbildung des Redners; Agustín de Hipona,

“La mentira” c. 1-43, en Obras completas; Immanuel Kant,  ¿Hay derecho a mentir?; Friedrich

Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral; Sigmund Freud, EdoardWeiss,

Problemas de la práctica psicoanalítica; Hannah Arendt, “Truth and Politics”; Jacques Derrida,

“Historia de la mentira”.

[2] Con lo cual Fukuyama mostró su confianza en que, con el neoliberalismo, el uso de la historia

dejaría de ser político o ideológico. Francis Fukuyama, El fin de la historia.

[3]Slavoj Žižek,  “Fake-News…”

[4] Immanuel Kant, “Qué es Ilustración?”, en Filosofía de la Historia, pp. 25-38; Horst Kurnitzky,

Una civilización incivilizada, pp. 19-44 y 175-201.

[5] La integración de las ciencias sociales y el desarrollo del método crítico son problemas

centrales analizados por los integrantes de la Escuela de Frankfurt (Max Horkheimer, Theodor

Adorno, Herbert Marcuse, Erich Fromm). Desde un enfoque menos teórico también la abordaron

algunos historiadores de la llamada Escuela de Annales (sobre todo Marc Bloch, Lucien Febvre,

Fernand Braudel, y más recientemente Francois Dosse), de la historiografía social británica

(sobre todo E. P. Thompson y Lawrence Stone) y, en general, quienes, tomando como base las

aportaciones de Nietzsche, Dilthey, el marxismo, la sociología weberiana y la obra de Freud han

trazado caminos de indagación de los grandes problemas económicos, sociales y culturales en los

siglos XIX y XX.

[6] Hace ya siete décadas que el historiador británico R. G. Collingwood criticó esta forma de

hacer historia en Idea de la Historia, pp. 271- 301.

[7] Horst Kurnitzky, “Que quiere decir Aufklärung hoy en día”, en El Viejo Topo.

[8]Immanuel Kant, ¿Hay derecho a mentir?

[9]Los textos de carácter teórico de Ranke son escasos, pero sus reflexiones acerca de la historia y

el oficio del historiador abundan en su historiografía.

[10] Johann G. Droysen, Histórica, pp. 8-47.

[11] Anthony Grafton, Los orígenes trágicos, pp. 31-77.

[12] Bertrand Russell, Investigación sobre el significado.

[13]“Man hat der Historie das Amt, die Vergangenheit zu richten, die Mitwelt zum Nutzen

zukünftiger Jahre zu belehren, beygemessen: so hoher Aemter unterwindet sich gegenwärtiger

Versuch nicht: er will bloß sagen, wie es eigentlich gewesen.” Con la frase “wie es

eigentlichgewesen”, Ranke no quiso decir “como realmente ocurrió”, como generalmente se

traduce, sino, en correspondencia con su herencia hegeliana, “como esencialmente ocurrió”.

Leopold Ranke, Geschichten der romanischen und germanischen Völker von1494 bis I535,

Erster Band, bey S. Reimer, Leipzig und Berlin,1824, pp.V-VI.

[14]Droysen, op. cit., pp. 8-47.

[15] Christian Simon, Historiographie, p. 142; Georg G. Iggers, Wang, Q. Edward, A Global

History, p. 124. 

[16]MicheleTaruffo, La prueba de los hechos, pp. 167-193; Hernando DevisEchandía, Teoría

general; Erich Döhring, La prueba; Carlo Ginzburg, Mitos, emblemas; El hilo y las huellas.

[17]Desde el siglo XVIII las mayores deudas de la teoría de la prueba histórica se debieron a la

filología, las matemáticas, el derecho, la arqueología, la cartografía, la diplomática, la

numismática, la paleografía y la heráldica, etc. Friedric Karl von Savigny, Metodología jurídica.

Carlo Ginzburg es uno de los historiadores del siglo XX más preocupados y que más han

tematizado el deficiente uso de las pruebas en la investigación histórica. Cf., El juez y el

historiador: Mitos, emblemas; El hilo y las huellas.

[18] Entre las diversas obras que abordan este asunto se encuentran las de Jeremy Campbell,

The Liar’s Taley y Ralph Keyes, The Post-Truth Era.

[19] Wilhelm Dilthey, Hombre y mundo, pp. 223-228.


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