Adam (Maryam Touzani, 2019). El nombre (des)honrado, el sacrificio y el perdón

Ernesto Méndez Prado

Puede que el hombre no se canse de pecar,
pero Dios no se cansará de perdonarlo.
Profeta Muhammad
ONOMÁSTICA
Samia: exaltada, alta.
Abla: perfectamente formada.
Warda: rosa (flor).
Adam: tierra roja, hombre de tierra, sangre.

Las puertas se cierran para Samia, una mujer preñada que solicita trabajo y asilo. Se la rechaza, se la reprueba, también se la condena. Lleva en su vientre la marca de la indecencia y el deshonor. Son las calles bulliciosas de Casablanca, Marruecos, los aromas de la comida, el hambre, la brisa del mar, la sed, el sudor, la culpa, el puerto. Los desconocidos. ¿Quién querría ser hospitalario con una mujer manchada, acogerla y sacrificar el nombre de su familia?

          Con el repudio, la impureza, la bajeza, y la desgracia es como comienza Adam (2019). La cinta, en la que debuta como directora Maryam Touzani, se entrega a un sutil ejercicio en el que entrelaza la segregación de las mujeres en el Marruecos musulmán, la culpa, la vergüenza, el deshonor, así como el desciframiento de su cuerpo a través de la cocción del alimento, la música, pero también del duelo, del amor acallado e insepulto, del perdón. En dos películas anteriores, Much Loved (2015) y Razzia (2017), ambas del realizador Nabil Ayouch, en las que Maryam colaboró como guionista —y actriz en la segunda—, encontrábamos interrogantes sobre la desventura de las prostitutas, el placer masculino de humillar, y por supuesto el peso de la condena social,  pero marcadamente, trazas de la ardiente discusión del rol de las mujeres en el cruce tradición-modernidad, con lo que ya hace escuela en el cine arabo-musulmán. En esos filmes, se respira un hálito fresco de denuncia directa, en una decidida causa de resistencia.

          Adam tiene muchos más escarpes, mucha mayor textura, y sin titubeos diré que juega con un ritmo íntimo, sensorial, táctil —a la manera de un pan recién amasado y horneado—, pero simultáneamente, introspectivo, con un vasto bagaje simbólico semítico, y un apostrofado trasfondo ético que a nadie deja inerte. La cinta irá entrelazando la relación de Samia y Abla, la otra mujer, solitaria, adusta, recia, que vive con su hija, Warda, una niña traviesa y desinhibida —como la «rosa», recogida por su nombre en árabe y númida—. Juntas mantienen un modesto negocio de panes —el pan deberá leerse como un tropo que recorrerá los pliegues de la cinta, un tropo para el cuerpo, y el perdón—. De Abla no sabemos nada, ni si ha cruzado por algún camino espinoso que le quitó la risa y la puso sombría, ni si le añuda la lengua el espanto de una condena de silencio que la volvió lapidaria, ni si un estrépito la marcó con obsesiones que la fruncen en un áspero ensimismamiento. Pese a ello, habrá sido la única que, refunfuñando, ofreciera un sofá para que la mujer embarazada pasara la noche. Esta llegada inesperada de Samia, Abla la recibe como una irrupción que no soporta, que contraviene más su espíritu turbado. Definitivamente la embarga un rancio enojo, y una tristeza acibarada. Toda su dureza y gravedad se hacen inocultables, incluso se diría que el inmenso embarazo de la extraña, le repugna. La mira con una mezcla de desprecio y remordimiento y le urge para que se marche cuanto antes. Samia habrá sido paciente. La pena de su embarazo, al que ella califica como un infortunio, ni su desamparo, ni la displicencia de los demás, no habrá sido tan grande como para robarle la risa o palidecer el rostro. A Samia la acompaña una dulzura y una fortaleza inveterada. Tan pronto llegó, ofreció sus manos para trabajar la harina y la masa de los panes. La destreza, la confianza, y la sensualidad con que Samia remueve la masa, sumada al éxito de la venta, pero igualmente, la danza extrovertida de la música antigua y censurada, activan en Abla descubrimientos de un cuerpo ignorado o que antes dormitaba. Sin temor, habría que definir como rigidez cadavérica, la de ese cuerpo agrimado, mecanizado, árido, huraño, arisco, que, con las manos sobre la masa de pan, comienza a desentumecerse, y que la música acopla al baile, al placer sensual y el amor indómito.

          Propiamente, el ritmo del tiempo de la cinta lo marcará las pocas semanas que restan para que llegue el alumbramiento: será el tiempo en que Abla salga de su embotamiento y el tiempo en que Samia decida sobre el anunciado y doloroso destino de su embarazo. Ese cuerpo hinchado, pletórico, y estorboso, también abyecto, que espera abrirse para dar a luz, constituirá el terreno de la doble pugna: Abla conectará su propio cuerpo con el cuerpo del amor arrebatado, con el cuerpo pasado, con el cuerpo de la rabia inexpresada, con el luto insuficiente e inconcluso de su marido muerto, o sea, con el cuerpo del dolor que la asfixia. Mientras que Samia, su afrenta, será indagar en el fango de la vergüenza, y remover la lava de la culpa que se le imputa: abriga tan solo una esperanza en deshacerse del producto de su entraña, entregarlo en adopción, para salvarlo, asegura ella, del estigma de la bastardía, de los señalamientos que lo perseguirán como «hijo del pecado» por el resto de su vida, por un error que no cometió. Se trata de justicia, aclara Samia, pues un niño nacido fuera del matrimonio, sería excluido de por vida. Una, intenta atraer a su amor perdido para al fin, perderlo para siempre. La otra, busca apartarse de su recién nacido para borrarle la mancha de la feroz culpa que lo condena. Ambas, hablan de su desgarradura desde su posición de mujeres en un seno islámico: repleto de prohibiciones, restricciones y jerarquías. Abla reclama la impotencia de ver partir a su marido, arrebatado por la muerte, en la añoranza de darle el último abrazo y sentir su olor por última vez. Reclama su derecho a acompañarle a la tumba. Dice: “—La muerte no pertenece a las mujeres”. Y es que, en la civilización islámica, las pompas fúnebres se llevan a cabo con presteza, incluyen las abluciones del cadáver por familiares del mismo sexo; el amortajamiento y entierro debe ocurrir todo en un lapso de tres días. No se permite depositar ofrendas florales, y en cuanto a las plañideras, que, en culturas como la griega, eran contratadas como parte de la ceremonia, entre los musulmanes, las mujeres no participan en la procesión funeraria, por lo que los excesivos lamentos están prohibidos: ni gritos ni gimoteos ni llanto excesivo. Como parte del estricto precepto, tratándose de la muerte del esposo, el duelo abarca cuatro meses y diez días y la doliente no tiene derecho a exagerar sus llantos ni tocar el cuerpo del marido. La mujer tiene prohibido casarse, mudarse y está obligada a vestirse con humildad. Es un período que se justifica para evitar la «difamación» de la mujer y determinar si la viuda quedó embarazada del difunto. En cambio, para el varón no aplican severas normas si la esposa es la que muere. Se pide cumplir únicamente con los tres días de luto, igual que si hubiera muerto cualquier otro, y sin restricción para contraer nuevas nupcias. La muerte de la esposa, pues, es menor, y sin trascendencia.

           Samia, por su parte, relata la desesperación que le oprime de saber que la criatura que espera debe partir y no saber nunca más de ella. Y exclama en respuesta a Abla: “—Pocas cosas realmente nos pertenecen”. Aun cuando no la retrae la cobardía, el peso de una tradición que obliga el matrimonio para la procreación, y que condena con la deshonra el nombre de la casa transgresora para siempre, la sofocan. Su cuerpo, su embarazo, el producto de su vientre, significan la culpa, el escarnio, el deshonor, el fustigamiento. Es irrelevante si ha sido violada, engañada, ultrajada; su embarazo, sin el respaldo de un marido, es igual de indigno y ruin, que si fuera producto de la voluptuosidad. Es, pues, alto el precio a pagar: es una tradición que quiere la sangre del sacrificio, el apedreamiento del estigma, o la separación del infante, de cualquier modo, un sacrificio.

          A mi juicio, la cumbre del film se alcanza con el parto aborrecido en medio de un amor inconfesado. Nace como se auguraba: varón. Todo el arsenal de símbolos cae en desbandada. Nace nada menos que el día de los festejos del Eid al-Adha, celebración que en las naciones musulmanas conmemora el sacrificio que relata aquel pasaje del al-Corán (Surah 37:101-114), en que la voluntad de Ibrahim —el Abraham de la Torah— de sacrificar a su hijo amado con sumisión y obediencia a Al-lah es recompensada salvando a su hijo querido y entregándole una ofrenda animal a cambio. A diferencia del Génesis, donde Isaac, «hijo legítimo» de Sarah la esposa, protagoniza la escena del sacrificio, en el al-Corán, es Ismael, el primogénito, «hijo bastardo» de Agar, la concubina, el que se representa como predilecto y amado. Samia ha dado a luz en casa de su posadera, Abla; ha dado a luz un varón, al que le niega el pecho, se rehúsa a tocarlo siquiera, y renuncia a darle un nombre. Sufre, como prendida de un clavo incandescente, el trayecto más incendiario de la culpa, la desesperación, y el amor mezclados. Su ansiedad es entregarlo a los que serán sus genuinos padres: sacrificarlo al bullicio anónimo que le injuria para que en un acto alquímico se redima. Abla venda sus heridas, la cuida como su madre —como su madre de seguro no lo haría—, y anudando una faja en torno a su vientre le dice “—Debemos cerrar lo que se abrió para dar vida”. La anuda, la abraza con la fuerza del paño, y la perdona. Le retira el fardo de su corva espalda para que abrace a su hijo sin timidez, para que lo limpie, lo alimente sin recelo, lo conozca, lo recueste desnudo sobre su pecho desnudo para sentirlo, para encariñarse de sus formas y, si hubiera de dejarlo ir, dejarlo ir en el amor, y en el perdón de ese amor absoluto. Para que, en fin, le dé nombre.

          Todas las paradojas y tensiones desembocarán en el nombre del recién nacido: Adam, le ha llamado Adam, como el primer Patriarca de las religiones del Libro. Adam (آدم ,אדם) es un nombre semita, concretamente hebreo. Se conoce que deriva del étimo Adama (אדמה) que significa tierra rojiza. Con lo que también alcanza el significado de sangre y marcadamente el de «hombre». Uno se pregunta por qué Samia querría dar a su hijo el nombre del primer hombre, si es el niño al que quiere rescatar de la culpa, ¿por qué lo devuelve al pasado primigenio de esa tradición de la serpiente injuriosa y de la ignominia? ¿Por qué lo baña con la sangre de una descendencia castigada por el fratricidio? ¿Por qué lo solaza al nombre que arrastra el pecado por el que la humanidad es culpable por herencia? ¿Por qué lo aliña al nombre de todos los padres, de todos los jueces, de todos los devotos, de todos los opresores, de todos los que suprimen, de todos los que hurtan el cuerpo y aseguran en el oprobio el nombre de las mujeres? ¿Por qué Adam? ¿Por qué sepultarlo en esa tierra rojiza apenas hubo nacido?

          Las respuestas no podrían apurarse del todo aquí. Pero ensayemos una interpretación. Adam es una historia de mujeres, y si se quiere, elípticamente, es una historia de varones. Es una historia de la mancilladura, de la lucha encarnizada por salvar el nombre (viril), y una lucha por no saciar más las fauces del sacrificio (a pesar del nombre). Es una historia del perdón. También del adiós imposible. Me parece que para abordar la rebeldía de Samia —que es también la rebeldía enjaulada de Abla— de (volver a) nombrar Adam a su primogénito, de colgarle el nombre del opresor, ha de hacerse desde el prisma de la fiesta del Eid al-Adha. Como ya recalqué, el festejo es un ritual memorioso, que repite el gesto mítico en que Al-lah concede a Ibrahim no sacrificar a su hijo en su nombre. Conmemora pues el rechazo del sacrificio, el amor de una deidad que vence la sed de sangre para alimentarse, que se compadece de la humanidad y le descarga de la culpa que tenía que pagarse en la modalidad de la deuda sacrificial. Pero tangiblemente, conmemora que sea el «hijo bastardo» el que sea salvado, el hijo repudiado por la historia —la historia judía y la historia cristiana—, el hijo olvidado, abandonado. Inscribiéndose en esa fecha, como la fecha del nacimiento de su pequeño Adam, Samia conmemora el rescate de Ismael, del hijo de la concubina, de la sierva, de la prostituta, de la doñanadie. Su Adam es bastardo y Samia lo salva de la bastardía, de la injuria del nombre y del sacrificio de la culpa; Adam queda legitimado por el nombre de Ismael y con este nombre, Adam tiene la oportunidad histórica de ablucionar su nombre y resarcir su culpa colosal e inmemorial. Adam, por virtud de Ismael el bastardo, el hijo de la prostituta, de la mujer abyecta e insignificante, deviene hijo y hermano de mujer. Heredero de mujer e igual a mujer. De una mujer que no lo sacrifica, sino que le salva la vida y el nombre. Una mujer que le perdona.


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